El poder de los actores

EL ARTE DE LA COMEDIA

El arte de la comedia podría titularse Arte viejo de hacer comedias. No porque sea canon de nada, como el arte nuevo de Lope de Vega, sino por el retrato de un oficio antiguo que el sabio Eduardo de Filippo, autor (de Filomena Marturano, entre otras obras), pero antes cómico de la legua, traza con delicadeza y humor. También con melancolía, aunque ésta aparezca esbozada en un enredo pirandelliano y divertido, por más que Campese, el director de la compañía que protagoniza el texto, trasunto del propio De Filippo, se empeñe en negar al autor de los seis personajes «en busca de».

Dos obras en una, este Arte de la comedia es, en su primer tramo, un pulso sabroso entre dos estereotipos –el cómico y el político, léase el arte y el poder– que le sirven al autor napolitano para diagnosticar cuestiones coyunturales de la salud del teatro. Y sorprende ver cómo la radiografía de 1964 sirve para 2010: la dificultad para definir las subvenciones, los problemas con las redes teatrales, el respeto del actor por la sociedad… Más allá del detalle, De Filippo entra en la gran cuestión: la esencia de una profesión que pide consideración y que él tenía por artesanal y sin pretensiones.

Puro teatro es lo que escribió De Filippo, y así lo interpreta el veterano Carles Alfaro, con una puesta en escena hermosa y desvencijada que remite a la Italia que cicatrizaba las heridas de la guerra

Esa dignidad lleva al cómico –un entrañable y redondo Enric Benavent–, cuya carpa ha ardido, a visitar al nuevo gobernador de una capital de provincia –enorme también Pedro Casablanc, sobresaliente dentro de un reparto de altura– para solicitar un favor que éste le negará. Campese rechaza su limosna y anuncia revancha: mandará a sus actores al despacho disfrazados de las fuerzas vivas del pueblo para complicarle la vida al funcionario.

La segunda parte –la vendetta, ¿o no?, nunca sabremos si es real en esta posible imitación a la vida– es más divertida, menos disquisitiva pero más viva que la primera. Por el despacho del gobernador, y ante su desesperación y la de su secretario-cancerbero, al que da vida con acierto José Luis Alcobendas, desfilará una galería de personajes, desde un párroco empeñado en salvar al pueblo de un escándalo (divertido y muy entonado Joaquín Hinojosa) hasta un divertidísimo y angustiado médico (soberbio Jesús Barranco) que aspira a ver reconocida su entrega. Puro teatro es lo que escribió De Filippo, y así lo interpreta el veterano Carles Alfaro, con una puesta en escena hermosa y desvencijada que remite a la Italia que cicatrizaba las heridas de la guerra.

Con momentos de comunión teatral, como el monólogo de Benavent bajo la nieve, Alfaro opta por la sencillez de un realismo cómico fiel a De Filippo, pero más enriquecido que la propuesta de Campese. Es un acierto de La Abadía y un deleite cargado de teatro se mire por donde se mire.


Autor: Eduardo de Filippo. Director: Carles Alfaro. Traducción: Ana ISabel Fernández Valbuena. Vestuario: María Araujo. Intérpretes: Enric Benavent, Pedro Casablanc, José Luis Alcobendas, Markos Marín/Luis Moreno, Carmen Machi/Lidia Otón, Jesús Barranco, Joaquín Hinojosa, Ernesto Arias/Cipriano Lodosa, Palmira Ferrer/ María Miguel/Ana Cerdeiriña, Diego Galeano, Óscar de la Fuente/José Manjón. Teatro de la Abadía. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Febrero 2010).

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