Liddell y la cocina pobre

"Mi relación con la comida", de Angelica Liddell
Esperanza Pedreño, en el montaje
MI RELACIÓN CON LA COMIDA

Durante un tiempo se cuestionó la influencia potencial de autores posdramáticos y “alternativos”, por entendernos, como Rodrigo García y Angélica Liddell. Sí, eran contundentes, interesantes, diferentes, pero nadie llevaba sus obras a escena salvo ellos mismos, convertidos en todoterrenos, dramaturgo y director en uno, y, en el caso de Liddell, incluso protagonista. Por fortuna, este argumento ha sido barrido por los hechos. Además de otros méritos, García y Liddell son ya autores muy representados por otros. Es el caso de este montaje de Esperanza Pedreño de Mi relación con la comida, un texto de hace diez años de la autora de La casa de la fuerza.

Es interesante hoy comprobar cómo la obra no es un traje a medida, sino un material dramático de libre uso: Pedreño, actriz con mayúsculas, lo asimila en una interpretación memorable. Suya es la rabia de Liddell ante la pobreza y el hambre, suyos la ironía y el sarcasmo hacia el statu quo que lo permite.

En los primeros veinte minutos de este monólogo se intuye en los gestos y hasta en el tono de voz un intento de clonar a Liddell como personaje, que Pedreño abandona después, por fortuna, pues le hace un flaco favor a la tesis de que la obra de la autora puede sobrevivir alejada de su líquido amniótico. Y sí: al final, la mujer que odia la maternidad ha parido criaturas que caminan solas.

la obra de Liddell no es un traje a medida, sino un material dramático de libre uso: Pedreño, actriz con mayúsculas, lo asimila en una interpretación memorable

Pedreño e Isidro Paterna optan, como directores, por una puesta en escena de acciones. Dominadas por una cansina pelota roja, les falta algo de la fuerza que Liddell aporta a las suyas. Lo mejor: el juego que ofrece el mono de Pedreño, único vestuario e ingeniosa ventana a escenografías corporales. Lo peor –cierto que sólo en un tramo–, la manía del teatro participativo: hacer al espectador arte y parte del montaje… y con trampa, porque es en realidad títere sin opciones. ¡Cuánto daño hizo La Fura dels Baus! No aporta nada y pervierte la idea de incomodidad que predica Liddell. A Pedreño, en cualquier caso, no le hace falta la imitación: es una fuerza intensa de los escenarios por sí misma, una mujer tan frágil como rotunda y que igual mantiene el tipo en el dolor que en el humor.

Hace ya diez años que Liddell escribió Mi relación con la comida, texto con el que ganó el Premio SGAE de Teatro. No hay oportunismo en su escritura: España entonces “iba bien” y Podemos era sólo una conjugación verbal. Pero Liddell atravesaba su propio proceso de descreimiento. Dejó atrás su mejor etapa y pasó de la poesía herida y oscura del Tríptico de la aflicción a denunciar a todo Occidente por su inacción en Y los peces salieron a combatir contra los hombres (2003) y El año de Ricardo (2006). En ese periodo, que culminaría con Perro muerto en tintorería: los fuertes (2007), más reflexiva y profunda, surge Mi relación con la comida, una feroz diatriba contra la sociedad actual.

Las líneas que dedica a las cucarachas del piso en el que vivía rodeada de inmigrantes son lo más demagógico de un montaje de ideas a brochazos que cambia el teatro por el adoctrinamiento

No es casual que su primera palabra sea “no”. Una negación: “No voy a ir a comer con usted a ese sitio”, le espeta a alguien (¿un productor?, ¿un gestor teatral?). Su desprecio hacia la gastronomía y la alta cocina, que le resultan obscenas, es comprensible. Pero no solucionará el hambre. Liddell escribe desde la rabia, no desde la lógica y, lo que es peor, lo hace sin fluidez poética. Lanza puñales sin gracia pero que, probablemente, hoy tocarán el corazón de mucha gente. Las líneas que dedica a las cucarachas del piso en el que vivía rodeada de inmigrantes son lo más demagógico –y victimista– de un montaje de ideas a brochazos que cambia el teatro por el adoctrinamiento. La solución, insinúa, está en el marxismo. ¿En serio?

Al menos podemos celebrar su deriva posterior de esta cocina pobre –en lo dramatúrgico– a obras como Maldito sea el hombre que confía en el hombre: Un proyecto de alfabetización. Ahí vuelve a haber teatro e investigación textual en vez de consignas de tertulia. Aunque el precio sea el nihilismo absoluto: ya no odia a la burguesía, sino a todos.


Autora: Angélica Liddell. Directores: Esperanza Pedreño e Isidro Paterna. Intérprete: Esperanza Pedreño. Teatro Galileo. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Noviembre 2014).

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