Secretos del olivar

"La geometría del trigo", de Alberto Conejero
Trujillo, en primer término, en la obra / Foto: marcosGpunto
LA GEOMETRÍA DEL TRIGO

Podríamos cambiar geometría por geografía emocional, y trigo por olivar, y sería una buena primera aproximación al drama que late en el nuevo texto de Alberto Conejero, un asunto de familias, en plural, ambientado en algún pueblo del Jaén olivarero (Conejero cita Vilches en el progarama de mano) y minero (Linares en la mirada), que es la tierra del autor. El dramaturgo enfrenta a sus protagonistas al dilema del amor oscuro, ese tan lorquiano, aunque nada de lorquiano tenga este texto en el que, al final se imponen el deseo y la realidad a lo que la sociedad espera. Continuar leyendo “Secretos del olivar”

El Gondra bueno

"Los otros Gondra", de Borja Ortiz de Gondra
Noguero y Benedicto, en el montaje / Foto: Sergio Parra
LOS OTROS GONDRA (RELATO VASCO)

Después del éxito de Los Gondra -de crítica, de público, y premio Max al mejor Autor en Castellano-, el dramaturgo Borja Ortiz de Gondra decidió continuar el relato de relatos, la historia a medio camino entre la realidad y la ficción de su propia familia, que es a la vez la historia reciente del País Vasco, lo que implica hablar de ETA, de bandos, de una sociedad marcada por silencios y miedo, de heridas sin cerrar. El resultado, Los otros Gondra (relato vasco), recibió un merecido premio Lope de Vega, y los que le llovieran bien estarían. Continuar leyendo “El Gondra bueno”

Actrices

Lennie y Escolar, en la obra / Foto: Vanessa Rabade
HERMANAS (BÁRBARA E IRENE)

Hay pocas guerras más destructivas que las que suceden entre hermanos. Las guerras civiles, como la que rompió España en dos (la última, la que más nos marca aún hoy, ya que hubo varias) suelen serlo. Guerras en las que un hermano acaba en una trinchera y otro en la contraria. Aquella duró casi tres años, pero su sombra se alarga hasta hoy. La que Bárbara e Irene, hermanas en esta obra homónima de Pascal Rambert, mantienen dura más: unos treinta, quizá cuarenta años.

Desde pequeñas, Bárbara e Irene -inmensas, memorables Bárbara Lennie e Irene Escolar– se odian profundamente. Esto, claro, es simplificar, porque Rambert nos sumerge en una sesión de psicoanálisis. Desde el arranque de este drama fraternal, la catarsis es protagonista, sin tonos medios ni crescendos. La estructura clásica de montaña (introducción, conflicto, catarsis) ha sido sustituida por un altiplano constante en el que puede llegar a faltar el oxígeno.

Comienza con la irrupción de la pequeña de las hermanas, Irene, en el lugar donde la mayor, Bárbara, está a punto de comenzar una conferencia y, sin mediación de ningún tipo de preámbulo, Rambert enfrenta al público con la herida abierta que es la relación entre ambas, un odio tan feroz que sugiere intentos de asesinato en la infancia, imitación enfermiza, desprecio, repugnancia física, envidias, celos e incomprensión mutua. ¿Puede quedar entre ellas algo de amor, aunque sea una esperanza? Al fin y al cabo, son hermanas. Una escena de calma en medio de la tormenta, un baile de ambas, sugiere una reconciliación. Pero es un espejismo.

La dramaturgia de Rambert se construye sobre una semántica abigarrada y compleja. Llega a ser cargante.

La dramaturgia de Rambert se construye sobre una semántica abigarrada y compleja. Llega a ser cargante. A quien le gusten la prosa barroca, los diálogos profusos y las miradas al interior de las razones y los motivos que unen y desunen a dos almas le gustaría La clausura del amor, donde Bárbara Lennie e Israel Elejalde certificaban la muerte de una pareja, o Ensayo, en el que Jesús Noguero, María Morales, Fernanda Orazi y, de nuevo, Elejalde hacían taxidermia de una relación artística y emocional a cuatro bandas.

