José Monleón

 

La vida y la muerte nunca esperan. Llegan cuando quieren e imponen sus ritmos. Aunque nunca nadie logre dominarlas y acabe siendo un espejismo, hay tipos que parecen lograrlo. Como José Monleón. Vivió como quiso, me atrevería a decir por lo poco que llegué a conocerle (que fue algo, pero no lo suficiente). Y murió cuando pudo, que fue después de haber hecho y vivido mucho. Tenía 89 años. A mí su muerte, en julio de 2016, me pilló en un un impass absurdo, un periodo en tierra de nadie profesionalmente hablando. Volodia aún no había nacido. Pero ahora, ya con esta página en marcha, y aprovechando que esta tarde se le rinde un merecido homenaje en el Centro Dramático Nacional al que probablemente no podré acudir por motivos personales, quiero recordar al que fue, entre otras muchas cosas, uno de los principales críticos de España.

Conocí a José Monleón cuando yo comenzaba en esto del periodismo de becario. Lo primero que supe de él es que era un señor que organizaba un extraño festival de teatro, el Madrid Sur. Y la primera imagen que tengo asociada a su nombre es la de un abuelo entrañable, sentado a la cabecera de una larga mesa de comensales en el Hylogui, el restaurante donde siempre convocaban a la prensa, con la sonrisa presta y el micrófono preparado en la mano para hablar. Hablaba bien, siempre sin chuleta y con las ideas perfectamente armadas. Era un hombre ya entrado en años, sí, pero con la frente despejada y hechuras de herrero. Parecía capaz de sujetarte por los hombros y levantarte del suelo si se lo hubiera propuesto. No le hacía falta, su verbo era poderoso y movía ciudades. Para entonces, ya no cumplía los 70 años.

«Gracias a Monleón, lo que antes no existía se hacía un hueco. Había sitio para todos, españoles o extranjeros. Existía un teatro hecho por otras gentes y aquel hombre nos lo acercaba»

Pronto supe que más que un festival, Madrid Sur era todo un proyecto nacido bajo el manto del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, ese lugar de encuentro de culturas y pueblos a través del cual Monleón daba voz a las letras, las danzas y las escenas de Túnez, Croacia, Italia o Marruecos. También a las del otro lado del Atlántico. Todo era extraño y diferente, empezando porque gracias a Monleón, lo que antes no existía se hacía un hueco. Había sitio para todos, actores y dramaturgos españoles o extranjeros. Existía un teatro hecho por otras gentes y aquel hombre nos lo acercaba. Y no sólo a la capital, sino a los pueblos del sur de Madrid. Al extrarradio.

Ahí comenzaba otro de sus rasgos: Monleón amaba a eso que hoy llaman “el pueblo”, un concepto que nadie acierta a definir, del que tantos abusan y que él manejaba con soltura y sin dogmas. Supe, según le fui tratando, que era un hombre de izquierdas, aunque jamás lo enunció así. Nunca le oí palabras como “proletariado”, “lucha de clases”, “capitalismo” o “colectivo”. Sí, a menudo, “memoria”, “derechos”, “creación”, “pueblos”… Y sobre todo, “cultura”.

«A Monleón le preocupaban los refugiados décadas antes del ‘Refugees Welcome’. Y las guerras, la pobreza, la injusticia. Podía sentarse a hablar con cualquiera, compartiera o no sus ideas»

A Monleón le preocupaban los refugiados décadas antes del «Refugees Welcome». Y las guerras, la pobreza, la injusticia. Podía sentarse a hablar con cualquiera, compartiera o no sus ideas, y nunca le vi perder los modales ni la sonrisa. Tampoco tratar de convencer ni de evangelizar. Él iba a lo suyo: a llevar el teatro allí donde no llegaba, a dar voz a los que no la tenían, a apostar por un proyecto que logró reunir durante años a los alcaldes de toda la periferia madrileña, fueran del partido que fueran.

José Monleón

Sí, la faceta de organizador, de dinamizador cultural, fue la primera que conocí de Monleón. Yo era más joven que ahora –permítanme ponerlo así- y me faltaba mucho por aprender. Poco a poco supe de su trayectoria en “Triunfo”, de su paso por Mérida –fue director del festival- y de su labor como crítico teatral y fundador de “Primer acto”, una revista que desde entonces fue un referente para mí. Allí se publicaban los textos de la creación dramatúrgica más viva, y también las reseñas, las críticas de todo lo que sucedía y era interesante o necesario conocer. Aunque mi recuerdo de Monleón está ligado a Madrid Sur, escribo sobre él en esta Cueva de Volodia porque fue, antes que nada, un crítico clave para entender la historia del teatro español de los últimos 50 o 60 años, y también la historia de la crítica misma.

«La memoria de Monleón estará siempre asociada a su hija, Ángela y a Fernando Esteve. Ambos aportaron a la comunicación y la gestión del instituto y el festival una cercanía y humanidad»

En 2012, en la revista digital FronteraD, me invitaron a reflexionar junto a otros críticos -estaban Javier Vallejo, Ignacio García Garzón, Pedro Barea, María José Ragué-Arias, Juan Antonio Vizcaíno y el propio Monleón-sobre la crítica teatral. Aún hoy suscribo algunas de mis respuestas. Otras quizá las repensaría o reformularía. Las de Monleón en aquel mismo artículo, sin embargo, me siguen pareciendo lúcidas: “Dejando a un lado el simplismo de los que consideran que una crítica es buena cuando habla bien de ellos, sólo el maniqueísmo puede ir a la caza de obras buenas y malas, para, en definitiva, justificar una ideología. Lo importante es que “pongan a prueba al crítico”, que le obliguen a comprometerse y a participar. Creer que el crítico dispone de un Código, que debe aplicar, equivale a adulterar su importante función. Al crítico lo necesita el teatro como parte del debate”.

La memoria de José Monleón para mí estará siempre asociada a su hija, Ángela, mano derecha en sus aventuras teatrales y culturales, y a Fernando Esteve -que también nos dejó hace unos años antes de lo debido-, quien ejerció las funciones de relaciones con la prensa de su festival. Ambos aportaron siempre a la comunicación y la gestión del instituto y el festival una cercanía y humanidad que las modernas teorías de la prisa y la eficiencia no aprobarían. Fallecido Monleón, su proyecto parece perderse, como lágrimas en la lluvia. Quedan las hemerotecas, sí, una historia que nos habla de un hombre bueno que tenía sueños y que lo daba todo por hacerlos realidad. Aunque creo que él hubiera preferido seguir viendo, allá donde esté, los teatros del sur de Madrid llenos de danzas saharahuis, marionetas turcas y máscaras griegas.

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