Una libra de la mejor carne alemana

Christian Erdmann y otros actores del montaje / Foto: Matthias Horn
EL MERCADER DE VENECIA

El azar y la concurrencia de dos festivales estivales dedicados a los clásicos, Alcalá y Almagro, ha permitido ver casi seguidos, en muy poco espacio de tiempo, dos producciones diferentes de «El mercader de Venecia», con el morbo añadido de ser una, la de Alcalá, de Habima, una compañía de Tel Aviv, y otra, la de Almagro, de la Staatsschauspiel Dresden, el Teatro Estatal de la ciudad de Dresde.

Israel y Alemania, dos países con una historia común desde posturas opuestas en torno al antisemitisimo, uno de los puntos de discusión que aún hoy suscita la genial tragicomedia de Shakespeare, en la que el odio del prestamista Shylock hacia el rico mercader Antonio le llevará al primero a reclamar ante la Justicia veneciana una deuda de sangre en la que el segundo se ha metido de forma inconsciente: una libra de carne de su cuerpo -mortal de necesidad- si no logra pagar a tiempo, como le sucederá, el préstamo pedido para ayudar a su mejor amigo, Bassanio, que necesita el dinero para conquistara a su amada Porcia. Sólo el talento de la joven, la heroína de la función, en un ardid legal final que es ya célebre, salvará al atribulado mercader y castigará al judío por su «maldad».

«Israel y Alemania, dos países con una historia común desde posturas opuestas en torno al antisemitisimo, uno de los puntos de discusión que aún hoy suscita la tragicomedia de Shakespeare»

Es curioso comprobar cómo, pese a algún detalle aislado, no existen grandes diferencias conceptuales entre ambas producciones: todo está en Shakespeare. Aunque sí hay matices: el desdén con el que un alemán puede pronunciar la palabra «jude» como un insulto está cargado de autocrítica y connotaciones históricas, y en la poderosa interpretación de una compañía de grandes actores tiene una fuerza inusitada.

Donde sí se abre un abismo entre ambas es en la propuesta artística de los de Dresde, un soberbio espectáculo heredero de una larga tradición posmoderna europea en la que el espacio vacío y la idea de la metateatralidad conviven con un concepto lúdico y episódico de las acciones teatrales, resueltas todas con un puñado de ropas de colores que les sirven para lo que haga falta: ahora son armas, ahora manuscritos, luego sogas, turbantes e incluso los célebres cofres con los que Porcia ha de elegir a su prometido entre sus pretendientes. Basta con saber imaginar.

«Un soberbio espectáculo heredero de una larga tradición posmoderna europea en la que el espacio vacío y la idea de la metateatralidad conviven con un concepto lúdico»

Lo mismos mínimos requisitos exigía el teatro isabelino, al que este montaje le guiña un ojo: como los británicos Propeller, vistos hace poco en Madrid en otros dos Shakespeare, también en este Mercader el reparto es exclusivamente masculino. Si bien, allí donde los de Edward Hall provocaban la comicidad, el reparto dirigido por Tilmann Köhler aplica la máxima de los onnagata japoneses, con actores que, aunque pueden arrancar risas en momentos determinados -no olvidemos que El mercader de Venecia es una comedia rotunda casi hasta su final-, no buscan el amaneramiento sino la femineidad.

El contraste y el juego permite lucirse a un joven actor, Christian Friedel, en una Porcia tan adolescente como sensual -se llevó, merecidamente, los más largos aplausos de un público entregado-; o al desgarbado Philipp Lux como su acompañante, Nerissa.

«La dramaturgia de Julia Weinreich, y sobre todo la lectura escénica de Köhler, subrayan el homoerotismo entre Antonio y Bassanio, tan llamativo en las líneas de Shakespeare»

El género cobra un significado específico en tanto que la dramaturgia de Julia Weinreich, y sobre todo la lectura escénica de Köhler, subrayan el homoerotismo entre Antonio y Bassanio, tan llamativo en las líneas de Shakespeare que es casi imposible darle a espalda. La pasión entre ambos «amigos» es en escena inequívoca, aunque no gratuita: se apoya en conjeturas seculares sobre, no ya la pareja de amigos protagonistas, magníficamente interpretados aquí por Christian Erdmann y Christian GlauB, sino la ambigua sexualidad del propio genio de Stratford, tan discutida. Como ellos, el Shylock de Matthias Reichwald tiene una fuerza arrolladora, por citar tan sólo al primero «inter pares» de los miembros de esta compañía hipnótica.

En las I Jornadas de Críticos, una interesante propuesta organizada este año por la Universidad Internacional de La Rioja en el seno del festival, la explícita sexualidad del montaje suscitó alguna línea de debate entre los críticos y expertos invitados, por más que el tema del día fuera la adaptación de los clásicos a la contemporaneidad.

«El verdadero valor del mágico espectáculo teatral visto en Almagro reside una forma de entender el teatro que enlaza con la modernidad y la búsqueda»

Más allá de interpretaciones y apuestas intertextuales, el verdadero valor del mágico espectáculo teatral visto en Almagro reside una forma de entender el teatro que enlaza con la modernidad y la búsqueda. Que no siempre encuentre -paradójicamente, la segunda parte de la obra, tan poderosa en Shakespeare, es aquí algo más fría que la vibrante primera parte- no significa que en el proceso de experimentación, en el teatro físico, de actores entregados, de acciones de grupo, de ruido, furia y coraje, no haya una apuesta por la verdad. O sea, teatro grande del que da gusto ver de vez en cuando.


Autor: Shakespeare. Dramaturgia: Julia Weinreich. Director: Tilmann Köhler. Intérpretes: Christian Erdmann, Christian ClauB, Matthias Reichwald, Christian Friedel, Philipp Lux, Benjamin Pauquet, Thomas Kitsche, Thomas Braungardt, Holger Hübner, André Kaczmarczyk, Albrecht Goette, Jonas Friedrich Leonhardi. Escenografía: Karoly Risz. Aurea. Festival de Almagro. Almagro (Ciudad Real).

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Julio 2013).

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