En Hermanas hay más diálogo, es, en ese sentido, su texto más teatral, al menos en términos de construcción dramatúrgica clásica, frente a los largos monólogos del autor francés dotaba en las piezas mencionadas. Hermanas es teatro más fluido, más vivo, en ese sentido, pero flojea en su análisis: los conflictos entre ambas, las rencillas de la infancia, la incomprensión mutua de sus universos vitales y el odio enquistado, suenan por momentos como conflictos de bajo vuelo poético o teatral: que si una detestaba al novio de la otra, que si la otra no soportaba la perfección atlética en la piscina de la una, y así en muchos detalles cotidianos.

Esta guerra civil entre cachorras de una misma camada es a la vez una batalla de lo cotidiano, una terapia de familia con un psicoanalista de barrio que bosteza disimuladamente cuando sus pacientes no le miran porque en realidad sus ‘tragedias griegas’ le aburren soberanamente.

Allí donde flojea el texto -y por supuesto, allí donde brilla-, Bárbara Lennie e Irene Escolar lo mejoran e iluminan con un duelo interpretativo intenso e impecable.

Me interesa más el texto de Rambert cuando expone la imposibilidad de la reconciliación, cuando se pregunta sobre los lazos y el significado de las palabras -¿qué significa, en el fondo, ser ‘hermana’ de alguien?-, cuando investiga en la construcción de la realidad a través del lenguaje, ya que sin éste el mundo se empequeñece… Ahí Rambert extrae petróleo dramático por momentos. El Rambert director, por otro lado, es un profesional solvente y hábil que sabe jugar con el espacio escénico, construido con unas pocas sillas, una maleta y un atril, un uso impactante de los colores y una disposición inteligente de los cuerpos en escena.

Allí donde flojea el texto -y por supuesto, allí donde brilla-, Bárbara Lennie e Irene Escolar lo mejoran e iluminan con un duelo interpretativo (perdón por el cliché, pero aquí hay batalla, hasta física) intenso e impecable. Es, en gran medida, un texto pensado para que dos buenas actrices exploten todo su potencial.

Merece la pena ver a estas dos destructoras de lugares comunes en una pieza que les permite lucirse, entregarse, arriesgarse, ser ángeles y monstruos, y que devoran el texto y el tiempo desde el escenario como si nunca más fueran a actuar en un teatro. Las dos confirman lo que hace años que el aficionado sabe: que son dos enormes actrices tengan lo que tengan  frente a ellas.


Texto, dirección y espacio escénico: Pascal Rambert. Traducción y adaptación: Coto Adánez. Intérpretes: Irene Escolar y Bárbara Lennie. Vestuario: Sandra Espinosa. El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid.

La soledad de los números primos

"El curioso incidente del perro a medianoche", de M. Haddon y S. Stephens
Álex Villazán, como Christopher, en el montaje / Foto: David Ruano

EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

No abundan en los escenarios los textos que aborden la realidad de personas aquejadas por trastornos del espectro autista (TEA), lo que suele conocerse como autismo. Si la locura y la esquizofrenia han sido ampliamente visitadas a lo largo de la historia, en el caso del autismo el cine ha hecho más que el teatro, aunque no han faltado aproximaciones en este terreno. Este “curioso incidente del perro a medianoche” es una historia hermosa a partir de un texto del novelista inglés Mark Haddon que su compatriota y dramaturgo Simon Stephens (autor de Punk Rock, Motortown, Blue Bird…) ha adaptado a escena. Construida con solidez y energía por un equipo veterano, su protagonista casi absoluto, en un trabajo notable de inmersión, es un joven actor, Álex Villazán.

