La pasión según Portillo

EL TESTAMENTO DE MARÍA

Por edad, Blanca Portillo podría zozobrar en el papel de María, madre de Jesús de Nazaret, ya retirada en Éfeso. Una mujer castigada por la vida y ya en su setentena que recuerda los acontecimientos del pasado que llevaron a la cruz a su hijo; una viuda que se amortaja en vida en un duelo apócrifo y que reza en secreto a Artemisa y otros dioses antiguos. En fin, algún inconveniente hay que ponerle, por aquello de ejercer de crítico feroz, a otro enorme “tour de force” actoral. En este monólogo de setenta minutos aherrojado de clavos, sangre y lágrimas, la Portillo –me van a permitir el “la” admirativo– da un paso más en una carrera plagada de éxitos. Con La vida es sueño recibió toda clase de elogios. En El testamento de María está mejor, más humana y conmovedora, quizá porque a Segismundo, que lograba hacer grande, le faltaba el dolor que sí tiene la madre de Nazaret. Portillo esquiva el peligro de todo gran intérprete, convertirse en copias, a veces caricaturas de sí mismos, y no se olvida de componer, de insuflar aliento propio a su criatura.

Es la de esta mujer una vida que no cuadra con los Evangelios que a su alrededor están escribiendo hombres interesados en hacer historia; la suya es una voz incómoda que nunca nos habrá de llegar. El autor irlandés Colm Tóibín la imaginó así en  2011 en un texto teatral que luego convirtió  en un audiolibro leído por Meryl Streep, y de nuevo en teatro, con éxito en Broadway. No hay en su mirada virulencia antieclesiástica. Tan sólo el intento de comprender a una mujer que vio cómo su hijo se iba juntando con extrañas compañías, al que los espías de Roma comenzaban a acechar por subversivo, que hacía milagros de los que ella nunca fue testigo y que, finalmente, se convierte en algo demasiado grande y simbólico para una campesina que no entiende por qué tuvo que morir

Portillo esquiva el peligro de todo gran intérprete, convertirse en copias, a veces caricaturas de sí mismos, y no se olvida de componer, de insuflar aliento propio a su criatura

El tramo en que una Portillo apasionada narra la pasión de Cristo es pura emoción. El autor aparca inteligentemente toda polémica con la Iglesia: no niega en ningún momento dogma alguno cristiano ni contradice a la Biblia. Pasa por las bodas de Caná y la resurrección de Lázaro con prosa hábil, convirtiendo a María en espectadora escéptica que recibe testimonios de segunda mano: nada de lo que se cuenta puede ser negado… ni corroborado. 

En esa deliberada ambigüedad se echa en falta que Tóibín se atreva a reinterpretar otros pasajes del libro más leído de todos los tiempos: ni una palabra de la Anunciación, de la concepción de Jesús, de su infancia… Le interesa hablar del dolor de una madre, y no duda en alinearse con su escepticismo, pero no cae en interpretaciones incendiarias. 

Todo ello encuentra un hermoso vehículo en este nada pequeño montaje con el que el cineasta Agustí Villaronga debuta como director teatral. Al margen de un perfecto entendimiento con Portillo, cabe destacar lo hermoso de su puesta en escena, una especie de alacena antigua firmada por Frederic Amat y conformada por estanterías de madera y trampillas secretas. Parte es puro deleite visual –¿por qué no? El espacio vacío llevado a sus últimas consecuencias puede acabar con la belleza de la escena–, pero parte sirve para el juego y la narración: Portillo/María se lava en pozos que aparecen en el suelo, prepara comidas en mesas que surgen de entre el heno, cambia de hábito y de velo ayudada por los recovecos de esta casa de su exilio griego… Todo ayuda a que haya teatro más allá del texto, a que un monólogo se convierta, apoyado en una actriz, en un diálogo con la escena.


Autor: Colm Tóibín. Adaptación y dirección: Agustí Villaronga. Escenografía: Frederic Amat. Intérprete: Blanca Portillo. Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva). Madrid

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Noviembre 2014).

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