Y los sueños, sueños son

A CHORUS LINE

¿De qué materia están hechos los sueños? Las de los protagonistas de A Chorus Line están escritas en luces de neón, en proscenios y aplausos. Sueñan que el mundo es un escenario. Sueñan que devoran el mundo. Sueñan que triunfan. Pero el camino está reservado a los mejores. Y aunque muchos son buenos, hombres y mujeres de talento, solo unos pocos llegarán al final. A Chorus Line, el musical brillante, en todo los sentidos, de Michael Benett, James Kirkwood y Nicholas Dante, ofrece poco y mucho: no cuenta nada y lo cuenta todo. Tan solo el retrato de unos cuantos jóvenes que se presentan a un casting para ser parte del cuerpo de baile de un musical de Broadway. No hay trama, no hay nudo ni desenlace. Pero habla de la vida, del fracaso y el éxito, del amor, el sexo y las primeras y segundas oportunidades. Y todo ello, envuelto en la belleza de la sencillez, está en la emocionante y cuidada producción con que Antonio Banderas estrenó su teatro de Málaga, el Soho CaixaBank. Una producción, ahora en Madrid, que ningún amante del género debería perderse.

A Chorus Line es un musical desconocido para parte del público. No nos engañemos: no es Los Miserables, West Side Story ni Cabaret. Aunque forma parte del corpus de los clásicos y muchos la conocemos por la película de Richard Attenborough (1985), con un estupendo Michael Douglas. Banderas -y Bennett, ya que la dirección original es suya- ha optado por una estética similar ochentera, aunque el montaje es más esencial: donde la cámara viajaba entre bambalinas, esta producción apuesta por un espacio único. La oscuridad de la sala de ensayos, un juego de espejos omnipresente por escenografía, el escenario vacío… Lo importante es el factor humano.

Al contrario que otros musicales, el de Benett y compañía es realmente coral. Hay una figura que guía y ejerce de rostro conocido: Douglas en el filme, aquí un pletórico Manuel Bandera

Al contrario que otros musicales, el de Benett y compañía es realmente coral. Hay una figura que guía y ejerce de rostro conocido: Douglas en el filme, aquí un pletórico Manuel Bandera, que no desmerce en sus dotes dramáticas, aunque él mismo sea más una criatura musical. Pero al cabo, la historia y el protagonismo pertenecen a los jóvenes que se presentan al casting, a los que iremos conociendo número a número. Y aquí está uno de los grandes logros de esta producción: haber reunido un elenco que, sin nombres propios famosos, es de un calidad extraordinaria. Una veintena de jóvenes cantantes y bailarines que lo dan todo y hacen creíble y disfrutable la historia.

Es complejo reseñar esta producción sin citar a todos los que merecen ser citados, pero hacerlo sería no acabar. En los musicales además es habitual asistir a funciones con covers, así que solo puedo hablar de parte del reparto que vi. Resumo en cuatro menciones, pero sirvan como elogio de un conjunto que funciona a la perfección en el que nadie desentona: qué talento el de Estibalitz Ruiz (Diana),  Álex Chávarri (Bobby), Graciela Monterde (Sheila) y Lorena Santiago (Val). También Irene Rubio, Sarah Schielke, Roberto Facchin, Víctor González y Aida Sánchez… El nivel medio es alto y, con la salvedad de que en algunos intérpretes su acento extranjero choca un poco -pecata minuta-, nadie falla en lo que respecta a entonación, intensidad y registro.

A Chorus Line tiene todo, salvo fuegos de artificio escenográficos. Los espejos y la iluminación le sirven a Banderas para llevarnos y traernos por estas dos horas de casting, de la mano

Y no es sencillo, entre otras cosas porque, más allá del celebérrimo número final o el tutti del arranque (Espero conseguirlo), A Chorus Line no tiene canciones que pertenezcan a la memoria colectiva. Me refiero a esos temas que, conozca o no el musical, cualquiera ha oído alguna vez: Memory, Do, Re, Mi, Money, Singing in the Rain, Don’t Cry for me Argentina, Aquarius, All That Jazz, Summertime, America… En ese sentido, A Chorus Line no es My Fair Lady ni Chicago, musicales cuyas canciones, oídas una vez, recuerdas siempre. Pero sí un musical efectivo de números entretenidos -divertidísimo el “número de las tetas”, Baile, diez; look, tres-, y sólidos en los que la superposición de voces e historias forman un continuo lleno de dinamismo.

Con una escenografía que prescinde de fuegos de artificio, los espejos y la iluminación le sirven a Banderas para llevarnos y traernos por estas dos horas de casting, de la mano siempre de unas coreografías con gancho y una orquesta en vivo impecable -sin tacha el sonido del Teatro Calderón-, apurando los sueños y aspiraciones de unos chavales que saben que solo hay sitio para unos pocos en el paraíso.

En ese sentido, además de ser un homenaje cargado de nostalgia a la edad dorada de Broadway, el One final, una coreografía de elegancia clásica y un tema imposible de olvidar, ofrece también un mensaje de solidaridad. Una forma de dar cabida a todos, ganadores y perdedores, en los oropeles del show business. Aunque solo sea un sueño hermoso.


Concepción, dirección y coreografía originales: Michael Bennett. Libreto: James Kirkwood y Nicholas Dante. Música: Marvin Hamlisch. Letras: Edward Kleban. Co-dirección: Antonio Banderas. Director musical y de orquesta: Pau Baiges. Supervisor musical: Arturo Díez-Boscovich. Traducción del libreto: Ignacio García May. Traducción de las letras: Roser Batalla. Escenografía: Robin Wagner. Vestuario: Theoni V. Aldrige. Iluminacion original: Tharon Musser. Iluminación (adaptación): Carlos Torrijos. Sonido: Javier G. Isequilla y Francisco Manuel López Rubio. Intérpretes: Manuel Bandera, Sarah Schielke, Estibalitz Ruiz, Álex Chávarri, Angie Alcázar, Lucía Castro, Sonia Dorado, Fran Moreno, Aaron Cobos, Anna Coll, Cassandra Hlong, Fran del Pino, Daniel Délyon, Roberto Facchin, Víctor González, Bealia Guerra, Pep Guillem, Ivo Pareja-Obregón, Javier Cid, Daniel Garod, Ariel Juin, Juan José Marco, Graciela Monterde, Lucrecia Petraglia, Aida Sánchez…. Teatro Calderón. Madrid.

Estrellas Volodia

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