Esencia, mensaje e interpretación

 

 

Lugar: Teatro de La Abadía. Momento: post-estreno de la compañía argentina de Mauricio Kartun. Hemos disfrutado de teatro de primera. Yo al menos, creo que buena parte del público también y me consta en el caso de muchos asistentes a la obra con quienes hablé. Nos dirigimos hacia el metro tres personas que apenas nos conocemos. Uno de ellos es un crítico teatral al que me acaban de presentar un rato antes, vamos charlando sobre Bodas de sangre, de Pablo Messiez, vista el día anterior. El tercero, presumo que un amigo suyo aunque no lo conozco, permanece en silencio escuchando nuestra conversación mientras avanzamos por la calle. Saludo el montaje de Messiez con simpatía. No es definitivo pero sí interesante y acertado en gran parte de sus propuestas. Me parece, entre otros muchos aspectos y reflexiones, que la escena que el director imagina después de la boda lorquiana en un bosque con los invitados, un trío hetero-homo o bisexual, no quiero perderme en detalles de etiquetas, tiene todo el sentido: entiende el contexto y la realidad del autor, presenta una interpretación apoyada casi podríamos decir en una reivindicación de una figura trágica (esto no lo digo, pero me viene ahora a la mente, como alguna de las reflexiones que siguen).

Seguimos por la calle y comparo la oportuna aportación de Messiez con otro caso que considero más desafortunado: una escena en el Hamlet del difunto Tomaž Pandur en la que Laertes, Horacio, Ofelia y Hamlet protagonizaban un totum revolutum similar. Lo califico de gratuito e innecesario. Ay de mí, sin saberlo he abierto la caja de los truenos. No sé cómo lo hago pero tengo una habilidad natural para meterme en toda clase de debates inesperados.

«Comparo esta oportuna aportación de Messiez con otro caso que considero más desafortunado: una escena en el Hamlet del difunto Tomaž Pandur»

El amigo silencioso hasta ese momento salta como un resorte: ¿por qué digo eso? ¿Por qué me parece gratuito? Si afirmo eso es por mis prejuicios –sí, dice prejuicios, aunque ni hemos sido presentados-. [Nota al margen: claro que los tengo. Todos los tenemos. La cuestión no es ésa sino si el prejuicio desvirtúa el juicio posterior, al que puede imponerse o viceversa]. Yo hablo de la interpretación y de la reinvención de aquello que no está en la esencia del texto. Él me arroja cuestiones interesantes: ¿qué es la esencia? ¿cuál es la de Hamlet? ¿Cuál la motivación que mueve al personaje? ¿Por qué hemos de suponer que Hamlet, Horacio y compañía son heterosexuales? ¿Por qué damos por hecho que todos los personajes lo son y asumimos que no hay que replantearlo? Salen a relucir los griegos y Platón como demostración de las realidades históricas que damos por supuestas…

Imagen del Hamlet de Tomaž Pandur / Foto: Aljosa Rebolj

Yo, volviendo a Hamlet: por más que todo lo anterior pueda ser cierto, interfiere y distrae, no es la cuestión. No suponemos ni dejamos de suponer porque no es esencial. No es, añado ahora, nuclear ni definitorio. La obra habla de muchas cosas (Shakespeare siempre habla de muchas cosas) pero la identidad sexual no es una de ellas y, si lo fuera, no sería un eje, un tema necesario. La comunicación es compleja en casi todos los ámbitos de la vida y la que se produce desde un escenario con los espectadores no lo es menos. No asumo que el público no pueda recibir y asimilar diferentes mensajes a lo largo de un texto, desde luego, pero planteo: ¿hasta qué punto la distracción con aquello que no está en la intención del texto le hace bien a la relación del espectador con la obra, a su interés o conexión con lo que está viendo y oyendo?

«¿Hasta qué punto la distracción con aquello que no está en la intención del texto le hace bien a la relación del espectador con la obra, a su interés o conexión con lo que está viendo y oyendo?»

