Perotti y el damero maldito

"Cronología de las bestias", de Lautaro Perotti
Marín, Criado, Castro y Machi, en la obra / Foto: Javier Naval
CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS

Hace unos años, el director argentino Lautaro Perotti estrenó en Madrid un texto de Romina Paula titulado Algo de ruido hace. Da la sensación de que le interesan los misterios familiares, las desapariciones y las casonas donde suceden cosas que es mejor ocultar a la luz. Si en aquel título sobre dos hermanos y su singular relación con su prima se colaba de fondo la idea sugerida del asesinato de la madre de ambos, cuyo fantasma moraba aún allí, en Cronología de las bestias, el nuevo montaje de Perotti en Madrid, esta vez como dramaturgo y director, volvemos a una historia de hermanos -cámbienlo aquí por primos- y familias marcadas por episodios siniestros, que esta vez saldrán a la luz de forma mucho más explícita.

La realidad se empeña en hacernos ver que en la vida suceden cosas terribles y que efectivamente hay bestias sueltas que acechan. En ese sentido, el texto de Perotti no pasaría de ser una crónica negra. Sin embargo, el argentino aporta una estructura dramática construida con flashbacks y puntos de vista diferentes de una misma escena, la cronología del título que va esbozando la realidad según avanza la obra. Así, Perotti soluciona un damero maldito en el que unas frases alumbran a otras, y en el que sin haber completado una línea, la anterior no se deja ver.

O, al menos, esa es la teoría, porque uno de los problemas del damero de Perotti es su previsibilidad. Tiene más de maldito por lo oscuro del asunto que aborda que por su dificultad, y el espectador atento ve venir el desenlace.

“El texto de Perotti no pasaría de ser una crónica negra. Sin embargo, el argentino aporta una estructura dramática construida con flashbacks y puntos de vista diferentes”

Perotti nos lleva a una casa apartada del núcleo urbano, donde viven dos hermanas, Olvido y Celia, y el hijo de la segunda, César. La función arranca en la noche: sin previo aviso, aparece en el hogar Beltrán, el hijo de Olvido desaparecido hace más de un decenio. Era un niño de doce años cuando se fue o se lo llevaron. Ahora, aquel muchacho llega crecido y rodeado de misterio, preguntas sin responder y tumulto en la familia, en la que Olvido ejerce de hembra alfa, mientras Celia teje y vuelve a tejer su soledad. Luego, nada será lo que aparenta y las bestias se desvelarán como una metáfora de la familia misma. Si el infierno sartriano eran los demás, para Perotti esos demás viven muy cerca.

La idea y la estructura del drama brillan como sus puntos más fuertes: es interesante la arquitectura del argentino. Se sirve de la luz con sabiduría para que los saltos tengan sentido en todo momento -diferentes momentos de la cronología, distintas iluminaciones- y el laberinto estructural/temporal se sigue sin problemas.

Pero fallan cosas: la prosa dramatúrgica no levanta el vuelo en casi ningún momento y hay mucha polvo que separar de la paja, como una subtrama de explotación en fábricas textiles clandestinas, que, además de aportar poco al drama familiar, parece encajar más en algún país tercermundista. No sé si en la Argentina del autor, donde se concibió el texto y donde se estrenó por vez primera, en otra producción (dirigida por Andrés Ciavaglia), será verosímil. Ignoro, francamente, si allí existen, como en Bangladesh, India o Thailandia ese tipo de fábricas piratas que emplean mano de obra infantil, pero la contextualización del tema tiñe levemente de estridencia a esta producción tan española estrenada en Madrid.

“La prosa dramatúrgica no levanta el vuelo en casi ningún momento y hay mucha polvo que separar de la paja, como una subtrama de explotación y fábricas textiles clandestinas”

La precipitación de más de una escena y la presencia tragicómica del sacerdote al que interpreta Jorge Kent -quien no lo hace mal, pero no se acaba de entender si el autor quiere establecer una reflexión sobre la Iglesia- son flecos mal hilados en esta prenda familiar que, acertadamente, Perotti tiñe de rojo al final.

También la deficiente interactuación con una escenografía hermosa -diseñada por Mónica Boromello, que últimamente está firmando interesantes trabajos- pero mal aprovechada. Hay un ir y venir de puertas, habitaciones y salidas que no sirve para nada salvo para confundir. Ocurre cuando aparece por primera vez Beltrán, interpretado por Patrick Criado, al que el director después hace correr de forma casi cómica desnudo y ser llevado y traído como una marioneta sin que el argumento, según se desenvuelve la madeja de la trama, justifique el carácter del joven que vemos en escena, que va de lo desamparado a lo caprichoso y visceral.

"Cronología de las bestias", de Lautaro Perotti
Los protagonistas, en otro momento de la función / Foto: Javier Naval

En la construcción  del texto y en la puesta en escena sobran o patinan además detalles como una pistola que viene a desdecir el teorema del arma  de Chéjov, pero que suena a despiste dramatúrgico… A puntada mal dada.

La escena del cierre, por su cromatismo y simbología -muchas familias tienen sus trapos sucios, pero ésta teje ella misma los suyos, que nacen ya impregnados de mal-, es la más poderosa y efectiva metáfora del montaje. Pero antes la historia ha atravesado un lugar de nadie. Es una travesía breve, eso sí, dentro de la cada vez más creciente tendencia a obras cortas.

“La escena del cierre, por su cromatismo y simbología -esta familia teje sus propios trapos sucios, que nacen ya impregnados de mal-, es la más poderosa y efectiva metáfora del montaje”

Entre las bazas más fuertes de la pieza, al margen de su estructura, está un trío de interpretaciones poderosas. Carmen Machi (Olvido) tira de tablas y es efectiva: la madre de esta familia equivale a la matriarca de Agosto (Condado de Osage) que interpretó Amparo Baró, por su fuerza y determinación -y a la que Machi tan brillantemente acompañó en la piel de su hija-, aunque los valores y la moral de una y otra disten mucho. No es éste su mejor papel: tiene algún exceso. Pero lanzar esta frase obliga a matizar: ver a Machi trabajarse un personaje tan áspero y difícil reconforta. La actriz ofrece sin excepción recitales de tronío y siempre extrae algo de sus personajes.

Junto a ella, quizá más sorprendente, la Celeste de Pilar Castro. Me gustó ver su explosión final, sin ruidos ni aspavientos. De repente, algo cambia (en parte, las claves las ofrece el texto, pero en parte es mérito de la actriz). Su perfil varía: el espectador ve en ella mucho más que al animalillo desvalido. La hermana sumisa impone su presencia y gana. El final de la obra, como decía antes, es lo mejor que tiene, y Castro aporta mucho a ello.

También Santi Marín ayuda a que el barco flote mejor: el primo violento y duro de esta Cronología nos hace creer bien en la idea de las bestias. Tiene fuerza y decisión. Marín, actor español con un pie en Buenos Aires, donde ha trabajado con conocidos directores -Tolcachir y el propio Perotti, con el que compartió escenario como actor-, era también protagonista en Algo de ruido hace. Ha crecido desde entonces, será bueno verle con más frecuencia por estos lares.


Autor y director: Lautaro Perotti. Texto castellano: Jorge Muriel. Escenografía: Mónica Boromello (AAPEE). Iluminación: Carmen Martínez. Vestuario: Sara S. de la Morena. Espacio sonoro: Sandra Vicente. Intérpretes: Carmen Machi, Pilar Castro, Santi Marín, Patrick Criado, Jorge Kent. Teatro Español. Madrid.

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