Troya con “T” de Alepo

Troyanas
Aitana Sánchez-Gijón, y el resto del reparto l fondo, en la obra / Foto: Sergio Parra
LAS TROYANAS

El ciclo troyano de Eurípides, casi como cualquier otro gran clásico griego, hoy en día no sólo admite sino que agradece una interpretación en clave contemporánea. Releer la tragedia de las mujeres de la ciudad caída y saqueada, madres y viudas que verán que el horror no ha hecho casi más que comenzar, inevitablemente implica un ejercicio de viaje temporal. Cualquier espectador más o menos reflexivo vinculará lo visto con las imágenes retenidas: hoy, Kabul, Bagdad, Alepo. Hace treinta años, Vietnam, Camboya, Afganistán, Líbano…

Que el teatro realice ese viaje es legítimo y acaso también prudente. Que lo subraye y lleve a un terreno explícito comienza a alterar la esencia interpretativa para caer en un afán en exceso didáctico que roza lo paternalista. Siempre he creído que hay que dejar al espectador aprender poco a poco, por sí mismo, no llevarle de la mano como si fuera un párvulo. Conviene confiar en él, dejarle espacios que llenar, terrenos que recorrer solo en su mente, durante la obra y ya después, en casa, cuando se asienta la inmediatez y queda el poso. Ahí se encuentran tesoros.

“Cualquier espectador más o menos reflexivo vinculará lo visto con las imágenes retenidas: hoy, Kabul, Bagdad, Alepo. Hace treinta años, Vietnam, Camboya, Afganistán, Líbano…”

En esta nueva producción de Las Troyanas –la tragedia que junto con Hécuba conforma el díptico de Troya del autor ateniense más celebrado hasta hoy- Alberto Conejero ha recortado mucho y le ha dado la vuelta a la dramaturgia de algunos pasajes. Bien está en general: es interesante lo que hace con el encuentro de Menelao y Helena, aquí desaparecido el rey espartano y convertido en un cara a cara de la bella más liviana de la historia con su suegra. El dramaturgo ha eliminado también el arranque con Poseidón.

Las de Taltibibo, el guerrero griego mensajero de las desgracias a lo largo de la obra, son frases y párrafos no muy largos en el texto original, anuncios rápidos que dejan sitio a los parlamentos de Helena, de Hécuba, de Casandra… Conejero le da la vuelta y lo convierte en un maestro de ceremonias. En su voz, el público aprende que todo esto sucedió, que lo que se cometieron eran crímenes de guerra, que nunca debió haber sucedido. Tanta aclaración es innecesaria. ¿Dónde queda el espacio para la interpretación del espectador?

“Conejero le da la vuelta a Taltibio y lo convierte en un maestro de ceremonias. En su voz, el público aprende que todo esto sucedió. ¿Dónde queda el espacio para la interpretación del espectador?”

Carme Portaceli dirige con pausa y saber hacer en lo rítmico un espectáculo que nunca da la espalda a su género. Si Conejero ha eliminado prácticamente las paredes entre corifeo, coro y personajes, la directora las une: Hécuba destaca en escena mientras el resto de las mujeres de palacio son una piña. Troya, en la imaginación de Paco Azorín, es una escenografía arquitectónica, una enorme “T” semicaída que remite a las laderas de Hollywood y que es a la vez muralla y estructura. Si vamos a pensar en Irak o Afganistán, cobra sentido la elección. Eso convierte a Occidente en bárbaros inhumanos, aunque eso mismo hizo Eurípides al acusar a sus compatriotas escribiendo este alegato antibelicista justo un año después de la matanza de Melos, en la que Atenas pasó a sangre y fuego al enemigo y esclavizó a sus mujeres.

Ya Eurípides escribía una tragedia contemporánea para ser releída, y así seguimos haciendo hoy. Mario Gas, hace nueve años -creo que ha sido la última versión vista en Madrid– llevó Las Troyanas a los pozos de petróleo del desierto. La segunda guerra del Golfo estaba reciente.

“Troya, en la imaginación de Paco Azorín, es una escenografía arquitectónica, una enorme “T” semicaída que remite a las laderas de Hollywood y que es a la vez muralla y estructura”

Tengo un problema con el reparto de esta producción: las edades. Sí, es importante. Si dejamos la corrección política aparte, por más que esto pueda molestar -hoy nos empeñamos en imposibles pero elaborar un elenco es un arte al que estamos dando la espalda-, llega un momento en que se fuerza demasiado la suspensión de la incredulidad.

Aitana Sánchez-Gijón luce una madurez esplendorosa, pero tiendo a pensar en Hécuba como una gran reina ya entrada en años: no era Príamo, el rey, el gran guerrero, sino sus hijos, Héctor, Paris.. y alguno ya le había dado nietos. Su hija Casandra, interpretada por Míriam Iscla, parece su hermana. No voy a desvelar aquí edades de actrices, pero acudan a Wikipedia y se llevarán una sorpresa.

Por lo demás, poco que objetar en general a la labor de las intérpretes: todas trabajan con fuerza y carisma sus papeles. Sánchez-Gijón tiene mucho teatro en el cuerpo y resuelve cualquier reto. Iscla opta por componer una Casandra cuya locura es casi obsesiva-compulsiva, con un nerviosismo quizá demasiado marcado pero interesante.

“La hija de Hécuba, Casandra, interpretada por Miriam Iscla, parece su hermana. No voy a desvelar edades de actrices, por cortesía, pero acudan a Wikipedia y se llevarán una sorpresa”

Maggie Civantos (Helena), Pepa López (Briseida, un personaje introducido también por Conejero) y Gabriela Flores (Andrómaca) cumplen con talento en sus tragedias. Me sorprendió gratamente el aura que desprende Alba Flores, una Políxena entregada a su destino y muy comunicativa con su cuerpo, misteriosa, de voz bella y bien entonada. Una presencia que sobresale del resto y que Portaceli envuelve en ropajes blancos y fantasmales. Cautiva y capta la atención, más que el tono grisáceo general de la propuesta, con unos figurines minimalísticamente carcelarios que parecieran querer reivindicar que el gris azulado es el nuevo negro. Pero a mí el gris me parece un tono peligroso: puede llegar a definir las sensaciones que deja este montaje, correctísimo, reforzado por algunas virtudes y estropeado por algunos defectos, pero sin nada de ello, para mal ni para bien, en abundancia.

Por cierto, el pasado martes fue la primera función de Nacho Fresneda en el papel de Taltibio, sustituyendo a Ernesto Alterio, el actor anunciado en todos los programas de mano. No vi las funciones anteriores, así que nopuedo opinar sobre Alterio, pero Fresneda convence: su mensajero aqueo es soberbio por momentos, y se atisba en él sin dificultad el arrepentimiento, el horror (apenas está en Eurípides, pero no desentona y aporta otra dimensión más profunda al mensaje del mal que enlaza con Hanna Arendt). En una obra en la que es fácil pensar sólo en los personajes femeninos resulta difícil no detenerse en su notable trabajo. Sus compañeras estuvieron efusivas con él al saludar. Era su noche.


Autor: Eurípides. Versión: Alberto Conejero. Directora: Carme Portaceli. Reparto: Aitana Sánchez-Gijón, Nacho Fresneda, Maggie Civantos, Alba Flores, Miriam Iscla, Pepa López, Gabriela Flores. Diseño de Escenografía: Paco Azorín. Diseño de Iluminación: Pedro Yagüe. Música original y espacio sonoro: Jordi Collet. Vestuario: Antonio Belart. Movimiento: Ferran Carvajal. Teatro Español. Madrid.

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