Fantástica taberna

FALSTAFF

«Desterrad al orondo Falstaff y desterraréis al mundo entero», se defiende el susodicho en una de las muchas y geniales líneas que colecciona en Enrique IV. Falstaff, el borracho, el noble cobarde, el alegre y ocurrente amigo de juergas del joven príncipe Enrique, el putero y ladrón, como el propio Shakespeare lo describe, es, más que un personaje, una feliz intromisión en el alma humana, liberada la mirada de prejuicios. Todo eso lo han sabido transmitir Marc Rosich y Andrés Lima en un montaje que, como hizo Orson Wells en el cine, reúne los dos Enrique IV y parte de otros textos shakespearianos.

Este Falstaff es un inteligente trabajo de edición y selección, un acertado laberinto de personajes recolocados –sobre todo los del lumpen– y un inmisericorde zarandeo de la bella poesía y la culta prosa del de Stratford upon Avon, destrozadas con alevosía en una traducción atrevida y callejera. A la postre, es lo de menos: algún purista se echará las manos a la cabeza. Quien firma disfrutó de uno de los montajes más vivos y esenciales, por su verdad escénica y su entrega, que ha estrenado el Centro Dramático Nacional en mucho tiempo.

Quien firma disfrutó de uno de los montajes más vivos y esenciales, por su verdad escénica y su entrega, que ha estrenado el Centro Dramático Nacional en mucho tiempo

Un Falstaff, dirigido por Lima, que sin ser producción de Animalario es deudor de su estilo. Exhibe las virtudes de las mejores «animaladas», como los recursos y dirección de actores del sobresaliente Urtain, y algunos de sus defectos, como el caos ruidoso de su manicomio de Marat-Sade, reproducido en el exceso de una taberna empapada en jerez y bufonadas.

Pero incluso entonces, cautiva: el Pistola lujurioso de Rulo Pardo, la inculta Doña Rauda de Carmen Machi, el torpe Pato de Chema Adeva, la pícara Dora Rompesábanas de Rebeca Montero y el amoral Bartolo de Ángel Ruiz, entre otros, componen un bestiario etílico y marginal resuelto con gran comicidad. Y sobre ellos, monarca ficticio y protagonista insólito, un Príncipe Enrique «carabanchelero», fresco, chulo, desinhibido y canalla de Raúl Arévalo, un registro sobresaliente.

Esta propuesta se crece en las escenas de corte y batalla, que Lima resuelve de forma vibrante, sin que la política tenga nada que envidiar a la taberna

Si bien el encanto de Falstaff reside a priori en su filosofía de la mala vida, esta propuesta se crece en las escenas de corte y batalla, que Lima resuelve de forma vibrante, sin que la política tenga nada que envidiar a la taberna. Allí, Alejandro Saá dota a su Hotspur de iracunda ambición y decidido empaque, y Jesús Barranco de solemne y espectral frialdad a su Enrique IV. Y con ellos, más trabajos notables, desde Alfonso Lara a María Morales.

Queda para el final la mención a Falstaff, el gran –en todos los sentidos– protagonista. Pedro Casablanc, que tantas veces ha demostrado ser actor enorme, no decepciona, con un poderoso y elaborado retrato de un sujeto que es la alegría de vivir personificada, el amor a la uva y la necesidad, como un niño grande, de la sombra del príncipe. Sería redondo si contuviera las risotadas gratuitas: con la barba y el falso barrigón Falstaff por momentos coquetea con la parodia navideña.


Autor: Andrés Lima y Marc Rosich, a partirk de textos de William Shakespeare. Director: Andrés Lima. Intérpretes: Pedro Casablanc, Raúl Arévalo, Alejandro Saá, Carmen Machi, Rebeca Montero, Alfonso Lara, Rulo Pardo, Chema Adeva, Jesús Barranco, Sonsoles Benedicto, María Morales, Ángel Ruiz, Alfonso Blanco. Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan. Caracterización: Cécile Kretschmar. Iluminación: Valentín Álvarez. Música: Nick Powell. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Marzo 2011).

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