La nada milenial

 

Escribir sobre una lamentable «comedia romántica» que acabo de ver me ha llevado a un texto algo más intrincado, más de fondo. Su sitio debía ser esta cueva en la que le hinco de cuando en cuando el diente al teatro y a la sociedad que lo rodea, a su momento, a sus esencias y cuestiones.

Decía en mi crítica: «Lo peor de «obras» como Todos, que desde hace algún tiempo pululan por las carteleras teatrales en las grandes ciudades, es que son el síntoma de una cierta decadencia generacional. Son el signo de tiempos vacíos».

«No se le puede exigir intensidad intelectual ni compromiso sociopolítico a todo montaje. Sería agotador y peligroso. Las sociedades necesitan válvulas de seguridad para no reventar»

No hablaba, voy a recordar, de la cultura comparada con el ocio. Cualquier pretensión cultural en determinados espectáculos es inútil: sin duda son productos de entretenimiento, y éste es un concepto digno, legítimo y necesario. La evasión puede e incluso debe convivir con la cultura con mayúsculas. No se le puede exigir intensidad intelectual ni compromiso sociopolítico a todo montaje. Sería agotador y peligroso. Las sociedades necesitan válvulas de seguridad para no reventar.

Pero, incluso en ese terreno, el del entretenimiento de masas, siempre ha habido productos y subproductos. Y estos últimos pueden serlo por su falta de calidad y su terminado burdo, por su mal gusto -aunque lo del gusto es un terreno complejo en el que mejor no entrar- o por un factor agravante: una banalidad culpable encaramada a la moda y el momento.

Desde hace algún tiempo percibo un tipo de espectáculo generacional en las carteleras. Vacío, contagioso, inmediato. A menudo son musicales o comedias, hechas no ya para el consumo y el entrenimiento, sino para el consumo y el entretenimiento de un nicho concreto, un tipo de público al que llegar a través de una serie de códigos: la tecnología -me niego ya a llamarlas «nuevas» tecnologías, todo avance emergente lo es y éstas empiezan a estar ya muy metidas en nuestras vidas-, los programas basura de la televisión, la música de radiofórmula, las marcas de ropa, las redes sociales…

«Desde hace algún tiempo percibo un tipo de espectáculo generacional en las carteleras. Vacío, contagioso, inmediato. A menudo son musicales o comedias»

Sí, estoy haciendo un retrato robot y sé que puede ser molesto. El problema no es que el espectador encaje en estos «sospechosos habituales» -a cualquiera nos pueden poner en una ronda de reconocimiento-, sino que sea culpable: culpable de vacío, de nihilismo involuntario, de una vida en la que la única preocupación es llevar la gorra con el ángulo correcto, la barba cortada según manda el canon y los «likes» al día, con todo subido y bien subido a la red social de turno, porque al final es más importante contarlo que vivirlo.

Es a ese público al que se dirige una erupción de textos y montajes teatrales. Y el problema no es que se dé una efervescencia, sino que se dé «esa» efervescencia. Ese público no crece como espectador. Insisto, no ya de los sesudos montajes del CDN o La Abadía, del Festival de Otoño o el pseudo-festival legado a los madrileños por Rigola en el Canal, o de las compañías visitantes con lo mejor de Europa o Iberoamérica, por citar algunos puntos de encuentro de quienes aman el teatro como cultura. No, ese público milenial (no todos los milenial son así, claro, ni todo el público descrito pertenece a esa generación, pero sí conforma su mayoría) no se molestará ni siquiera en buscar musicales de altura o comedias de brillo inteligente.

La multiprogramación, que el mundillo teatral recibió hace una década como agua de mayo, está causando estragos. Las compañías presentan productos inmediatos, superficiales, incluso poco trabajados y mal producidos. Pero, sobre todo, sin alma. O con el alma infectada, como muertos vivientes, por la estética y la sensibilidad, por llamarlas de algún modo, de Los 40 Principales, OT, MYHYV, La Voz… y podría seguir.

«La multiprogramación, que el mundillo teatral recibió hace una década como agua de mayo, está causando estragos. Las compañías presentan productos inmediatos, superficiales»

Muchas de esas obras me vencen de antemano: reconozco que sólo su aspecto me produce una pereza prejuiciosa, no contra el género -nada en contra de la comedia o el musical, al revés- sino contra lo que representan. Podría dar títulos de obras que nunca vi y que ejemplifican esta categoría, y en un 99% de los casos no me equivocaría. Algunas de gran éxito, incluso con película posterior y recorridos comerciales llamativos. Pero seré prudente.

Chicos, chicas, si alguno estáis leyendo estas líneas (ya lo dudo: párrafos largos, frases de más de veinte palabras, totalmente desaconsejados por Google y WordPress): hay teatro ahí fuera esperándoos. Teatro de verdad.

Y por supuesto, siempre cabe la posibilidad de que me equivoque. También puede que Leonardo DiCaprio realmente no cupiera en la tabla con Kate Winslet.