Corolario de la crítica a la Teoría del Tío Ben

 

 

El pasado lunes acudí como invitado para hablar de crítica y críticos a La Lupa Cultural, un programa de M21 Radio, la emisora pública del Ayuntamiento de Madrid, en el que se habla de teatro, cine, teatro, música, teatro, literatura… y más teatro. No en vano están al frente de los micrófonos durante esas dos horas Álvaro Vicente, crítico teatral y director de la revista Godot, y Pilar Almansa, autora y directora teatral. Desde aquí mi felicitación al equipo al completo por un programa sobresaliente, y también al resto de la emisora. Además de estar en las ondas, en M21 Radio elaboran mensualmente una de las mejores revistas culturales del momento, tanto por los contenidos como por su factura visual, una gozada para amantes de la ilustración y el cómic.

Así que crítica y críticos pasaron a un primer plano durante un par de horas. Charlamos con Almansa y Vicente la escritora y crítica literaria Laura Freixas, el crítico musical Diego Manrique y quien firma, además de Jorge Urrutia e Israel Elejalde, que participaron vía telefónica. Se trataron muchos temas: presencia de género en la crítica (o por qué hay muchas menos críticas que críticos), independencia, nuevos paradigmas y contextos, formas de entender la crítica, problemas de su ejercicio en la práctica… De entre todos, me apetecía profundizar un poco más en uno desde aquí: la responsabilidad del crítico. ¿Tiene responsabilidad con los artistas, con los criticados? Ésa fue la pregunta.

«Las responsabilidades que se le pueden exigir a un crítico son tres: con el lector, consigo mismo y con el tiempo y la sociedad de su momento. Están vinculadas a las funciones de la crítica»

Lo dije en las ondas y lo repito y explico de forma más extensa aquí: las únicas responsabilidades que se le pueden exigir a un crítico –o más bien, que el crítico debería exigirse a sí mismo- son tres: con el lector, consigo mismo y con el tiempo y la sociedad de su momento. Las tres están vinculadas a las funciones de la crítica.

Perdón por la digresión ‘friki’: son muchos años leyendo tebeos. Voy a darme el gusto de llamar a estas responsabilidades del crítico el ‘corolario a la Teoría del Tío Ben’. ¿Recuerdan lo que le decía su tío a Peter Parker, el chaval bajo la máscara de Spider-Man? “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Bueno, pues algo así, pero con un pequeño poder –no nos engañemos, la influencia de la crítica teatral hoy es mínima, al menos sobre el mercado- y varias responsabilidades.

Un momento clásico del original de Spider-Man

La primera responsabilidad parece obvia: la crítica se debe al lector. La función en este caso es múltiple: valoración, formación, documentación… pero también orientación. El lector es aquí público activo. Quiere ir a ver y confía en el crítico. Éste no debe fallarle con juicios y reflexiones vendidas al «buenismo» o las filias –o, en el otro extremo, al rencor, el deseo de dejar una marca dura o las fobias personales-, sino tratar de ofrecer una idea fiel de lo que el público puede esperar de lo que va a ver.

«El lector es público activo. Quiere ir a ver y confía en el crítico. Éste no debe fallarle con reflexiones vendidas al buenismo o las filias –o, en el otro extremo, al rencor o las fobias personales-«

La segunda quizá no sea tan obvia: el crítico se debe a sí mismo, a su coherencia. Ser constante no es siempre fácil. Y no significa ser inflexible o no estar abierto al cambio, sino ser capaz de no traicionar las ideas propias. Es fácil dejarse llevar por las modas o sucumbir a la autocensura. En estos tiempos de corrección política imperante, es mucho más peligrosa la autocensura que la censura, inexistente  en los países democráticos, y ya que cada cual aporte en su cabeza todos los matices que quiera y entienda ‘censura’ y ‘democráticos’ como prefiera.

El crítico –y diría que casi cualquier persona que se diga pensante- debe estar alerta en este sentido y preguntarse siempre a sí mismo qué motivos reales le llevan a suscribir o defender una opinión, una valoración, una tesis.

«Es fácil dejarse llevar por las modas o sucumbir a la autocensura . En estos tiempos de corrección política imperante, ésta es mucho más peligrosa que la censura, inexistente en las democracias».

La tercera responsabilidad tiene que ver con la función documental y testimonial de la crítica: hablamos de un género periodístico, pero también de una herramienta de influencia y cambio, quizá no a corto plazo, pero sí de fondo. Teatro y crítica han ido de la mano durante siglos: la segunda retrataba al primero, decía no ya qué ocurrió tal día en tal escenario, sino, años, décadas después, cómo era la sociedad de ese momento, qué movía a sus gentes, qué aplaudían o pateaban –cuando pateaban-, con qué se mocionaban, cómo se escribía, representaba y actuaba… y también cómo eran sus críticos. Nos guste o no, otros nos mirarán, revisarán y sacarán conclusiones. Ser fiel a tu momento no es una atadura, en ese sentido, sino un privilegio y una obligación. Lo contrario es vivir anclado al pasado o a la mentira. ¿Y ser de los que van por delante? Ir varios pasos por delante y acertar está reservado a unos pocos. El resto parecemos presuntuosos al intentarlo. Para la mayoría de los mortales estar al día es bastante complejo ya, más en este mundo cambiante, más que nunca diría.

Yo firmo ahora si logro ser responsable con mis lectores –alguno habrá-, coherente con mi pensamiento y consistente con el mundo en el que vivo. En eso estoy, no sé si lo consigo. Como en casi todo, supongo que unos días más y otros menos.