El vendedor se merienda al autor

"Glengarry Glen Ross", de David Mamet

GLENGARRY GLEN ROSS

Hay arranques argumentales que valen por sí solos buena parte de una obra: un cuadro en blanco que enfrenta a tres amigos, un barbero que convierte en empanadas de carne al vecindario… Y por supuesto una competición en una agencia inmobiliaria en la que el mejor vendedor se lleva un Cadillac y el rezagado una carta de despido.

Desde luego, la merienda de negros que se sacó de la chistera David Mamet en Glengarry Glen Ross es uno de esos textos que lo tienen todo a favor para enganchar al respetable: una idea brillante, diálogos que son navajas afiladas, un fino análisis de la peor cara del materialismo y la competitividad… Con un director como el argentino Daniel Veronese, capaz de conmover al espectador con su teatro esencial, y un reparto de primera, es casi imposible ver un fiasco. Por eso este Glengarry del Teatro Español es, ante todo, un dignísimo montaje.

De Daniel Veronese se espera que sus actores sean criaturas arrolladoras, con sangre en vez de líneas de texto. Y aquí hay buenos intérpretes, pero nada más

Por desgracia, las expectativas son inevitables. De Veronese se espera que sus actores sean criaturas arrolladoras, con sangre en vez de líneas de texto, como en la estremecedora Mujeres soñaron caballos. Y aquí hay buenos intérpretes, pero nada más. Carlos Hipólito está muy bien en ese tobogán de emociones que es el perdedor Levene. Gonzalo de Castro encandila como el amoral Roma. Y sí, Andrés Herrera clava al pusilánime Aaronow. Pero, al cabo, en todos, en Williamson y Moss -un tanto monocromático Ginés García Millán y algo difícil de entender por momentos Alberto Jiménez, respectivamente-, e incluso en Aaronow, Levene y Roma, se intuye la máscara que debiera ser invisible.

Veronese parece incomódo, como si despachara un encargo. No le van a su teatro la oficina corpórea -muy funcional y estética, eso sí- de Andrea D’Odorico, ni un texto al que no puede «meter mano». Así, lastrado, cae en errores de primero de Dirección: ¡esas frases de espaldas al público! Da rabia, porque tenía hecho lo más difícil: traducir bien el endiablado texto de Mamet y lograr que el reparto concatene unos diálogos que se solapan como piezas de Tetris. Curiosamente, Veronese ha conseguido lo impensable: una buena obra de teatro comercial, pero una mala pieza de artesanía teatral. Ganará el Cadillac, pero esta vez nos ha vendido una moto.


Autor: David Mamet. Versión y dirección: Daniel Veronese. Escenografía: Andrea D’Odorico. Vestuario: Ana Rodrigo. Intérpretes: Carlos Hipólito, Ginés García Millán, Alberto Jiménez, Alberto Herrera, Gonzalo de Castro, Jorge Bosch, Alberto Iglesias. Teatro Español. Madrid

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Diciembre 2009).

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