La Tristura contra Garfio

"Cine", de La Tristura
Fernanda Orazi y Pablo und Destruktion, en la obra
CINE

Es muy complicado hablar de algunos asuntos sin caer en la lágrima fácil, en la edulcoración tramposa o el recurso a la emoción. Por eso, Cine tiene un interés de entrada loable: La Tristura ha abordado uno de los mayores escándalos -al menos debería serlo- que aún siguen sin tener un eco total en España, el de los niños robados durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Y lo ha hecho con Cine, una historia narrativa, un viaje personal que no acentúa el dolor, que fluye y permite acercarse a los personajes con reposo, sin que -salvo quizá en una escena, la del cara a cara con un juez responsable de los robos- el sesgo convierta a esta interesante propuesta teatral en teatro doctrinario. Es combativo, sí, pero no deja de haber una mirada teatral y reflexiva.

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Perotti y el damero maldito

"Cronología de las bestias", de Lautaro Perotti
Marín, Criado, Castro y Machi, en la obra / Foto: Javier Naval
CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS

Hace unos años, el director argentino Lautaro Perotti estrenó en Madrid un texto de Romina Paula titulado Algo de ruido hace. Da la sensación de que le interesan los misterios familiares, las desapariciones y las casonas donde suceden cosas que es mejor ocultar a la luz. Si en aquel título sobre dos hermanos y su singular relación con su prima se colaba de fondo la idea sugerida del asesinato de la madre de ambos, cuyo fantasma moraba aún allí, en Cronología de las bestias, el nuevo montaje de Perotti en Madrid, esta vez como dramaturgo y director, volvemos a una historia de hermanos -cámbienlo aquí por primos- y familias marcadas por episodios siniestros, que esta vez saldrán a la luz de forma mucho más explícita. Continuar leyendo “Perotti y el damero maldito”

Natascha contra el Joker

Andrea de San Juan y Nacho Sánchez, en la obra /Foto de Luz Soria
LA TRISTEZA DE LOS OGROS

Juega el dramaturgo y director belga Fabrice Murgia en La tristeza de los ogros con una iconografía generacional en la que -ya al final- se incluye al Joker de Batman (el de Heath Ledger, tan perturbador). Es una imagen inquietante, como algunas más de este montaje que nos habla del horror con mayúsculas: las infancias truncadas, las adolescencias convertidas en pesadilla. Y elige dos casos para ello, tan dispares que un primer reparo a la idea de Murgia es conceptual: las juventudes rotas que reúne el montaje son dos caras de una misma moneda, la del horror, pero que se resisten a un tratamiento unitario: o se apuesta a cara o a cruz.

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