¡Este cuerpo no es el mío!

LA CRESTA DE LA OLA

Una fregona que ve marchitarse sus días sin pena ni gloria envidia la vida de la celebrity para la que ella y su marido trabajan. Y, como tantas veces antes en el cine, un día, por arte de magia, se produce el cambiazo y la sirvienta despierta en el cuerpo de la señora y la señora en el de la sirvienta. Todo esto, así contado, no deja de parecer eso, el argumento de alguna película americana de los 80 o los 90 como ¡Este cuerpo no es el mío!, por citar alguna. La Estampida, compañía que aterriza en el Festival de Otoño con el marchamo de haber ganado el premio Ojo Crítico de RNE hace bien poco, lo cuenta sin embargo con su particular estilo, aportándole un humor que rasca en lo español, lo castizo y lo cotidiano.

La Estampida es una compañía ligada a la trayectoria del autor “gaditeño” (gaditano “madrileñizado”) José Troncoso. En este nuevo estreno, autor y la compañía se lanzan a una comedia cruel y ácida con un poco del feísmo bufo de Teatro del Velador, un poco del café teatro irreverente de Sexpeare o de Ozkar Galán, y un mucho de la deconstrucción castiza y alérgica al realismo de La Zaranda. No es de extrañar que Troncoso haya dirigido también con compañías como Nueve de Nueve (Con lo bien que estábamos: ferretería Esteban), que a su vez estrenó La extinta poética, un texto de los de Jerez.

El autor y la compañía se lanzan a una comedia cruel y ácida con un poco del feísmo bufo de Teatro del Velador y un mucho de la deconstrucción castiza y alérgica al realismo de La Zaranda

Comparte La Estampida con los mencionados zaranderos lenguajes: está el feísmo de sus criaturas, que busca el choque y la paradoja. Está el juego de repeticiones en el texto de Troncoso, que construye diálogos tragicómicos en los que los personajes se arrojan y devuelven sin cesar una misma idea, a veces una misma frase o palabra. Arropadas por una idea de fondo: “Esta no es tu historia”, se repite Victoria, la fregona, aunque en gran medida sí lo sea. Las criaturas del dramaturgo medran, son mezquinas y vulgarmente humanas, empeñadas en llegar, en subir, en estar en la cresta de la ola, olvidando lo que los boxeadores saben, que a más altura, más dura será la caída.

Victoria seguirá así un recorrido previsible del barro al paraíso, donde los dioses, que deben de estar locos, juegan con ella y la dejan perderse ella sola en su cotidiano egoísmo, como si el tener embarrara y ensuciara al ser, que pronto se olvida de sus amores y comienza a maltratar a quienes la rodean en un ejercicio de divismo que resulta, por incorrecto, tremendamente divertido en algunos momentos. Son lo mejor de la historia de Troncoso, que en otros tramos se atasca, se enreda en sus repeticiones y no acaba de despegar. Más allá del cambio de cuerpos y la transformación de la protagonista, no queda claro a dónde se dirige, si es que va a algún sitio, lo que nos cuenta. Cierto que el final -que no debo contar, no será esta crítica la que lo reviente- hace remontar el vuelo del montaje con un ejercicio de hilarante crueldad e incorrección.

Llama poderosamente la atención la verdad y potencia del humor -y el drama, escondido entre líneas- que arroja en cada momento Belén Ponce de León, una actriz inmensa que se echa a pieza a cuestas

Lo mejor de la pieza, al margen de algunos de los momentos del texto (lo terrenal y almodovariano de esa protagonista, que quiere que la entierren sentada, porque de pie ya ha estado mucho en su vida, por ejemplo), reside en el trabajo en conjunto de sus intérpretes y en el de una actriz a título individual. Ana Turpin y Belén Ponce de León componen divertidas creaciones como las pijas frívolas e individualistas de la alta sociedad y José Bustos como el marido magrebí de Victoria, aunque a su trabajo, acertado en lo corporal y el tono, le sobra algo de acento en el acento, que acaba resultando una parodia con sabor a algo ajado. La mención: llama poderosamente la atención la verdad y potencia del humor -y el drama, escondido entre líneas- que arroja en cada momento Alicia Rodríguez, una actriz inmensa que se echa la pieza a cuestas en la piel de Victoria.

Al margen de su imperfección y de cuestiones que van en gustos -algunas repeticiones del texto o el tono kitsch de la propuesta…- La cresta de la ola tiene suficientes virtudes para animarse a conocer mejor a la La Estampida, compañía que tiene dos espectáculos aplaudidos a sus espaldas, Princesas del Pacífico y Lo nunca visto, que, me temo, no vi en su momento. Si viven en Madrid, el Teatro del Barrio reestrena en diciembre el primero y el Corral de Alcalá ofrece esta semana otra oportunidad de asomarse al segundo. Quedan apuntados, si la agenda lo permite.


Autor: José Troncoso. Dirección: José Troncoso. Intérpretes: José Bustos, Belén Ponce de León, Alicia Rodríguez y Ana Turpin. Escenografía: Alessio Meloni. Iluminación: Leticia L. Karamazana. Vestuario: Miguel Ángel Millán. Música original: Mariano Marín. Teatro de La Abadía. Madrid.

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