La rebelión de los hombres rana

ANDANZAS Y ENTREMESES DE JUAN RANA

Todo un acierto de la Abadía programar de nuevo en Madrid el más reciente montaje de Ron Lalá, que pudo verse en 2020 en el Clásico. Hay obras, como estas Andanzas y entremeses de Juan Rana, que bien merecen una segunda vida. Lo nuevo de los ronlaleros es teatro dentro del teatro, todo un homenaje a las tablas y a los cómicos de antaño, en la figura del que fue el actor más popular de su momento del siglo XVII. Lo corrales áureos vibraban de emoción con Cosme Pérez (1593-1672), el nombre real del Juan Rana artístico, un cómico de orígenes humildes, contrahecho y barrigón. La gente acudía en masa a las obras solo por verle en obras de Lope de Vega, entre otros autores. Muchos, como Calderón de la Barca, escribieron entremeses pensando en él y se cuenta que solo con salir a escena, doblaba al público de la risa. Llegó a tal su fama que se libró de un proceso inquisitorial. El Santo Oficio quiso quemarle los pelos a la rana por blasfemia, irreverencia, desacato, provocación… También por sodomía, que de eso parece que algo hubo. A la carne y al pescado dicen que tiraba, de ahí su apodo. Pero le echaron un capote sus influyentes amistades: el propio Felipe IV le abrió las puertas de palacio por recomendación de la Calderona y disfrutaba con las chanzas y actuaciones del cómico, que en su repertorio desplegó a cornudos, alcaldes, bobos y afeminados (a veces todo en uno).

Lo corrales áureos vibraban de emoción con Cosme Pérez (1593-1672), el nombre real del Juan Rana artístico, un cómico de orígenes humildes, contrahecho y barrigón

Ese punto de partida, el proceso contra Juan Rana a cargo de un acalorado inquisidor, es el que imagina Ron Lalá en un montaje divertido a rabiar en algunos momentos, con el verso ágil e inteligente de Álvaro Tato, cargado de momentos brillantes. Qué maravilla disfrutar en un teatro actual de los códigos de nuestro teatro clásico en un texto de nueva creación y que este se entienda y disfrute, funcionando a la perfección para el público actual. Ron Lalá tienen dos señas de identidad: la música y el humor. Y aquí la segunda brilla especialmente.

Los ronlaleros se mueven por tanguillos, coplas, boleros, sevillanas, candongué y un amplio repertorio con gracejo y desinhibición, haciendo del solemne teatro que es La Abadía un carnaval

No es que en el apartado musical los ronlaleros flaqueen: se mueven por tanguillos, coplas, boleros, sevillanas, candongué y un amplio repertorio de música de raíz con gracejo y desinhibición, haciendo del solemne teatro que es La Abadía un carnaval en el que, como comparsas de chirigota, el quinteto saca punta a la desordenada vida de Juan Rana, a la hipocresía religiosa, a las comedias de antaño y al cariño popular que arrastró el cómico. No faltan dardos a la actualidad más rabiosa, porque es oficio del cómico reírse del gobernante, y aprovechan para insertar guiños a los soberanos de entonces y de ahora (¡el juego que está dando el Emérito a las tablas!).

A lo largo de ese proceso, la Inquisición ronlalera, encarnada principalmente en un maligno y muy divertido Íñigo Echevarría, rescata momentos de los entremeses que hicieron famoso a Juan Rana, con capas de teatro dentro del teatro -hilarante el del cuadro, en el que el menguado protagonista cree ser pintura mientras su mujer se la da con otro- y hace desfilar como testigos de cargo a Bernarda Ramírez, actriz que fue pareja cómica durante años de Pérez (qué bien le sientan los timbales a Daniel Rovalher, en un guiño a los juegos de travestismo del homenajeado), a Calderón de la Barca y al mismísimo fantasma de Velázquez, que había fallecido en 1660, revivido por la magia del teatro. Juan Cañas se mete en la piel del dramaturgo y el pintor, haciendo de ellos carne cómica y creíble, como acostumbra, además de aportar una guitarra parrandera a casi todos los números musicales. Tiene la compañía además en este montaje a Fran García, actor incorporado para sustituir en los últimos tiempos a Tato en escena (volcado ya este en sus tareas de dramaturgo con Ron Lalá y otros proyectos) y es una grata sorpresa: un torrente de comicidad y recursos.

El nuevo fichaje de la compañía, Diego Morales, que se alterna estos días con Miguel Magdalena en el papel, es otro comicazo de raza que ha hecho suyos los códigos ronlaleros

En su día disfruté del buen hacer de Miguel Magdalena como el “batracio” del título, y no desmerece en absoluto otro fichaje, Diego Morales, que se alterna estos días con Magdalena en el papel: un comicazo de raza que ha hecho suyos los códigos de la compañía -no en vano ya ha rodado antes con Ay Teatro, otra compañía con ronlaleros implicados- y tiene un aire canalla y un hacer teatral que se hermanan bien con los personajes a los que el propio Juan Rana daba vida.

Con García y Morales, Ron Lalá demuestra elasticidad y capacidad de adaptación, libres de ataduras a su quinteto original. Sexteto, si contamos a Yayo Cáceres, director de orquesta de un montaje potente en su puesta en escena, abundante en juegos de luz y sonido de enorme calidad y que funciona como un reloj suizo. Son mérito suyo el ritmo y algunos hallazgos escénicos. Mejorables son un par de escenas en las que la música de fondo no deja escuchar bien el texto, como es la del entremés del toreador, psicodélico y confuso. Por lo demás, Cáceres dirige con acierto a estos hombres rana rebelados contra el aburrimiento, las modas y lo convencional. Ellos, a lo suyo, creciendo y disfrutando. Y que dejen de estrenar cuando las ranas críen pelo.


Creación colectiva: Ron Lalá. Dramaturgia y versiones: Álvaro Tato. Composición y arreglos: Yayo Cáceres, Juan Cañas, Miguel Magdalena y Daniel Rovalher. Dirección musical: Miguel Magdalena. Dirección: Yayo Cáceres. Reparto: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Miguel Magdalena/Diego Morales, Daniel  Rovalher, Álvaro Tato. Escenografía y atrezzo: Carolina González. Iluminación: Miguel Á. Camacho. Sonido: Eduardo Gandulfo. Vestuario: Tatiana de Sarabia.Teatro de la Abadía.

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