¡Salud, señor Chéjov!

ATCHÚUSSS!!!

Con el onomatopéyico título de Atchúusss!!! llega una propuesta a priori tan atípica como desconcertante: un teatro comercial, cercano al vodevil y las variedades, y en el Teatro de La Latina, pero que recupera varios cuentos de juventud de Antón Chéjov, quien firmó decenas de relatos humorísticos en revistillas satíricas con diferentes seudónimos. Visto el resultado, cabe responder: ¡salud! Y de hierro. En el joven Chejonte, o sea, Chéjov, se intuía al dramaturgo enorme. Ágil, algo gamberro, aquel médico que aún se reía de la vida plantea situaciones tan cándidas que, ante ellas, hoy no queda otra que sonreír. Con una sabia batuta, que dirija la comicidad por sus carriles, la sonrisa se convierte en carcajada. En ese sentido, Carles Alfaro, adaptador y director del montaje, hila fino: el espectáculo avanza con una comicidad creciente. Da gusto ver, en un escenario donde la risa a menudo se ha extraído de lo vulgar, una apuesta por el humor textual, como el de un malentendido entre vecinos que ya desde antes de saber que acabarán casados no paran de discutir, un tema recurrente en el joven Chéjov.

Alfaro ha reunido un elenco mediático que está a la altura de su tirón, aunque al final la farsa se descontrole en La criatura indefensa, pieza de un histrionismo caricaturesco. Pero el cara a cara como vecinos malavenidos y torpes a más no poder de Malena Alterio y Fernando Tejero en La petición de mano es hilarante: están redondos ambos, como lo están en La seducida, crónica de unos cuernos anunciados. Y el humor cruel que le arrancan la propia Alterio y una enorme Adriana Ozores a su empleada y señora respectivas en La institutriz, además de dejar una escena memorable, lanza un mensaje que conviene apuntar en tiempos de abusos laborales. Ernesto Alterio es un militar algo excesivo en El oso, pero un espíritu singular en El canto del cisne, el cuento con el que Alfaro hila los demás en una bella muestra de teatro dentro del teatro. Pertenece a la etapa fronteriza con el Chéjov «serio» y dota al espectáculo de una dimensión más profunda: en el viejo actor que ha dado con sus huesos en acomodador tras toda una vida de entrega a su oficio, al que encarna Enric Benavent con melancolía y el punto justo de guasa, está la tristeza ante los días que se van del Tío Vania que los propios Alfaro y Benavent dirigieron y protagonizaron, respectivamente, en el CDN.

Alfaro se salta las barreras y las etiquetas con este juguete entre burlesco y onírico, entre popular y culto, que, como hacía “Follies”, reivindica el papel de los comediantes y el sitio sobre las tablas de los géneros menores

Alfaro se salta las barreras y las etiquetas con este juguete entre burlesco y onírico, entre popular y culto, que, como hacía Follies, reivindica el papel de los comediantes y el sitio sobre las tablas de los géneros menores. Desde que se encienden las luces, lo lírico y lo prosaico se mezclan.

El vestuario de María Araujo es un viaje al País de las Maravillas «burtoniano»; la escenografía, del propio Alfaro, es colorista, barroca, puro cartón piedra, pero está a la vez llena de detalles poéticos, como un piano –Ernesto Alterio se maneja con soltura como músico–, unos enormes telones rojos y, al fondo, dos teatrillos con un cristal en su centro que nos abren una ventana a los camerinos, donde los actores del montaje son presencias vivas, un striptease teñido de nostalgia que recuerda la decadencia imparable de Tórtolas, crepúsculo y telón. Aquí faltan sólo las tórtolas..


Autor: Anton Chéjov. Adaptación: Enric Benavent y Carles Alfaro, sobre textos de A.  Chéjov. Dirección: Carles Alfaro. Intérpretes: Enric Benavent, Ernesto Alterio, Adriana Ozores, Malena Alterio, Fernando Tejero. Escenografía: Carles Alfaro. Peluquería y maquillaje: Lolita. Vestuario: María Araujo. Iluminación: Carles Alfaro. Teatro de La Latina. Madrid. Mayo 2015.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Mayo 2015).

Estrellas Volodia

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