Huppert, corazón y cabeza

"Mary Said What She Said", de Darryl Pinckney
Isabelle Huppert, en el montaje de Robert Wilson
MARY SAID WHAT SHE SAID

Lleno y gran expectación. Hay espectáculos que lo tienen todo para convertirse en citas a las que el Madrid teatral acude sin falta. Mary Said What She Said ofrece un binomio magnético a priori: Isabelle Huppert a las órdenes de Robert Wilson. ¿Alguien daba más? El resultado, para un escéptico como quien firma del trabajo del gran director texano, un esteta fabuloso, un creador de atmósferas insuperable y un mago del color y el sonido, pero un maestro de marionetas humanas sobre el escenario, un auténtico tirano para la expresividad de sus actores, fue por un lado sorprendente y por otro estuvo superó cualquier expectativa.

Quizá porque aquel Wilson que apenas dejaba moverse a Isabella Rossellini en aquel grandioso The Days Before: Death, Detroit and Destruction II, o el que encorsetaba hasta convertir en maniquí a nuestra Ángela Molina en La dama del mar (2008), se convierte en este monólogo que ha llegado de forma breve al CDN en un director con su sello, pero más flexible. Isabelle Huppert goza de una insólita libertad para los cánones del director de Waco, y su pequeño cuerpo y su rostro bello y frío se convierten en un ciclón expresivo.

Wilson es un director para el que la contención expresionista es una marca y una herencia del teatro noh. Sin salirse del carril, en esta ocasión no desaprovecha a la inmensa Huppert

Wilson es un director para el que la contención expresionista es una marca y una herencia del teatro noh: en el encanto gospel de Las tentaciones de San Antonio (2003) y  en el exotismo del cuento indonesio I La Galigo (2004), además de en varias óperas vistas en Madrid, desde Woyzeck a Turandot, el espectador habitual ha podido constatar la fidelidad del director a sus principios. Sin salirse del carril, en esta ocasión no desaprovecha a la inmensa protagonista de películas como La pianista, Elle y Asunto de mujeres. Este soliloquio, un texto de su colaborador habitual Darryl Pinckney, está diseñado a medida para ella. Para dos reinas, una dama de la escena y una soberana caída en desgracia: Huppert da voz a la rabia contenida de María Estuardo, Reina de Escocia (1542-1587). Una hora y media de torbellino emocional y, en cierta medida, de lección histórica, aunque Pinckney no parece interesado en la claridad, sino en lo singular del personaje, en su desdicha y su particular j’acusse contra su prima, Isabel I, reina de Inglaterra, quien la encarceló y finalmente ajustició.

Convenía llevar los deberes hechos de casa para comprender esta diatriba desde la tumba, una batería de odio, rabia, dignidad y desprecio de una mujer que fue reina consorte de Francia brevemente -dos años solo, su primer marido, Francisco II, murió joven- y de Escocia más tarde. Una mujer bella, según las crónicas, enviada a una corte que representaba la antítesis al refinamiento de su cuna, quizá conspiradora, odiada por su pueblo, huida y, al fin, confinada sin juicio previo por su medio hermana, Isabel Tudor, quien acabaría enviándola al patíbulo.

El texto de Pinckney, pura poesía con trazos magistrales, avanza de forma caótica por los lamentos y recuerdos de la reina caída en desgracia como lo haría ella misma, dando situaciones y contextos por sentado, sin afán ilustrativo. Es un viaje en el que el barco narrativo navega por ríos de sangre, empujado más por el corazón que por la cabeza.

El texto de Pinckney, pura poesía con trazos magistrales, avanza de forma caótica por los lamentos y recuerdos de la reina caída en desgracia como lo haría ella misma

Con ese punto de partida, Wilson propone una riada expresiva, llevados texto y voz en todo momento por la música prácticamente omnipresente de Ludovico Eunadi. Un piano sobrecogedor y magnético, una explosión de notas que se conjuga con la voz, las repeticiones -otra marca de la casa Wilson- y los movimientos retorcidos y grotescos de Huppert para agarrar al espectador la butaca. Si el texto de Pinckney es más corazón que cabeza, el trabajo de Huppert es todo ello en uno: un amasijo humano de emociones al servicio de un talento minucioso.

Con Huppert, con Pickney, con Wilson y con Eunadi, cuarteto fabuloso, no es que entendamos que María, la mujer que todo lo tuvo y todo lo perdió, nos llama desde las brumas del tiempo para reivindicarse ante la historia. Es que lo sentimos en nuestra carne. Eso es teatro con letras mayúsculas.


Autor: Darryl Pinckney. Director: Robert Wilson. Intérprete: Isabelle Huppert. Música: Ludovico Eunadi. Escenografía e iluminación: Robert Wilson. Vestuario: Jacques Reynaud. Sonido: Nick Sagar. Maquillaje: Sylvie Cailler. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

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