Los vivos y los muertos

¡NÁPOLES MILLONARIA!

El universo de Eduardo de Filippo es delicioso y único. Tiene además la particularidad de orbitar en torno a un lugar concreto: Nápoles, su ciudad. Retratista como nadie de aquella urbe caótica, pícara y remendada, De Filippo logra que al hablar de la capital de Campania veamos el rostro de Italia entera, aunque acaso esto sea una verdad a medias. En ¡Nápoles Millonaria!, su texto más conocido, con permiso de Filomena Marturano, De Filippo nos abre una ventana a la vida en los barrios humildes en plena Segunda Guerra Mundial. Pero no es una obra sobre la guerra o el horror, sino una comedia sobre la miseria humana, sobre el egoísmo y la supervivencia. Un fresco con algo de neorrealismo y algo de moralismo. Un cuento divertido y tierno en el que la maldad y el dolor quedan aparcados por un rato. Y así lo ha entendido con acierto Antonio Simón es su hermoso montaje.

El Nápoles de esta obra es una ciudad arrasada por los bombardeos aliados. Un lugar donde cohabitan los vivos y los muertos, aunque a los segundos no los vemos, ocultados por la comicidad y el humor blanco. Lo más cerca que llegamos a estar de los muertos es en un hilarante velatorio en el que el muerto está muy vivo, tumbado sobre un lecho que tapa lo que la policía no debe encontrar. Son los años del estraperlo. Los vivos, en cambio, lo están y lo son, en el sentido más pícaro del término. Todos son más vivos que el hambre. Y es literal: la comida no llega -otros más vivos, más arriba, la racionan- y Doña Amalia comienza a levantar un pequeño emporio en su barrio trapicheando: café, harina, huevos… lo que sea. La otra cara es Don Genaro, su marido, que encarna la rectitud, la honradez. Don Genaro es la voz del autor, espantado ante la decadencia ética de su país. Ve lo que empieza a suceder bajo su propio techo y no le agrada, por más que su familia gane con ello. Es un teórico de la honradez, tanto que pese a ser el pater familias podríamos tomarle por cuñado cuando sermonea. Pero no es así, o no debería serlo.

Don Genaro es la voz del autor, espantado ante la decadencia ética de su país. Ve lo que empieza a suceder bajo su propio techo y no le agrada, por más que su familia gane con ello

Imposible no sentir una ternura infinita hacia el bueno de Don Genaro, pero también hacia su mujer y sus hijos. Porque todos hacen lo que creen que deben hacer en cada momento, aunque, como viene a decirnos De Filippo al final, el estraperlo fue otra forma de especulación y lo que unos ganaban otros lo perdían.

Antonio Simón se sirve de un espacio grandioso, con una escenografía corpórea firmada por Paco Azorín que muestra las entrañas de las casas destartaladas de un barrio obrero. Entre sus ventanas se asoma la vida, las vecinas cotillas, los policías de buen corazón y el lumpen que roba para comer, mientras conviven fuera de escena las voces del día a día. El director ambienta con proyecciones e interludios con canciones de la época -estamos en 1942 al comienzo, más tarde 1944- y juega sabiamente con su reparto, muy bien organizado y coreografiado con una mezcla de clasicismo y algo de modernidad, lo justo para no ponerse en primer plano pero dejar una huella personal. Es una dirección exacta, no especialmente sobria pero sin asomo de divismo.

Simón juega sabiamente con su reparto, muy bien organizado y coreografiado con una mezcla de clasicismo y algo de modernidad, lo justo para no ponerse en primer plano pero dejar una huella personal

El reparto, entonado y bien elegido, tiene brillo especial en la perfecta Ama de Elisabet Gelabert, que imprime una elegancia de matriarca alpha a su personaje. También fenómeno el Don Genaro de Roberto Enríquez, con un viaje personal que lo transforma. Hay papeles estupendos: el bruto Pepe el Gato de Mario Zorrilla, el recto pero humanísimo inspector de Óscar Zafra, la hija de la familia, encarnada con carácter y acierto por Nuria Herrero

Aunque, al margen del matrimonio protagonista, si alguien se roba el escenario es Raúl Prieto, que parece nacido para la chulería cuasi mafiosa de Enrico “El Guapo”. No hay en De Filippo guiños directos la Camorra que surgiría de los escombros de la guerra, pero se puede intuir en este tipo de personajes las raíces del mal. “El Guapo”, aunque inofensivo, como el resto de sus criaturas, emula a un joven Corleone si este hubiera estado alguna vez enamorado de verdad. Chapeau por la intensidad, la entonación y la habilidad de Prieto para transmitir todo eso. Claro que después de haberle visto hace poco en la soberbia serie Antidisturbios (ojalá hubiera mucha más ficción televisiva española con este nivel de calidad), nada sorprende.  


Autor: Eduardo de Filippo. Director: Antonio Simón. Intérpretes: Roberto Enríquez, Dafnis Balduz, Rocío Calvo, Roberto Enríquez, Óscar de la Fuente, Lourdes García, Elisabet Gelabert, Nuria Herrero, Raúl Prieto, Fernando Tielve, José Luis Torrijo y Mario Zorilla. Espacio escénico: Paco Azorín. Iluminación: Pedro Yagüe. Vestuario: Ana Llena. Vídeoescena: Pedro Chamizo. Sonido: Lucas Ariel Vallejos. Teatro Español. Madrid.

 

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