Lepage en el País de las Maravillas teatrales

887

A Robert Lepage solo le falta una botellita con el letrero “bébeme”: como si fuera Alicia en un país de las Maravillas teatrales, el canadiense se embarca en un viaje sentimental y sociopolítico en un genial juguete escénico: el director, dramaturgo y actor planta en el escenario una enorme maqueta de uno de esos fríos bloques de viviendas sesenteros: el 887 de la Avenue Murray de Quebec. Es el lugar donde se crió. Lepage es un niño grande, aquí reducido por cercanía al tamaño de una casa de muñecas gigante. Un tipo genial que sigue creyendo que el teatro puede ilusionar, emocionar y ser mágico para un público de niños como él, aunque peinen canas. Y en este espectáculo nos abre las puertas de su memoria y su corazón. Hablamos de 887, el montaje con el que ha regresado a Madrid -esta vez a su periferia- y con el que, una vez más, ha demostrado por qué es uno de los grandes de la escena internacional. La última vez que el dramaturgo, director y actor canadiense estuvo en la capital –sin contar su paso al frente del Cirque du Soleil– fue con Needles & Opium (2014), en el Festival de Otoño, pero hay que remontarse a 2008 para verle en escena: aquel año, además de visitar Salamanca con Le Dragon Bleu, estuvo en  Madrid con Lipsynch, de nuevo en la cita otoñal. Ya se le echaba en falta. Suelo ser aconfesional en mis reseñas, pues mal encaje tienen en una misma chaqueta el fan y el crítico, pero desde ya confieso mi debilidad por el genial contador de historias canadiense. Sus espectáculos pueden ser algo peores, mucho mejores o sencillamente inolvidables. No recuerdo ninguno decepcionante.

El dramaturgo va constuyendo escenas narrativas y falsos diálogos, intercala oratorios, rompe la cuarta pared y juega con su maqueta central, que se abre como una flor

887 es un mecanismo maravilloso de autoficción, reflexión, viaje introspectivo y análisis sociológico, histórico y hasta científico. Lepage comienza hablando al público de una ocasión en que fue invitado a participar en un acto , para lo cual eligió recitar de memoria Speak White, un poema de gran significación en la historia de Quebec. En contra de lo que esperaba -él pensaba que, como actor que es, no le costaría memorizar-, aquello se le fue atascando y tuvo que recurrir a la ayuda de un viejo amigo.

A partir de esta historia, el dramaturgo va constuyendo escenas narrativas y falsos diálogos, intercala oratorios, rompe la cuarta pared y juega con su maqueta central, que se abre como una flor. Lepage nos lleva a la cocina, la habitación infantil o la biblioteca, y su pieza escenográfica rota y da lugar a toda suerte de momentos en la vida común del edificio, proyectados en pequeñas pantallas. No faltan las videoproyecciones, el teatro de sombras o el teatro de objetos con dioramas, figuras y coches a escala.

"887", de Robert Lepage y Ex Machina
Una escena de “887” | Foto: Pablo Llorente

 

Si técnicamente, 887 es impecable, su fondo es casi más asombroso. Desde el aparente caos de la mezcla de temas, el dramaturgo y director levanta otro edificio: un discurso fascinante sobre los meandros de la memoria y la historia reciente de Canadá. Habla del país y la sociedad que conoció de niño, retrata a su familia y el edificio donde se crió, y se asoma como demiurgo a las vidas de sus criaturas, una muestra fidedigna de la sociedad del momento, con sus familias numerosas, sus matrimonios felices y hastiados, algunos pocos inmigrantes y una tensión política en aumento en aquel Quebec cuyo nacionalismo despertaba y que comenzaba a dividirse entre francoparlantes y anglófilos. En ese sentido, 887 es teatro de alto voltaje político, pero no partisano. Lepage permanece equidistante: su padre, nos cuenta, era de un lado, su madre de otro. 

887 es un espectáculo total y asombroso, algo de por sí ya complejo en un monólogo, género que puede dar mucho de sí pero que también a veces es difícil de levantar. Disfrutar, en cambio, con la exhibición de talento del rostro más visible de la compañía Ex Machina hace que las dos horas de este soliloquio se pasen en un suspiro y nadie quiera encontrar el pastelillo con la etiqueta “cómeme”. Ya saben, quedarnos a vivir, al menos una temporada, en la madriguera teatral de este sombrero nada loco cuyo no cumpleaños deberíamos celebrar a menudo en Madrid.


Texto, idea, dirección e interpretación: Robert Lepage. Dirección creativa y diseño: Steve Blanchet. Dramaturgia: Peder Bjurman. Iluminación: Laurent Routhier. Composición y diseño sonoro: Jean-Sébastien Côté.  Diseño de imagen: Félix Fradet-Faguy. Teatro del Bosque (Móstoles). 40º Festival de Otoño. Madrid.

Estrellas Volodia

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