Lobos y corderos

PALABRAS ENCADENADAS

Antes de El método Grönholm, Jordi Galcerán conoció el éxito con Palabras encadenadas, que había escrito en catalán y estrenado en 1995 en Barcelona. Allí, este thriller psicológico que enfrenta durante hora y media a una mujer con el psicópata que la ha secuestrado y amenaza con matarla, recibió el aplauso del público y todos los premios importantes de la crítica local. Fue, en gran medida, la tarjeta de presentación del autor de Burundanga o el mencionado “revientataquillas” empresarial, ambas aún en cartelera en Madrid.

El montaje, quizá por su título -el juego léxico en el que se basa-, parece prometer un combate a los puntos de inteligencia en carne viva textual, de respuestas y giros ocurrentes, de exploración en los recovecos del lenguaje y su poder. Algo de eso hay, cierto, entre Ramón y Laura, protagonistas de la historia, ella secuestrada, él posible psicópata. De ambos iremos sabiendo según avanza la pieza, pero contar más detalles sería malograr el argumento de una obra que en gran medida apuesta por la sorpresa. Sin embargo, más allá de un correcto tono general, el texto encalla en una sucesión de lugares comunes sobre hombres, mujeres y sus relaciones. 

Más allá de un correcto tono general, el texto encalla en una sucesión de lugares comunes sobre hombres, mujeres y sus relaciones

La disección de las heridas, el análisis de los personajes, está lejos de la genial anatomía de la pareja de un Bergman o un Pinter, por citar solo algunos dramaturgos que han abordado pulsos entre hombres y mujeres más atentos a llegar al fondo del alma que al giro televisivo de la siguiente línea del guion. Sin ir más lejos, autores actuales españoles como Lucía Carballal, en La resistencia, o Ignacio del Moral en Espejo de víctima, han cuadrado enfrentamientos entre criaturas heridas o entre némesis agresivas en las que había sorpresa, sí, pero también profundidad. Fuera lo que fuese que conquistó a la crítica barcelonesa, Palabras encadenadas es un ejercicio de teatro comercial, solvente, adecuado si quieren, sin mayor recorrido. Quién sabe, quizá el tema de los asesinos en serie estaba reciente tras el éxito de El silencio de los corderos, estrenada en 1991. Si allí Clarice se obsesionaba con la imagen del título, aquí lobo y cordero se enfrentan con balidos y aullidos, más tragicómicos que conmovedores o feroces.

La nueva producción, que dirige sin fuegos de artificio, con más oficio que brillo, Domingo Cruz -una escenografía corpórea y algunos enseres para reproducir el sótano donde todo transcurre, y algunos juegos de vídeo, poco más-, opta descaradamente por un tipo de montaje que llegue a todo tipo de espectador. Para qué complicarse la vida.

La nueva producción, que dirige sin fuegos de artificio, con más oficio que brillo, Domingo Cruz, opta descaradamente por un tipo de montaje que llegue a todo tipo de espectador.

Como “tour de force”, Palabras encadenadas se debe en gran medida a la elección de actores. Intenso y juguetón, el psicópata al que encarna David Gutiérrez es quizá lo mejor del montaje, con momentos buenos y algún destello, si bien se deja llevar por lo bufo en otros, acercando a la función a una comedia. Beatriz Rico peca en mayor medida de esto último. Es difícil creer que una secuestrada, con su vida amenazada, adopte el tono jocoso de algunos de sus momentos, y debe controlar ciertos gestos, acaso involuntarios: una mujer al filo de la muerte tan preocupada por recolocarse el flequillo desacredita el resto de su trabajo, en el que hay una adecuada intensidad al comienzo.

Vista con la perspectiva del tiempo, la historia criminal de Galcerán, al menos en esta nueva producción, apenas se sostiene más allá de una correcta y pasable sesión de escapismo para contentar a un público sin muchas más opciones en el agosto madrileño.


Autor: Jordi Galcerán. Dirección: Domingo Cruz. Intérpretes: David Gutiérrez, Beatriz Rico. Espacio escénico y vestuario: Domingo Cruz y Diego Ramos. Iluminación: Fran Cordero. Espacio sonoro: Álvaro Rodríguez Barroso.  Teatro Bellas Artes. Madrid.

Foto: Ana Antolín.

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