¡Viva Mendoza!

Escena de Mendoza
MENDOZA

Mendoza, el bravo coronel, viene de vencer a un general traidor junto a su compadre Aguirre cuando la Mujer Luna les asalta en el camino. Las tropas de Pancho Villa van ganando la revolución a los federales, pero un destino especial les aguarda a los dos hombres de armas: él será general, primero, y gobernador, después, y Aguirre, aunque no habrá de disfrutar la gloria, será padre de un líder. Mendoza regresa a su rancho, donde Rosario, su esposa, le animará a agarrar la fortuna anunciada por la santona con las manos, aunque tenga que ensuciárselas de sangre. Y así, en su propia casa, Mendoza dará muerte con nocturnidad, cobardía y alevosía a su invitado, amigo y superior, al que había jurado lealtad, y abrirá una caja de Pandora incontrolable, una torrentera de muerte y traiciones que ya nada detendrá. Sí, lo han acertado: es Macbeth. Y a la vez, no lo es. Es Mendoza. Lo han traído a Madrid los mexicanos Los Colochos dentro del Festival de Otoño, y les diría que no se perdieran uno de los mejores “Macbeths” -y el más personal y poderoso- que se han visto en Madrid si no fuera porque vienen sólo tres días y acaso las entradas hayan volado ya. Si queda alguna, corran, pendejos.

“Mendoza es teatro esencial, orgánico, verdadero, emocionante. Un viaje limpio y a la vez sucio al México de entonces y de ahora y al mejor teatro a uno y otro lado del charco”

Que Macbeth, como toda gran obra, admite relecturas, interpretaciones y adaptaciones, no lo vamos a descubrir ahora. Cada cual acertará más o menos, dará o no en el blanco, generarán más o menos debate o adhesión. Lo vimos con la versión gallego-político-corrupta de Andrés Lima, Los Macbez. O con la versión de Calixto Bieito, que transformó a los escoceses en mafiosos. El Mendoza que proponen Antonio Zúñiga y Juan Carrillo es un texto propio, dado la vuelta por completo para que nada al final cambie. Y es teatro esencial, orgánico, verdadero, emocionante. Un viaje limpio y a la vez sucio al México de entonces y de ahora y al mejor teatro a uno y otro lado del charco.

Explico lo de limpio y sucio. Limpio en su sencillez espacial: con el público dispuesto alrededor del escenario, a cuatro bandas, y con un ansia de juego constante, el montaje tiene por toda escenografía unas sillas y mesas metálicas plegables sacadas de cualquier cantina rural (imaginen las de los bares de toda la vida españoles en los que se anuncia en letras desgastadas Mahou o Cruzcampo y cámbienlas por Corona). En momentos, Los Colochos se sirven además de forma hábil y creativa de telas y velos para generar espacios y acciones corporales, expresiones dinámicas del texto que van más allá del cuerpo -como en la cena con el espectro de Aguirre/Banquo o en el suicidio final de Rosario/Lady Macbeth-, adentrándose en terrenos dominados por expertos en el teatro lúdico como Companhia do Chapitô.

Pero a la vez es sucio, porque no renuncia a mancharse de sangre -la hay a cubos, en una espiral casi granguiñolesca-, a sembrar la escena de pienso y dejar que corretee una gallina entre las visiones de Mendoza -mescalina mediante-, a salpicar con yerbas mojadas en agua durante los rituales de la Mujer Salamandra, o a reventar al hijo de Esparza/Macduff contra el suelo violentamente (imaginado con una manzana; tranquilos, ningún actor resulta dañado en esta “película” salvo, acaso, en su estabilidad mental, porque el esfuerzo y la inmersión están a la vista).

“Mendoza oficia una sesión de teatro ritual que le habla directamente a las entrañas, al pulso, al pálpito del espectador. Y su sobresaliente reparto tiene buena parte del mérito”

En ese espacio mágico y emocional, Mendoza oficia una sesión de teatro ritual que le habla directamente a las entrañas, al pulso, al pálpito del espectador, involucrado de forma sutil en los mecanismos de cada escena. Y su sobresaliente reparto tiene buena parte del mérito, actores desconocidos en España pero que merecen todos, sin excepción, un corrido que los celebre. Y lo hay: no para ellos, sino cantado por ellos en la despedida mientras convidan a un trago al público, que ha sido hermanado y sabe que toca echar el cierre e irse a casa, aunque no quiera.

Es curioso cómo Los Colochos proponen un viaje al México revolucionario en su relectura de la tragedia de Shakespeare en el que nada desentona, porque también entonces, como hoy, se asesina con arma blanca, aunque en cada frase resuenen las balaceras y se huela la pólvora, y aunque a Mendoza al final lo vayan a ajusticiar al paredón, sin caballo prieto azabache que lo salve, por pinche cabrón  y rata mala. Pero es igual de curioso o más cómo el espectador -quien firma al menos- no podía dejar de pensar en el contexto, en el México actual, no explícito en las líneas de esta magnética adaptación plagada de rulfismos y coloquialismos, pero sí un poderoso telón de fondo cuando a uno le están contando una pesadilla de asesinatos, de hombres que no aman a las mujeres y a los que nada detiene en su ansia de poder. ¿Qué son 43 estudiantes en una tumba o 10 periodistas asesinados cada año sino un cuento lleno de ruido y de furia contado por un idiota?


Idea original y dirección: Juan Carrillo. Adaptación: Antonio Zúñiga y Juan Carrillo, a partir de “Macbeth” de William Shakespeare. Intérpretes: Marco Vidal, Mónica del Carmen, Erandeni Durán, Leonardo Zamudio, Martín Becerra, Germán Villarreal, Ulises Martínez, Alfredo Monsivais, Roam León y Yadira Pérez. Iluminación: Mario Eduardo D’León. Vestuario: Libertad Mardel. Máscaras: Martín Becerra. Corrido: Lalo Laredo y Roam León. Festival de Otoño a Primavera. Teatros del Canal. Madrid.
Estrellas Volodia
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4 opiniones en “¡Viva Mendoza!”

  1. una crítica muy acertada. Mendoza es OBRA MAESTRA. No tiene parangón. todo un acierto: desde la concepción y su guión, identificado con la sociedad actual, y técnicamente, aunando múltiples disciplinas (canción, guitarra, sonidos improvisados, títeres, poesía de muerte, sangre e interacciones con el público que te obliga a involucrarte en la
    historia

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