Un tiro en el pie o el arma de Chéjov

Una escena de Espía a una mujer que se mata /foto: marcosGpunto
ESPÍA A UNA MUJER QUE SE MATA

El director argentino Daniel Veronese comenzó hace ya más de década una apuesta creativa no exenta de ambición: hacer suyos los grandes dramas de Antón Chéjov. Eso implicaba llevarlos a su terreno, acercarlos a su lenguaje escénico y descontextualizarlos visualmente. Hay que tener las cosas muy claras para llegar a buen puerto en un mar emocional como el de Chéjov. El resultado es un tríptico imprescindible del teatro de los últimos años -y sí, también del teatro contemporáneo, entendido como etiqueta o forma de entender la escena-, el compuesto por sus versiones, todas retituladas por Veronese, de Tres hermanas (2004), Tío Vania (2006) y La gaviota (2012). El Centro Dramático Nacional, que ya programó Un hombre que se ahoga -así llamó Veronese a su Tres hermanas– acoge ahora Espía a una mujer que se mata. El Festival de Otoño había traído en 2007 esta misma revisión de Tío Vania, pero con el reparto original argentino. En esta actualización de su montaje, Veronese dirige a un grupo de actores españoles, varios de los cuales estuvieron también en Los hijos se han dormido, su particular Gaviota estrenada en el Teatro Español (2012).

“Hay que tener las cosas muy claras para llegar a buen puerto en un mar emocional como el de Chéjov y no morir en el intento. El resultado es un tríptico imprescindible del teatro contemporáneo”

El Tío Vania de Veronese es esencial y mínimo: en apenas 80 minutos condensa los conflictos del drama de Chéjov y exprime el humor del ruso, no siempre fácil de entender. Porque Tío Vania es una obra sobre fracasos vitales, personas a la sombra de otras y sueños incumplidos, pero entre insatisfacciones y frustraciones se cuela un regusto a encuentros cómicos, escenas maleables que un buen director puede aprovechar.

Veronese lo sabe: Chéjov es un ciudadano del siglo XXI y los desencuentros de Vania, Astrov, Sonia y Elena cabrían hoy en los códigos de una sitcom -con perdón del atrevimiento-. No digo que Veronese se eche al barro: cada momento de esta puesta en escena sigue siendo puro Chéjov: sensibilidad y psicología. Pero hay matices, brillos en la forma de entenderse y relacionarse los personajes, en la manera en que se interrumpen y se atosigan unos a otros, que nos sitúan en una forma de comunicación propia del siglo XXI y alejada del corsé y la naftalina. Y hay una mutilación y alteración del texto original realizada con un claro propósito que lo transforma en otra obra -de ahí que se agradezca el retitulado- pero que mantiene en el fondo su alma.

“Hay matices, brillos en la forma de entenderse y relacionarse los personajes, que nos sitúa en una forma de comunicación propia del siglo XXI y alejada del corsé y la naftalina”

Es verdad que algunas disquisiciones de estos personajes que viven apartados en una casona rural parecen ancladas a un tiempo concreto: la de Vania, que cedió su patrimonio mirando por el bien común a su ya ex cuñado -su hermana falleció y éste se ha buscado una nueva y joven esposa, de la que además Vania está enamorado-; la de Sonia, la hija del cargante teórico del teatro Serebriakov, que ve su juventud marchitarse mientras su amor platónico, el doctorAstrov, sólo tiene ojos para su madrastra… Pero al final todos son hechos de ayer y de hoy. En Tío Vania late una verdad absoluta que nos habla a las personas de hoy: el paso del tiempo. ¿Son acaso el tic-tac del reloj, la injusticia de la vida, que a menudo da pan a quien no tiene hambre, las oportunidades perdidas o la juventud malgastada cosa exclusiva de burgueses y sirvientes rusos de hace un siglo?

La puesta en escena de Veronese lo condensa y transmite. Sólo el dolor es esencial. No los sillones, las cortinas o los jardines, no los ropajes de época ni los samovares. El director mete a su público en un escenario mínimo, en esquina y rodeado desde dos ángulos por sendas secciones de gradas en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, ya de por sí propensa a lograr una sensación de cercanía. El director y escenógrafo recrea una estancia casi diáfana, de paredes blancas pero manchadas por el uso, con dos entradas y sólo una mesita y unas sillas. Invita al público a penetrar en las vidas de sus criaturas, que habitan su universo en vaqueros y ropa cotidiana actual, y pone la mirada en ellas en grupo o en sus momentos de intimidad, cuando el resto está ausente, aunque sea por segundos.

