Ubú majestad

"Ricardo III", de Shakespeare, dirigida por Miguel del Arco
Israel Elejalde, en el montaje / Foto: Vanessa Rabade
RICARDO III

Hay algo en la tragedia de Ricardo III que invita a pensar en una farsa trágica. Tan mezquino es su protagonista que en el primer y célebre monólogo destapa sus intenciones frente al espectador. Sin máscaras, pronuncia: ““He urdido tramas, siniestros preámbulos, / con sueños, libelos y ebrias profecías, / para que mi hermano Clarence y el monarca / se enfrenten con odio mortal el uno al otro; / y si el rey Eduardo es tan íntegro y tan puro / cual yo ladino, falso y traicionero, / a Clarence meterán hoy en la jaula”. *

Acaso Shakespeare se dejara llevar por la interpretación popular de la figura histórica, que sin duda tuvo luces y sombras, si bien no está tan claro que todo en él fuera negro. Lo cierto es que en el Ricardo III teatral no existe un solo rasgo de humanidad. Es el villano total, la suma de los defectos humanos y, como tal, un personaje poderoso que hoy sigue llamando a nuestras puertas.

Ricardo, Duque de Gloucester, carece de principios. O más bien, tiene solo uno, tan deforme como su alma y su cuerpo: alcanzar y mantener el poder a cualquier costa

Ricardo III (1482-1485) podría ser Macbeth, si no fuera porque su historia no es del todo inventada. Tiene una base real -y en gran medida documentada-, si bien algunos detalles fueron cosa de Shakespeare: sin duda, Ricardo llegó al poder de manera ambiciosa, reinó dos años y murió en batalla. Fue el último rey inglés en caer luchando. Ahí, en la ficción, se pronuncia la archiconocida frase del final: “¡Mi reino por un caballo!”. Con su muerte se cerraban tres décadas de guerra civil, la Guerra de las Rosas, que había dividido Inglaterra, y comenzaba la era Tudor. **

Ricardo, Duque de Gloucester, carece de principios. O más bien, tiene solo uno, tan deforme como su alma y su cuerpo: alcanzar y mantener el poder a cualquier costa. Víctimas de esta fijación mórbida, sin ningún tipo de arrepentimiento o piedad por su parte, serán sus dos hermanos mayores -rey y heredero natural al trono-, sus sobrinos, apenas unos niños, su esposa, su mejor aliado y cualquiera en la corte que no apoye su ambición.

Lo advierte al comienzo Israel Elejalde al público: en esta función va a haber personajes con móviles y metralletas, así que ya saben «de qué va a ir esto»

Miguel del Arco ha sumado fuerzas con Antonio Rojano para una reinterpretación del texto shakespeariano, más que una versión al uso. En la línea de trabajos contemporáneos como el Sueño de una noche de verano de Voadora, lo cambia todo para no cambiar nada. Lo advierte al comienzo Israel Elejalde al público: en esta función va a haber personajes con móviles y metralletas, así que ya saben «de qué va a ir esto», y al que no le guste… Estos subrayados suelen parecerme innecesarios: soslayan la inteligencia del espectador, que, claro, es incapaz de hacer esa interpretación por sí mismo.

Avisado así el respetable, en cualquier caso, comienza el proceso de deconstrucción y reconstrucción del texto. Allí donde Shakespeare hace encerrar a Clarence, hermano del rey Eduardo por conspirar contra él con artes mágicas, Del Arco y Rojano encierran al infeliz noble acusado de difundir rumores a la prensa. Allí donde el bardo inglés sitúa a las masas enfervorecidas, esta versión imagina programas de telebasura que aupan al poder al intrigante Ricardo con mentiras sobre su linaje. Allí, en fin, donde la tragedia original plantea un diálogo entre Ricardo y Hastings, esta versión lo traslada a una entrevista con una periodista afín al poder. Eso tan de hoy.

Es ésta una versión tan ágil y bien pergeñada como irrespetuosa e infiel. Quien busque la magia del verso de Shakespeare o la historia conocida que ha visto otras veces, mejor que lo haga en otro teatro

Es ésta, en ese sentido, una versión tan ágil y bien pergeñada, en la que todo cuadra y tiene sentido en el terreno de la contextualización, como irrespetuosa e infiel. Quien busque la magia del verso de Shakespeare o la historia conocida que ha visto otras veces, mejor que lo haga en otro teatro.

Israel Elejalde lleva a su Ricardo a los extremos de lo farsesco, casi lo cabaretero, demostrado que tiene talento para cuajar una tragedia o una comedia. Como él, todos y cada uno de los actores de esta producción brillan en sus papeles, desde los cómicos matones a los que dan vida Chema del Barco y Alejandro Jato, hasta Cristóbal Suárez, actor habitual en las producciones Kamikaze, que derrocha talento tanto como el poderoso noble Buckingham como en la piel de la reina Margarita, estirada y vengativa señorona almodovariana en esta versión. Apuntes interesantes: el brillo y buen hacer sin aspavientos de Manuela Velasco, una estupenda Isabel, y el de Verónica Ronda, como la malhadada esposa del tirano.

Hay otro rasgo clave en este montaje: Rojano y Del Arco exprimen el humor del texto para convertir la historia del jorobado duque de Gloucester en una farsa brutal, una comedia oscura repleta de guiños de actualidad, de la corrupción de los partidos políticos al matrimonio del monarca con una plebeya, de la irrupción de VOX en el panorama político español al elefante del rey. La farsa alcanza el paroxismo cuando en escena se inhuma, literalmente, a Franco, en un momento hilarante digno de los mejores tiempos de Els Joglars o de los excesos más desinhibidos del Animalario de Alejandro y Ana, convirtiendo así por un momento este Ricardo III en una suerte de Ubú president.

Israel Elejalde lleva a su Ricardo a los extremos de lo farsesco, casi lo cabaretero, demostrado que tiene talento para cuajar una tragedia o una comedia

Ricardo es el diablo y a la vez el bufón máximo del reino. Es Macbeth y es Yorick todo en uno, deforme el personaje y deforme el montaje como un espejo valle-inclanesco.

El público ríe y celebra lo que de sátira del momento tienen algunas escenas. Es una propuesta dinámica y vibrante, un montaje rompedor dirigido por Del Arco con maestría, aunque lo explícito de sus referencias y su cercanía al terreno de la actualidad lo alejan de la grandeza de lo intemporal. Con este Ricardo III se pasa un buen rato. Pero el tiempo le pasará factura.


Autor: William Shakespeare. Versión: Antonio Rojano y Miguel del Arco. Director: Miguel del Arco. Intérpretes: Israel Elejalde, Manuela Velasco, Álvaro Báguena, Chema del Barco, Alejandro Jato, Verónica Ronda, Cristóbal Suárez. Música: Arnau Vilà. Diseño sonoro: Sandra Vicente. Escenografía: Amaya Cortaire. Iluminación: David Picazo. Vestuario: Ana Garay. El Pavón Kamikaze. Madrid.

 


Notas a la crítica: * Acto 1, Escema 1, «Ricardo III», en «William Shakespeare. Teatro Completo III. Dramas Históricos», edición de Ángel-Luis Pujante (Ed. Espasa, 2015). / ** Para una mejor comprensión de la genealogía y sucesos de la Guerra de las Rosas, adjuntamos el siguiente gráfico (Fuente: Chaplin y Clio)

 

 

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