Talento a babor

"Las princesas del Pacífico"

LAS PRINCESAS DEL PACÍFICO

Tengo la apenas compartida convicción de que no solo hay que escribir de los estrenos, sino también de los espectáculos que ya llevan tiempo en cartelera, aunque se llegue tarde al ejercicio de la crítica en muchos sentidos. Porque esto no va de carreras. Por supuesto, lo ideal es hacerlo temprano, con la obra recién estrenada -sin ser ni tan joven ni tan viejo, aún recuerdo los tiempos en que las críticas se escribían la noche del estreno para la edición del día siguiente- y más en esta era de programaciones efímeras. Pero, si se disfruta de un reestreno o de una función en su enésima temporada, ¿por qué no escribir de ello? La reflexión vale también para el caso contrario: los éxitos incomprensibles que nos horrorizan. Para muchos espectadores, al fin y al cabo, es novedad. Toda esta perorata es para autojustificarme por no haber visto y hablado en su momento de ese enorme pequeño montaje que es Las Princesas del Pacífico. Una auténtica barbaridad de La Estampida Teatro. Imperdonable, salvo acaso diciendo algunas cosas bonitas. Y, como las merece, allá vamos.

Las Princesas del Pacífico tiene ecos del mejor Azcona, del primer Almodóvar –el de Qué hecho yo para merecer esto?, aunque también un poco del nostálgico de sus orígenes, el de Volver– y de los más libérrimos La Zaranda. Vayan por delante las referencias, que hablan por sí solas. Gloria bendita. Si me pongo algo folclórico en la prosa, pido disculpas, son las huellas que deja asistir a esta comedia negra y amarga con un pie en el pueblo y otro en un transatlántico en la que José Troncoso, autor y director, nos embarca, un periplo españolísimo que viaja de Dos Hermanas al Caribe.

‘Las Princesas del Pacífico’ tiene ecos del mejor Azcona, del primer Almodóvar -el de ‘¿Qué hecho yo para merecer esto?’, también del de ‘Volver’– y de los más libérrimos La Zaranda

¿Quién no ha soñado con que le toca la lotería? Es el sueño húmedo de todo español que en algún momento no llega a fin de mes. Las protagonistas de Las princesas del Pacífico, Tita y sobrina -Chus Lampreave rediviva y adolescente inconsciente-, no llegan casi a la cena. Habitan una miseria aderezada de recibos del gas impagados, vestidos remendados y recuerdos glorificados de un pasado mejor,  mientras se consumen frente a la tele y repasan la crónica de sucesos. Así que cuando les cae un pellizco, ni cortas ni perezosas se embarcan en un crucero. Un paréntesis de combinados con sombrilla y pista de baile que les viene grande (porque cualquier cosa que sea salir de su casa les viene enorme). Pasarán más cosas una vez a bordo, pero mejor no contarlas, porque, aunque en esta divertidísima sátira que navega a la vez las aguas de la parodia y del homenaje, lo importante no es tanto el qué sino el cómo, algo de relato negro hay, muy hermanado a uno de los cuentos malvados de Margaret Atwood. Y mejor no destriparlo.

Las Princesas del Pacífico es teatro social hecho desde la irreverencia. Puede parecer que se arrastra por el costumbrismo -el retrato de dos mujeres de la Andalucía pobre- pero lo hace sin dejar de tenderle puentes a sus criaturas, a las que mima y venera. Agustina y Lidia son imperfectas, rancias, egoístas, envidosas y cutres. Pero es que la vida les ha dado muchos palos. Y algún otro que les caerá en el crucero. Troncoso hace una maravillosa disección de una España que va desapareciendo, una España entrañable y a la vez miserable. Y lo hace con nada. O con mucho, según se mire. Un escenario vacío, un par de tumbonas y otro par de maletas, una estupenda caracterización y una sencilla pero acertada selección musical, que viaja del sirtaki al bolero. Y, por supuesto, con una pareja de actrices en estado de gracia, que merecen punto y aparte.

Apoyándose en el texto de Troncoso -una construcción, una estructura que son puro metrónomo-, Rodríguez y Ponce de León componen una pareja a la que hay que amar y acompañar

Qué trabajazo el de Alicia Rodríguez (Agustina, la Tita) y Belén Ponce de León (Lidia, la sobrina). Un derroche de talento y de compenetración. Los acentos en la actuación son un peligro: los carga el diablo de la sobreactuación y dan a menudo en el desvío. Pero lo de Alicia Rodríguez es de madre y muy señor mío. Apoyándose en el texto de Troncoso -ojo: comedia, pero con una construcción, una estructura que son puro metrónomo-, Rodríguez y Ponce de León componen una pareja a la que hay que amar y acompañar, se quiera o no. Son la familia que quien más, quien menos, tenemos más cerca o más lejos, directa, indirecta, carnal, política o adoptada, en algún rincón de España. Le ponen a sus princesas, reinas casi diría, una corona de sabiduría teatral.

La ventaja de escribir tan a toro pasado, dirán, es que es fácil no equivocarse. Cierto. No toca reivindicar mérito alguno. Y más si los amigos le orientan a uno, como a quien firma (un agradecimiento desde aquí a Machús Osinaga). El tiempo también le da al crítico nuevas perspectivas. La Estampida, por ejemplo, acaba de estrenar La cresta de la ola en el Festival de Otoño. Un espectáculo interesante, pero ni de lejos tan redondo como estas Princesas. Pero a los artistas hay que medirlos por sus cotas más altas. Y, visto lo visto, La Estampida son una compañía capaz de lo mejor.


Creación: José Troncoso, Alicia Rodríguez, Sara Romero. Dirección: José Troncoso. Intérpretes: Belén Ponce de León y Alicia Rodríguez. Iluminación: Juanan Morales. Teatro del Barrio. Madrid.

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