“Veronese obliga al público a penetrar en las vidas de sus criaturas, que habitan su universo en vaqueros y ropa cotidiana actual, y pone la mirada en ellas en grupo o en su intimidad”

Elige bien Veronese a sus repartos, y ahí está la primera parte del éxito. Supongo que lograr la verosimilitud es fácil con talento en la mesa. Diría que no sobra nadie y todos realizan un trabajo notable, desde Susi Sánchez, Malena Gutiérrez y Pedro G. de las Heras a Natalia Verbeke, convertida en objeto de deseo  y a su vez  hastiada e indecisa entre su vida acomodada y el capricho que supone Astrov, al que Jorge Bosch da vida con una mezcla de necesario despiste, falta de tacto y encanto.

Pero destacan los poderosos trabajos del dúo que diría protagonista, dentro de lo coral del texto de Chéjov. Ginés García Millán compone un Vania alejado de la idea de hombre anciano y fracasado desde el nacimiento. Al revés, tiene energía, fuerza. El actor está en una madurez espléndida y en su Vania todos los matices aparecen gracias a su talento. Dicho de otro modo: es un Vania que uno no esperaba y que sorprende y convence. Algo parecido sucede con Marina Salas: es fácil verla desde el comienzo como Sonia por su edad, que no por su físico -la actriz no tiene nada que ver con el personaje, una muchacha poco agraciada-, y por su vivacidad y desparpajo, convertida en una fuente de emociones que van del amor al disgusto, de la veneración al desencanto.

“Un amigo me decía que se le hacía amarga y pesada la eterna derrota de Vania, que deseaba verle triunfar, aunque sólo fuera una vez. Yo no. El teatro no es un campo de deseos”

Aquí haría la única objeción a Veronese, que opta por un cierre críptico para cualquiera que no conozca el texto: el director juega con lo que se ha venido a llamar el “Teorema de Chéjov” o “Principio de Chéjov”: en toda obra en la que aparece una pistola en el primer acto, alguien debe acabar disparándola. O dicho de otro modo: si no se va a usar, debe ser eliminada. Todo lo superfluo sobra. El argentino sitúa al comienzo de la obra un revólver en manos de Sonia. Su excusa -anacrónica, pero válida si se acepta que estamos en cualquier momento y lugar- es un juego metateatral, en el que Astrov y Vania interpretan por diversión a lo largo de la función escenas de Las criadas, de Genet. Cuando llega el final, veronese hace a Sonia y Vania dar un brusco cabezazo en la mesa. El público puede entender que ambos descansan, como dice el texto… o que, desesperada ante la indiferencia de Astrov, Sonia ha usado el arma para quitarse la vida (¿o acaso Vania?). Yo a esto lo llamaría un tiro en el pie.

¿Era necesario en una propuesta con una personalidad propia tan arrolladora? Se puede querer cambiar a Chéjov. Es perfectamente legítimo y la trayectoria de Veronese lo certifica. Pero al final el éxito de Tío Vania  es que versa sobre el fracaso, mientras que el guiño al suicidio parece remitir más bien a La Gaviota. Además, Sonia tiene un monólogo luminoso y bellísimo al final del último acto, que arranca con una frase inequívoca: “¿Qué se le va a hacer? Hay que vivir”.

El fracaso no es cambiarlo todo ni dejarlo todo igual, anclados a la nostalgia, sino errar en transmitir aquello de lo que habla una obra. Un amigo me decía que se le hacía amarga y pesada la eterna derrota de Vania, que deseaba ver triunfar al protagonista, aunque sólo fuera una vez. Yo no. El teatro no es un campo de deseos personales ni de anhelos a medida. El teatro es rotundo y a veces cabrón. Como la vida misma. Vania triunfando se llama Hollywood. Pero eso es otra historia.


ESPÍA A UNA MUJER QUE SE MATA. Autor y director: Daniel Veronese (a partir de (‘Tío Vania’, de Antón Chéjov). Reparto: Jorge Bosch, Pedro G. de las Heras, Ginés García Millán, Malena Gutiérrez, Marina Salas, Susi Sánchez, Natalia Verbeke. Espacio escénico: D. Veronese. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

Estrellas Volodia
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5 opiniones en “Un tiro en el pie o el arma de Chéjov”

  1. Muy acertados tus reparos al trabajo del director y adaptador de esta obra de Chéjov. En mi blog VADE TEATRO también le puse pegas a este Tio Vania con título absurdo. Pero yo no hago crítica teatral sino que recojo mis impresiones como espectador. Tu reseña de la obra me parece muy completa y llena de apreciaciones que ponen en contexto lo que vemos sobre el escenario. Enhorabuena.

    1. Gracias PP Arques, muy interesante tu blog. Y muy ameno, me he reído con tus “agustitos”. Estoy de acuerdo en lo de Marina Salas y en lo poco aprovechada que está Susi Sánchez. Lo de la escenografía desgastada tiene una razón: es la original que Veronese usó en otro de sus montajes. Pero claro, eso al espectador no tiene por qué impresionarle y está en su derecho de que le resulte paradójico. Un abrazo y sigue disfrutando así del teatro.

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