Personas de carne y látex

Una escena de Solitudes / Foto: David Ruiz
SOLITUDES

La vida y nada más. La muerte también, claro, pero van juntas, de la mano. Siempre. Al menos, cuando se habla en serio. Y Solitudes habla muy en serio arrancando risas y sonrisas al espectador. Es pura sensibilidad y aguijonazos en la garganta. No acabamos de entendernos, no nos prestamos atención, no nos queremos lo suficiente… Y cuando queremos solucionarlo viene a ser tarde. Solitudes es una mosca cojonera, incómoda, que nos recuerda que la vida es una… Ya saben: metida en una bolsita de pasear al perro. Pero lo hace de un modo delicioso, inteligente y divertido. ¿Se me olvida algo? Ah sí, claro: Solitudes es teatro de máscaras y mudo. ¿Quién da más?

No hay en esta producción de Kulunka Teatro ni siquiera gesto: toda emoción procede de un entendimiento que sus criaturas de látex, máscaras de un feísmo grotesco que puede despertar prejuicios -lo reconozco, yo los tuve, pero ya volaron-, logran transmitirnos sin que se pierda en el camino ni un gramo de intensidad, ni un resquicio de comprensión. No me pregunten cómo, ahí están la magia actoral del trío protagonista y una dirección hábil y minuciosa de Iñaki Rikarte.

“No hay en esta producción ni siquiera gesto: toda emoción procede de un entendimiento que sus criaturas de látex, máscaras de un feísmo grotesco, logran transmitirnos”

‘Persona’ procede del griego. Una convención dictaba en los albores del primer teatro heleno que los actores se escondieran tras grandes ficciones de arcilla: el rostro cómico, el trágico, el satírico… Esas ‘prosopon’, ‘rostros delante de la cara’, acabaron convertidas en ‘persona’ y en ‘personaje’. El texto y la máscara situaban y eran lo interesante, no el actor bajo ella. La máscara creaba al personaje. Eran tiempos de Polis y servicio. Además, las máscaras, enormes, podían distinguirse desde lejos en aquellos grandes ‘theatron’ al aire libre capaces de albergar a miles de ciudadanos. No se habían inventado aún los micrófonos que hoy utilizan hasta los teatros ‘serios’ y los actores que hace quince o veinte años abominaban de ellos.

En Roma continuaron las máscaras, pero caído el Imperio, la cultura occidental se desarrolló. Apareció el actor. Y así, tras algunos siglos de vaivenes y algo de teatro entre medias, Kulunka, los flamantes ganadores del Premio Ojo Crítico, vuelven a desaparecer bajo máscaras para que aparezca el teatro. Y aparece.

“Esas ‘prosopon’, ‘rostros delante de la cara’, acabaron convertidas en ‘persona’ y en ‘personaje’. El texto y la máscara situaban y eran lo interesante, no el actor bajo ella”

Las máscaras de Kulunka, que han regresado al Teatro Fernán Gómez con doblete -primero André y Dorine y a continuación Solitudes-, recuerdan poderosamente, casi plagiariamente, a las de los alemanes Familie Flöz: lógico, no es plagio sino enseñanza. Garbiñe Insausti y José Dault, dos de los intérpretes y los fundadores de esta compañía vasca nacida en 2010, aprendieron -talleres mediante- con los maestros y pioneros europeos de este tipo de teatro con unos códigos y señas de identidad tan particulares. La propia Insausti diseña y confecciona las máscaras. Casi nadie hace nada como ellos: que yo recuerde, sólo Blanca Portillo se animó a algo remotamente parecido en La avería, y sólo porque decidió ‘enmascarar’ a sus actores jóvenes de ancianos. Visualmente, se acercaba a un terreno similar, pero nada más vinculaba a aquel montaje con lo que ofrece Kulunka.

Más allá de eso, Kulunka ha sabido dotar a sus criaturas de una personalidad propia, distinta a las de Familie Flöz. Los de Kulunka son más españoles y costumbristas, menos fríos, acaso algo más cercanos, en sus gestos, sus ropas y la escenografía en que se desenvuelven.

“El público ríe y aplaude a rabiar, no sé si lo suficientemente consciente de que Kulunka le ha lanzado a la cara un ensayo de metafísica revestido de broma de engañoso látex”

La historia de Solitudes es universal y exportable, sin duda. Pero a la vez conecta con el retrato de la vida en el País Vasco, hoy, o en cualquier otro rincón de España, por qué no. Vemos a una pareja de ancianos en un piso que los modernos quizá llamarían vintage y que la mayoría asociaríamos a las casas de nuestros abuelos: relojes de pared, estampados florales imposibles, mesillas y sillas dignas del Rastro, cuadritos de al peso.

Allí, en ese piso caduco, pasan sus horas, enredados en sus pequeños odios y en las rutinas que los definen, él, ella y la televisión sempiterna. Hasta que ella -ojo, spoiler, aunque muy relativo, sucede casi al comienzo-, fallece de forma tragicómica. Aparecen el hijo, que quiere hacer las cosas bien pero no le da la vida para ello, y la nieta, pasota, pavazo, inmersa en sus redes sociales, sus borracheras, sus novios, su ninismo. El vacío del abuelo irá chocándose con más vacíos. Él sólo quiere compañía. Volver a sus naipes, su única y cotidiana evasión. Nadie le entiende.

Por el argumento y el universo de Solitudes irán desfilando ñapas, prostitutas proxenetas, pizzeros, yonkies y jóvenes urbanos -perfecto el engranaje de cambios de los tres intérpretes, José Dault, Garbiñe Insausti y Edu Cárcamo, amén de su sabiduría y maestría corporal-, aunque alguno de estos personajes aporta poco -alguno casi sobra- y casi todos son decorado cómico para la intensidad del retrato de familia (salvo, acaso, una prostituta novata y desastrosa que arrastra por los callejones su propio drama).

Mientras, la muerte parece triunfar de fondo, silenciosa y triste. Porque esa partida de cinquillo en la que se juegan la soledad y la vida nadie la puede ganar. El público ríe y aplaude a rabiar, no sé si lo suficientemente consciente de que Kulunka le ha lanzado a la cara un ensayo de metafísica revestido de broma de engañoso látex.  Pero bien está. La vida y nada más. Y mejor pasarla así, con teatro del bueno.


SOLITUDES. Director: Iñaki Rikarte. Intérpretes: José Dault, Garbiñe Insausti, Edu Cárcamo. Diseño y construcción de máscaras: G. Insausti. Escenografía y vestuario: Ikerne Giménez. Iluminación: Carlos Samaniego. Música original y diseño de sonido: Luismi Cobo. Teatro Fernán Gómez. Madrid.

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