Tan mala como Bolena

ENRIQUE VIII Y LA CISMA DE INGLATERRA

El mejor escribano hace un borrón. Y eso vale hasta para los que se llaman Lope, Tirso… o Pedro. El joven Calderón de la Barca que escribió La cisma de Inglaterra parecía querer complacer a la católica corte española con esta tragedia inasible en su fundamento ideológico. Problemas de estructura y ritmo al margen –aceptablemente resueltos por la versión de José Gabriel López Antuñano, y aun así le sobra algún largo monólogo–, es una tragedia sesgadísima, impropia del autor de El alcalde de Zalamea o La vida es sueño, algo que explica su contexto histórico.

Pero, en el de hoy, ¿era un texto “rescatable”? La CNTC, que firma la producción, tendrá la respuesta, pero surgen más preguntas, entre ellas la “W” más periodística: ¿por qué? Sin ir más lejos, el Enrique VIII de Shakespeare es más interesante y fiable como documento. La reinterpretación que Calderón hizo de los hechos que llevaron al fin del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón es tan burda e interesada que invalida su aceptación. Enrique VIII se convierte en un “infelice” que ni las ve venir y Ana Bolena una mala pécora con dos caras –muy bien interpretadas por la frescura, sensualidad y fuerza de Mamen Camacho–, un ser casi maléfico que vende pasión al rey y compra con mentiras la corona, conspirando junto a Volseo, otro traidor sin escrúpulos.

La reinterpretación que Calderón hizo de los hechos que llevaron al fin del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón es tan burda e interesada que invalida su aceptación

Al parecer, había advertencia encerrada a Felipe IV sobre el poder del conde duque de Olivares. A Joaquín Notario, un grande de nuestro teatro clásico en tantas otras ocasiones, le pesa demasiado el maniqueo obispo y se deja llevar por un exceso que roza lo cómico. Frente a ellos, Calderón pone a la de Aragón en un altar: “Padezca Catalina/ por cristiana, por santa, por divina” llega a decir. Una Pepa Pedroche estupenda, imbuida de dignidad y amor, la hace creíble. Redondo Emilio Gavira como el bufón Pasquín, loco y cuerdo, la voz de la sensatez.

Entre tanta línea de proselitismo romano contra la Inglaterra anglicana, el dramaturgo enseña músculo con líneas de altura: “En los sueños de los reyes se ven sombras y fantasmas”. A Sergio Peris-Mencheta el monarca le sienta como anillo al dedo: lo moldea con un raudal de energía y matices en una gran interpretación que se adentra en sus demonios. “Las pasiones del alma no las gobierna el poder”, se dice a sí mismo antes de repudiar a su esposa por un calentón.

En la tenebrosa y austera puesta en escena, con guiños a los Tudor –qué bellas las maderas estampadas móviles de Coso y Sanz que recrean la corte– Ignacio García parece acordarse de la corte madrileña, como si hubiera entendido entre líneas que es más una obra de propaganda que un retrato histórico. Un acercamiento ágil e inteligente que engrandece de forma hermosa al otras veces gran autor.


Autor: Calderón de la Barca. Versión: José Gabriel López Antuñano. Dirección: Ignacio García. Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Coso. Vestuario: Pedro Moreno. Iluminación: Paco Ariza. Selección musical: I. García. Intérpretes: Sergio Peris-Mencheta, Pepa Pedroche, Mamen Camacho, Joaquín Notario, Emilio Gavira, Sergio Otegui, Natalia Huarte… Teatro Pavón. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Marzo 2015).

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