5 estrellas, 140 caracteres, 10.000 seguidores

 

Ya es la segunda vez que una de estas reflexiones en la cueva surgen de un debate fuera de ella. Me gusta que esto ocurra.

Esta vez ha sido un «mini-debate» con el director de escena y dramaturgo Pablo Messiez vía Facebook. Digo «mini-debate» porque hubo sólo un par de intercambios de opiniones a cuenta de un comentario de Messiez en su perfil, que tituló «Nota sobre el verosímil», al que yo hice algunos apuntes. No tuve tiempo para seguir y un par de claves quedaron colgando, sin respuesta por mi parte. Y van a seguir sin tenerlas aquí, porque esta tribuna que me he regalado no puede ser un rincón para monologar en vez de dialogar. No se trata de tener la última palabra. Más bien al contrario: de aquel intercambio surgieron un par de ideas colaterales que tienen mucho que ver con la crítica teatral hoy.

«Añade Messiez: Porque no estamos hablando de matemáticas. Aunque este malentendido es viejo. Barthes lo llama cuantificación de la calidad (juzgar la obra con estrellitas)».

Messiez dice: «Yendo al tema del gusto, creo que es importante recordar que está determinado por épocas y lugares. Tiene fecha de vencimiento y denominación de origen. Cada cultura va generando su discurso hegemónico, y sus alternativas en los huecos que deja. Entonces creo que hay un problema de lectura si se piensan como errores cosas que no nos gustan». Interesante, y del gusto, lo absoluto y lo relativo, quizá hable aquí en otra casión. Pero sigamos. Añade Messiez: «Porque no estamos hablando de matemáticas. Aunque este malentendido es viejo. Barthes lo llama cuantificación de la calidad (juzgar la obra con estrellitas)». Cuantificación de la calidad. Estrellas. Cierto todo… y como en toda verdad, una verdad con matices y merecedora de otro debate aparte. Yo daré aquí mi versión.

Hechos y opiniones. Allá vamos.

Hecho: vivimos en un tiempo que lo ha cambiado todo. Lo digital, nos guste poco, mucho o nada, ha instalado nuevos modelos de comunicación.

Hecho: la crítica es una herramienta de transmisión, como lo son la entrevista, el reportaje, el artículo y otros géneros periodísticos de toda la vida, o el hilo de Facebook, el tweet (o tuit), el post en Linkedin o el mensaje de Whatsapp. Por no hablar ya del efímero Snapchat. No digo que sean iguales, sino que todos entran en una categoría común básica.

«La reducción del lenguaje a un acto de comparación numérica tiene varios efectos perversos: adultera el mensaje o lo limita, lo que sería la principal objeción, aunque no la única»

Opiniones: el crítico, como autor, es el primer espantado ante la banalización que supone reducir toda una reflexión a una cuantificación que va de una a cinco estrellas (o de una a diez, en el mejor de los casos, pero esto sólo lo hace un poco menos exasperante). La reducción del lenguaje a un acto de comparación numérica tiene varios efectos perversos: 1) adultera el mensaje o lo limita, lo que sería la principal objeción, aunque no la única, 2) crea parodajas entre el pensamiento expresado en la crítica y la valoración numérica, 3) limita las funciones de la crítica, que se centra en la valoración en detrimento del análisis y el testimonio, 4) produce otro tipo de paradojas, las que se dan entre valoraciones de diferentes obras o espectáculos por muy cuidadoso y escrupoloso que sea el crítico al adjudicar sus estrellas, y que resultan insalvables a medida que el número de críticas aumenta; y 6) en tiempos de inmediatez, invita al lector a no seguir leyendo: es un hecho comprobado que a menudo las estrellas hacen las veces de titular, y quien haya pisado una facultad de periodismo conoce el alto porcentaje de lectores que no pasan de ese escalón de lectura.

Ante todo esto, la única defensa de esta costumbre tan extendida –Volodia, sin ir más lejos- es la necesidad de llegar al lector. De nada sirve el esfuerzo de la escritura si no hay un lector al otro lado. Ocurre para el novelista y el ensayista. Para el dramaturgo más que nadie, pues el acto de comunicación que supone escribir un texto se multiplica al ser representado, y hay una aspiración activa de que esto sea así. Nadie escribe sólo para sí mismo salvo los locos y los dioses. El que diga lo contrario miente (o es un loco o un dios).

