Un golpe fallido

23-F. ANATOMÍA DE UN INSTANTE

Qué ocasión desaprovechada para, desde el lenguaje del teatro, acercarse a la historia reciente de España. Todo lo que de apasionante tiene lo que Javier Cercas contó, allá por 2009, en Anatomía de un instante, una novela sobre hechos reales, o si quieren un ensayo histórico envuelto en el papel de regalo de la narrativa, lo tiene de frustrante esta adaptación teatral firmada por el propio novelista junto a Àlex Rigola. Un montaje que sacrifica toda vida escénica para convertirse en mera lección impartida desde las tablas. Sin duda los sucesos del 23F son fascinantes. Sin duda, España debe conocerlos y recordarlos. Pero hay mil formas de hacerlo. Y vista la propuesta de la compañía Heartbreak Hotel en La Abadía, para este viaje hacían falta algunas alforjas más. En román paladino: para lo que propone Rigola, mejor leerse el libro.

En el terreno escénico, esta adaptación aporta poco: un oratorio a cuatro voces en el que dos actores y dos actrices nos conducen a través de los hechos de aquel ya lejano 23F en el que pudimos haber regresado a una dictadura y en el que, por fortuna, la democracia se impuso. Nada que objetar al buen hacer del cuarteto, hierático, con aires de profesor universitario impartiendo una clase magistral, adaptado a los códigos impuestos por el montaje. Cuatro intérpretes –Pep Cruz, Miranda Gas, Eudald Font y Roser Vilasojana-ordenados y con dicción clara y precisa. La cuestión es si el público va a un teatro a que le “lean” un libro, por interesante que este sea.

El montaje no deja de ser un ensayo histórico memorizado. Interesante, apasionante casi, lleno de detalles, horas, conversaciones y curiosidades. Pero ensayo. Casi lectura dramatizada.

Hay algo de juego con videoproyecciones, algo de broma a costa de Juan Carlos I -representado desde el comienzo por una marioneta bufa-, algo de color en el vestuario elegido, desconcertante, y que solo al final del montaje desvelará su razón de ser… Y hay alternancia de voces, con los actores dándose pie mutuamente. Pero al cabo, el montaje no deja de ser un ensayo histórico memorizado. Apasionante, necesario, pleno en detalles sobre las horas, conversaciones y curiosidades de aquel día clave en la historia contemporánea de España. Pero ensayo, al fin y al cabo. Casi una lectura dramatizada. El director olvida todo lo que de vida y diversión, todo lo que de subversión -no la ideológica, sino la escénica- debe tener el buen teatro. A Rigola le hemos visto en Madrid momentos mucho mejores. Da la sensación de que en esta adaptación desganada ha puesto el piloto automático.

¿Y lo que cuenta? Nada que a estas alturas cualquier persona más o menos informada o aficionada a la política y la historia no conozca: el distanciamiento en aquel 1981 entre Juan Carlos I y Adolfo Suárez, a quien el Rey había elegido personalmente para formar Gobierno cuatro años antes, pero que se le había ido de las manos y al que había dejado caer; los disparos y el “todo el mundo al suelo” de Tejero en las Cortes; el coraje personal de Manuel Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo y el propio Suárez, los únicos que plantaron cara a los golpistas en el Congreso con dignidad o quizá resignación -burla teatral incluida en el montaje al resto del hemiciclo, habría que ver cómo reaccionaríamos cada uno frente a las metralletas-; las horas de encierro, con los mencionados y alguno más, como Felipe González y Alfonso Guerra, separados del resto y con sus vidas pendiendo de un hilo; la camarilla de militarotes golpistas, en la que alguno quiso nadar y guardar la ropa hasta el último momento; los desencuentros finales entre Tejero y Armada, el general detrás del complot, que quiso postularse como nuevo hombre de hierro del país, teatrillo incluido; los tanques de Milans del Bosch en Valencia; la firmeza democrática del general Aramburu Topete

La gran pregunta ha sido siempre la supuesta implicación de Juan Carlos I en el golpe, nunca demostrada. El montaje recoge lo fehaciente: su papel, ambiguo cuando menos, en aquellas horas aciagas

Y, claro, la tesis, pues todo lo anterior es el material conocido y sin mayor lectura política. Pero, ¿qué ocurrió realmente el 23F? La gran pregunta ha sido siempre la supuesta implicación de Juan Carlos I en el golpe, nunca demostrada pero convertida en un mantra incuestionable para una mitad del voto en España y en una falacia para la otra. El montaje recoge lo fehaciente: su papel, ambiguo cuando menos, en aquellas horas aciagas, con el general Armada a la espera de ser recibido en Zarzuela, el freno que supuso Sabino Fernández Campo, la tardía aparición del monarca en la televisión pública tranquilizando a los españoles…

Esta disección de aquel “instante” repasa la clave política más conocida y muestra su clara antipatía hacia la institución monárquica, con una coda en la que la compañía aboga por la república como forma de Estado. El montaje convierte así lo que habría podido ser una lección histórica para todos los públicos en una soflama ideológica para unos pocos. Un alegato final con el que se puede estar o no de acuerdo y que emborrona lo único salvable de una propuesta teatral, su fondo, cuya forma no deja de ser un golpe -de efecto- totalmente fallido.


Texto: Javier Cercas y Àlex Rigola. Dramaturgia y dirección: Àlex Rigola. Intérpretes: Pep Cruz, Eudald Font, Miranda Gas, Roser Vilasojana. Espacio escénico: Max Glaenzel. Iluminación: Augusto Viladomat. Sonido: Igor Pinto. Diseño de vídeo: Amanda Baqué. Teatros del Canal (Sala Verde). Madrid.

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