Toda la historia gira en torno a Chirstopher Boone, un chaval entrañable, un chico autista de 15 años con una mente prodigiosa para las matemáticas que deberá enfrentarse a la vida, a sus barreras, a una familia desestructurada y a los secretos que los adultos han levantado como muros para protegerle. Lo hará con decisión y valentía en un viaje iniciático construido por Haddon y Stephens alrededor de un falso thriller, un whodunnit doméstico -salvando las distancias, me recordaba el original planteamiento de la película Brick– en el que el ambiente y los personajes son lo importante, mucho más por supuesto que saber quién mató al pobre perro de la vecina a medianoche.

“Un viaje iniciático construido por Haddon y Stephens alrededor de un falso thriller en el que el ambiente y los personajes son lo importante, más que saber quién mató al pobre perro”

La apuesta de José Luis Arellano García, el director habitual de La Joven Compañía, es triple: el primer elemento es la historia, con su peso propio, que llama a las puertas de la indiferencia social para hacernos ver el brillo de personas como Christopher, a los que se condena a veces a una soledad que es fruto de la incomprensión. Christopher puede multiplicar en segundos cifras de varios dígitos, pero coger un tren a Londres, salir de su burbuja, es una odisea para él.

El segundo elemento es el talento de su joven actor, que se entrega en un esfuerzo digno del Actor’s Studio -si es usted enemigo del “método”, no vaya a ver esta función- en un repertorio de tics y gestos bien estudiado y trabajadísimo, aunque en ciertos momentos algo sobrexplotado. Hay que seguir a Villazán: pese a los matices comentados, no es fácil enfrentarse a un morlaco como este papel, exigente y peligroso por el abismo que se abre a sus lados -quedarse corto o pasarse- y Villazán se echa la función a cuestas.

El tercer eje de la apuesta de Arellano es su concepción audiovisual, con una escenografía audiovisual que convierte la gran pared del fondo en un panel y pizarra lumínica. El trabajo escenográfico de Gerardo Vera y el de vídeo de Álvaro Luna son impecables en lo técnico y sirven a su propósito -quédense al final, tras los aplausos; merece la pena asistir, como “bis teatral”, a la explicación de un problema matemático sobre la pantalla por parte del protagonista-, aunque personalmente me resulta una concepción algo fría, desangelada. Una historia tan humana parecía pedir un viaje más cálido.

“Marcial Álvarez y una solidísima Mabel del Pozo -que viaja de un sentimiento a otro en un personaje con aristas- interpretan papeles claves en la vida de Christopher”

Alrededor de Villazán, el reparto se desenvuelve con presteza y eficacia, en un tono que busca destellos de humor dentro de lo que podríamos llamar un drama social y familiar, aunque estamos en una función blanca, con final feliz. Un teatro idóneo para todo tipo de públicos, incluso el familiar.

Marcial Álvarez y una solidísima Mabel del Pozo -que viaja de un sentimiento a otro en un personaje con aristas- interpretan papeles claves en la vida de Christopher, y Lara Grube encarna con calidez a una educadora que ejerce de figura maternal -o fraternal casi-, y con ellos cohabitan en esta historia un puñado de intérpretes en apariciones de reparto -vecinos, policías, profesores…- entre los que despunta por su comicidad la vecina hospitalaria de Carmen Mayordomo.


Autor: Simon Stephens, a partir de la novela de Mark Haddon. Traducción: José Luis Collado. Dirección: José Luis Arellano García. Intérpretes: Álex Villazán, Marcial Álvarez, Lara Grube, Mabel del Pozo, Carmen Mayordomo, Anabel Maurín, Boré Buika, Eugenio Villota, Alberto Frías, Eva Egido. Escenografía: Gerardo Vera. Iluminación: Juanjo llorens. Vestuario: Silvia de Marta. Música: Luisa Delgado y Alberto Granados. Vídeoescena: Álvaro Luna. Teatro Marquina. Madrid.