«Cuanto mayor sea el alcance de la crítica, mejor. Y aquí empezamos con los equilibrios y funambulismos. Se trata de mantenerse con dignidad y lectores sobre un único pie»

La crítica también aspira a ser leída. No voy a negarlo, es más, creo que conviene enunciarlo. Cuanto mayor sea su alcance, mejor. Y aquí empezamos con los equilibrios y funambulismos. Se trata de mantenerse con dignidad y lectores sobre un único pie, mientras se hacen malabares con antorchas prendidas en llamas y se le da vueltas en la cintura a un hula-hop. Es un equilibrio caníbal: mantener intacta la esencia de una actividad comunicativa interesante -léase crítica, noticia, reportaje…, pero, por qué no, drama, novela, película, disco- y evitar que flote a la deriva en el océano de la indiferencia, ése al que millones de voluntariosos novelistas autoeditados, bloggeros y periodistas lanzan sus barcos de palabras cada día sin que nadie se digne a rescatarlos. Las estrellas, así entendidas, son una luz de posición, una señal en la noche que ayuda al lector a dar un primer paso. Sirven para navegar, como lo hacen los astros reales en la noche. Pero a la vez -por eso digo que es un equilibrio caníbal-, devoran la esencia misma de la crítica, como hemos visto. Los que escribimos las odiamos y las necesitamos.

Hay cierta hipocresía en el mundo teatral. El autor, el director, el actor rechazan a veces prácticas como cuantificar con estrellas -hay otras variantes de cuantificación o de reducción, como destacar «lo mejor» y «lo peor» de una obra, realizar rankings o alardear de premios, ¿qué es un premio sino una cuantificación, en la que el premiado consigue el puesto número 1?- pero gozan al ver las cuatro o cinco que le han sido adjudicadas a sus criaturas. Ésas son comentadas, compartidas y hasta utilizadas en marketing y promociones, a veces sin el consentimiento del crítico, que preferiría ver desarrollado uno de sus párrafos en vez de su valoración más escueta, que le deja desnudo y sin argumentos. Pero, ¿quién se para a leer un largo párrafo en el lateral de autobús o en la marquesina de un teatro?

Probablemente el escritor abomine de la dictadura de los 140 caracteres igual que el crítico de la de las estrellas, pero hoy la mayoría están en Twitter. El que no está es porque no lo necesita.

Ahí va otra cifra: si Volodia tuviera 10.000 seguidores, no harían falta las estrellas. Pueden tomarlo como una promesa. Aunque también vaticino otra cosa: si Volodia consiguiera 10.000 seguidores y yo cumpliera mi promesa, si eliminara entonces las estrellas, es probable que al poco tiempo fueran muchos menos los seguidores y lectores. La condición humana actual tiene estas cosas. Gilles Lipovetsky lo llama aligeración de la vida. Defendemos la tienda de la esquina pero acabamos comprando en el supermercado (esto no lo dice Lipovetsky, claro, pero me parecía un buen ejemplo de contradicción entre valores y realidades). Las estrellas son la roca de Sísifo, que arrastramos -una de ellas- por la osadía de haber elegido hablar de profundidades en la sociedad de la ligereza. «En el corazón de la era hipermoderna se afirma por doquier el culto polimorfo de la ligereza», dice el pensador. «Lo pesado evocaba lo respetable, lo serio, la riqueza; lo ligero, la baratija, la falta de valor. Ese universo ya no es el nuestro». Lipovetsky habla de equipos, bienes de consumo, moda, arte, arquitectura… Pero todo es aplicable también al consumo de productos culturales como puede ser esta página que están leyendo. No olvidemos que vivimos inmersos en la tiranía del click. Si han llegado hasta aquí, enhorabuena, le han hecho un corte de mangas a la sociedad de la ligereza. Pero no se engañen: cada vez somos (¿son? no sé si incluirme) menos los resistentes, la disidencia al sistema de lo superficial.

Creo que nunca antes había escrito una reflexión tan autocrítica, tan confesional sobre una parte que no me gusta del ejercicio de la crítica (y no es la única). A la vez, sobre una costumbre que cada vez se impone de manera necesaria por imperativo externo, como he tratado de explicar en el párrafo anterior. Los cínicos no sirven para este oficio, pero me parece peor la mentira, la hipocresía, la negación. Mi forma de luchar contra la ligereza es esta parrafada que me he marcado. Y esta página, en la que intento no dar la espalda a la reflexión. Aunque ponga estrellas.