Tres señoras en escena

"Las criadas", de Jean Genet, dirigida por Luis Luque
Borrachero y Torrent, en el montaje / Foto: Jesús Ugalde
LAS CRIADAS

Vaya por delante: ni soy un entusiasta de Jean Genet (nunca me cautivó especialmente su rabia marginal) ni Las criadas es uno de mis textos favoritos. Lo digo para que, impresiones personales al margen, se entienda en su contexto esta reflexión: el montaje de Paco Bezerra y Luis Luque de este conocido texto es una soberbia producción, una de esas funciones que capturan con una energía propia y teatro mayúsculo por cada poro.   

La inteligente, limpia y bella versión de Bezerra es una de las claves de este montaje. Como lo es, también, la dirección de Luque, apoyada en una gama cromática impactante de blancos y azules puros y una estética que hermana lo arrabalero del texto con una asepsia no ya altoburguesa, sino casi de ciencia ficción, como si la señora y las criadas de Genet no pertenecieran a aquella época, ni a esta ni a ninguna, y toda su historia, su tragedia, flotara en un eter alejado de cualquier sitio y cualquier momento. Porque sus criadas pueden ser mucamas latinas o europeas, rumanas o magrebíes, con un vestuario inquietante y marcial creado por Almudena Rodríguez Huertas que, tengo para mí, busca también algo de la imagen de enfermeras que enlaza con el contexto actual de la crisis Covid-19.

Una de las claves de este montaje es la dirección, apoyada en una gama cromática impactante de blancos y azules puros y una estética que hermana lo arrabalero con una asepsia casi de ciencia ficción

Pero, sin duda, la gran clave de este montaje -como sucede con casi cualquiera de Las criadas– es la interpretación. Sobra decir que el actor es siempre pieza fundamental en el teatro. Pero hay obras, más que otras, donde el peso parece recaer especialmente en el reparto, como una responsabilidad que puede hundir a intérprete o sobre la que este puede apoyarse para brillar con fuerza. Otros títulos son más cerebrales, dejan respirar al texto. Los hay que permiten más espacio para el lucimiento de un director. Por supuesto, requieren de buenas interpretaciones y un mal reparto puede estropearlos. Pero no es tan esencial ver en ellos actuaciones memorables.

En Las criadas ocurre lo contrario: el público asiste esperando ver quién y cómo compone a Solange, a Claire y a la señora. Ocurre en obras como La gata sobre el tejado de zinc, en ¿Quién teme a Virginia Woolf?, en Hamlet incluso, convertido el protagonista shakespereano en factor vivo e independiente del texto (y eso que Hamlet, obra inabarcable en este paréntesis, tiene sustancia de por sí).

Las expectativas con ‘Las criadas’ son altas en el terreno actoral. Y si algo fascina y cautiva especialmente en este montaje es ver la fuerza y versatilidad de Ana Torrent

Explico esto porque las expectativas con Las criadas son altas en el terreno actoral. Y si algo fascina y cautiva especialmente en este montaje es ver la fuerza y versatilidad de Ana Torrent, una actriz errática. Durante años se prodigó con cuentagotagotas y ahora parece haber cogido carrerilla en su madurez. Espléndida madurez. Su Claire es un juego constante, una voz apenas levantada, una mirada fulminante. Una enorme interpretación, en definitiva.  Y con ella, todo fuerza, Alicia Borrachero, otro estilo de actriz, aquí acertada, enérgica y perfecto contrapunto como Solange. Sus hermanas atribuladas y capaces de envidar a la muerte sin pestañear llevan buena parte de la función a cuestas.

Ya saben que la señora tarda en aparecer en escena. Cuando lo hace, Jorge Calvo mantiene el listón de las interpretaciones elevado, con una señora rotunda y caprichosa, dolorida y ajada, femenina -no afeminada, enorme acierto- y conocedora de su sitio y su odio. Esa distancia, esa barrera casi tangible, la separa de los seres que viven bajo su techo. Se ha ganado el desprecio mortal de Claire y Solange, hartas de jugar al juego de la imitación y al de la propia vida, en una justificación -aquí mis reparos a Genet- de lo injustificable. El paria, el oprimido, tiene sus motivos para la sangre, viene a decirnos el hombre que se crió en callejones y prisiones. Pero esto es más que discutible.

Claire y Solange eran interpretadas tradicionalmente, en los primeros montajes, por hombres. La transgresión era parte de las propuestas en este grito de clases trágico que el autor francés escribió en 1946 inspirado en el asesinato real de una madre y una hija burguesas por sus criadas. Desde entonces, ha habido toda suerte de versiones, interpretadas por hombres y mujeres. Tiene sentido que hoy se busque más el fondo que la forma. Si se trata de romper, invertir aquel juego escénico puede ser la respuesta. Ahí va una conjetura: este montaje habría tenido el beneplácito del autor, si hubiera podido contemplarlo desde la perspectiva actual. Tiene fuerza, tiene ritmo y tiene dos criadas y una señora, pero tres señoras actrices, en escena.


Autor: Jean Genet. Versión y adaptación: Paco Bezerra. Director: Luis Luque. Intérpretes: Alicia Borrachero, Jorge Calvo, Ana Torrent. Escenografía: Mónica Boromello. Iluminación: Felipe Ramos. Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas. Música original: Luis Miguel Cobo. Videoescena: Bruno Paena. Matadero Madrid-Naves del Español. Madrid.

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