Aunque algo acalorados –se disculpa por su vehemencia, yo hago igual, creo que han chocado trenes de carga con querencia a llevar la razón- seguimos y llegamos a un punto fronterizo, la línea en la que dos personas no pueden avanzar. Si Hamlet trata en el fondo de la amistad, viene a decirme, ¿por qué no interpretar esa amistad con una relectura posible y desprejuiciada? Para Hamlet no hay nada más valioso que la amistad, la traición a ésta es el peor crimen. De eso trata. Yo disiento: sí, está ahí. Lo vemos con Rosencrantz y Guildenstern, pero siendo sus amigos de la infancia, los despacha sin demasiado interés por una traición de la que ni ellos mismos son conscientes. La tragedia griega es toda así, me señala él, cosas que le ocurren a la gente sin motivo. Y es un argumento cierto, pero no sé muy bien qué aporta al hecho de que la relación de Hamlet con Horacio, Rosencrantz o Guildenstern sigue sin dibujar las líneas por las que discurre Hamlet. Dicho de otro modo: se podría escenificar –y creo que se ha hecho- la obra prescindiendo perfectamente de las escenas y diálogos que giran en torno a la amistad.

Mi interlocutor se lleva las manos a la cabeza. ¿Qué es lo esencial entonces en Hamlet? Madre mía, creo que no he cenado lo suficiente para este debate… Aventuro que la justicia. No sé si acierto: hay venganza en Hamlet, pero impulsada por el deseo de una justicia inaplazable, necesaria, un acto que ponga las cosas en su sitio: su madre, culpable de ligereza y de manchar la memoria de un padre adorado, y su tío y ahora padrastro, asesino y traidor, deben enfrentarse a sus errores y crímenes. En fin, seguimos discutiendo sobre Ofelia y su traición, sobre pasión o ausencia de ella (lo siento, contertulio, sigo sin ver en Hamlet, obra y personaje, ese arrebato pasional que defiendes), y regresamos de cuando a la chispa inicial del debate: si existe o no una esencia de la que, en un momento dado, un director se aleja, o si, existiendo, somos incapaces de saber cuál es.

«¿Qué es lo esencial entonces en Hamlet? Madre mía, creo que no he cenado lo suficiente para este debate… Aventuro que la justicia. No sé si acierto»

El espectador no necesita ni debe ir al teatro con un libro bajo el brazo. La obra no debe presuponer un conocimiento, defiendes. Y en eso estamos de acuerdo, pero no en el hecho de que sea una premisa que se cumpla. La mayoría de nosotros, salvo que hayamos vivido en el vacío, aislados de toda realidad, tenemos conocimientos. Mayores o menores, pero somos seres conscientes hechos de experiencia y memoria. Y como tal no nos sentamos desnudos en un patio de butacas, recién venidos al mundo. Una cosa es la intención de un director, y sí, los hay que asumen e incluso exigen presuntuosamente esos conocimientos, y otra que el análisis posterior no lo tenga en cuenta. Y eso es la crítica. Curiosamente, me entero sobre la marcha que eres autor de un estudio o tesis –no recuerdo bien- sobre Hamlet. Lo cual no te legitima en tus argumentos pero sin duda te provee de ellos y enriquece tu análisis. ¿No es igual de válido observar una escena de Lorca desde lo que sabemos de él, por más que no le exijamos al espectador esa mochila de conocimientos?

Se hace tarde, estamos en medio de la calle y nuestro común amigo, el crítico que ha pasado a ser oyente, está inquieto. Pone sensatez en la escena: es hora de irse, se hace tarde y el metro vuela… Ahí lo dejamos.

He escrito estas líneas con interés y sin acritud alguna. He preferido no dar nombres porque no se trata de él ni de mí, sino de hablar de teatro y de crítica. He aprendido de nuestro debate/discusión algo –ignoro, si me estás leyendo estimado contertulio, si tu aprenderías algo de mí-, me ha hecho reflexionar y repensar posturas, aunque sigo sin compartir tu visión de la esencia, en general –sí, creo que la mayor parte de las obras la tienen, por más que pueda ser legítimo reinterpretarla, ignorarla o incluso aniquilarla si es necesario- y de la de Hamlet, en particular. Quería asomarme aquí al tema porque es una constante en el análisis. El crítico está obligado a profundizar, a entender, a conocer. Y siempre a escuchar. El enroque no es una opción.