Aullidos wagnerianos

"Montenegro (Comedias bárbaras", de Valle-Inclán, CDN

MONTENEGRO (COMEDIAS BÁRBARAS)

Estaba anunciado un gran montaje y se cumplió, al menos en lo epatante. No era para menos: reunir las Comedias bárbaras, tres obras de Valle-Inclán, en una, reducir las seis horas a tres y media… Ernesto Caballero ha sido valiente y la gran producción que es Montenegro está impregnada de las mejores esencias estéticas: el hermoso vestuario, entre andrajoso y esquemático, de Rosa García Andújar, la iluminación en claroscuros crepusculares de Valentín Álvarez, el impresionante puente de piedra antigua que domina la escenografía de José Luis Raymond, y que nos remite al bosque, a lo céltico y lo agreste… Tampoco faltan el buen hacer a que nos tiene acostumbrados el director con sus repartos y su creatividad, tan juguetona, que se sirve de máscaras, corceles y perros que son actores y un mascarón de proa hecho de carne viva.

No todo brilla: la escena del niño Jesús se supone dramática pero produce carcajadas. Lo peor es que el director del CDN ha perdido la ocasión de firmar el montaje histórico que éste podría haber sido. Dejemos al margen el hecho de que los actores usen micrófonos. Dicen que la pésima acústica del Valle-Inclán lo exige. En fin… Donde a Caballero se le escapa su apuesta es en lo musical.

No faltan el buen hacer a que nos tiene acostumbrados el director con sus repartos y su creatividad, tan juguetona, que se sirve de máscaras, corceles y perros que son actores

Nada que objetar a la partitura de Javier Coble, contundente y oscura, que han descrito acertadamente como «galaico-wagneriana». El problema es su omnipresencia: es una nube dominante durante buena parte de la función, como en una de esas supreproducciones de Hollywood que subrayan cada estado emocional, no vaya a ser que al espectador le dé por pensar.

Los aullidos wagnerianos se imponen a la melodía de la palabra. Y ésta debería ser la protagonista: el retrato, en prosa genial, de un mundo en extinción, la Galicia de los caciques y los lobos, aquí los hijos del patriarca. Es una pena digo, porque lo complejo era condensar la esencia del tríptico sin traicionar su espíritu y Caballero lo había logrado con creces, dándole la vuelta al orden natural: arranca con Don Juan Manuel navegando hacia su propio ocaso. Estamos en Romance de lobos, pero es un hábil subterfugio, y pronto somos reconducidos hacia Cara de Plata. El director define con claridad a sus criaturas y las traduce en escenas poderosas –rotunda la aparición de Doña María– con un reparto bien templado en el que destaca Ramón Barea, un Don Juan Manuel que va creciendo en rabia, pero que hasta el final es presencia.

Los aullidos wagnerianos se imponen a la melodía de la palabra. Y ésta debería ser la protagonista: el retrato, en prosa genial, de un mundo en extinción, la Galicia de los caciques y los lobos

Barea, recién galardonado con el Nacional de Teatro, compone un gran personaje, aunque quien firma se queda con la sorpresa grata de Edu Soto, muy divertido como el loco Fuso Negro, con la Sabelita apasionada y convincente de Rebeca Matellán, que encauza con acierto el caudal de emociones contrapuestas de la joven, o el Don Galán de Janfri Topera, el bufón cortesano de este «Rey Lear a la gallega» que se come cada escena en que aparece con su campechanía de aldea. Están muy bien también la Pichona de Ester Bellver, y las Roja y Andreíña de Mona Martínez y Carmen León, respectivamente. El resto del reparto, en distintos niveles, adecuado. Como el propio montaje, intenso y digno, pero no memorable..


Autor: Ramón María del Valle-Inclán. Versión: Ernesto Caballero. Director: Ernesto Caballero. Intérpretes: Ramón Barea, Rebeca Matellán, Janfri Topera, Edu Soto, David Boceta, Esther Bellver, Carmen León, Mona Martínez, Juan Carlos Talavera, Yolanda Ulloa, Bruno Ciordia, F. Antón, T. Márquez, Iñaki Rikarte, Paco Déniz, Pepa Zaragoza…. Escenografía: José Luis Raymond. Vestuario: Rosa García Andújar. Iluminación: Valentín Álvarez.  Música: José Luis Coble. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Diciembre 2013).

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