Nada del otro mundo

GHOST. MÁS ALLÁ DEL AMOR

Con permiso de Pretty Woman y Titanic, Ghost fue a la generación de los 90 lo que Love Story a la de los 70 y Oficial y caballero y Dirty Dancing a la de los 80: la historia de amor indiscutible en formato mainstream directa desde Hollywood. Han tardado dos décadas en darse cuenta del potencial que esta «película generacional» (y casi «de culto» para muchos) tenía para el teatro. Convertida en musical, se estrenó en Londres en 2011, y ahora llega a una Gran Vía cuajada de grandes producciones del género. 

La producción adapta con fidelidad la película, siguiendo el guion casi a la letra y explotando con equilibrio los dos motores que mueven a la historia: el amor y el humor. Las canciones, creadas por Bruce Joel Rubin, Dave Stewart (la mitad de Eurythmics) y Glenn Ballard, cumplen con creces su objetivo sin ser memorables. Digamos que, una semana después, cuesta recordar algún estribillo, pero durante la función la parte rítmica fluye con naturalidad, cabalgando a lomos del tema principal, arreglado de diferentes maneras en varios momentos, aquel Unchained Melody de los Righteous Brothers que la película rescató y popularizó en su día. Ninguno de los autores son Sondheim, pero entregan un conjunto de canciones correctas y efectivas.

La parte rítmica fluye con naturalidad, cabalgando a lomos del tema principal, arreglado de diferentes maneras en varios momentos, aquel Unchained Melody de los Righteous Brothers

Esta producción, con la firma de Letsgo, no escatima en escenografía y aspiraciones visuales, jugando con el espacio que ofrece el Teatro EDP Gran Vía de forma ingeniosa. Quizá ese mismo espacio condicione la ausencia de una gran orquesta. Hay, sí, orquesta en vivo, pero reducida a un cuarteto que ni siquiera está en foso, sino oculto; se han instalado unas pantallas donde se ve a los músicos para que el público compruebe que no se le da gato por liebre (banda sonora enlatada), pero sigue sabiendo a poco.

El resultado es una producción limitada en lo musical con arreglos mejorables. Lo compensa con un despliegue escenográfico que recrea el piso de Sam y Molly, las calles de Nueva York y hasta el vagón del metro -donde Sam conocerá a un fantasma clave- que emerge del suelo, en la línea técnica de Billy Elliot.

A riesgo de hacer spoilers (¿de verdad alguien no sabe aún de qué va la historia? Si es así, sáltese este párrafo), la película de Jerry Zucker destilaba encanto, con un dúo que era pura química, Patrick Swayze y Demi Moore, sin olvidar unas cuantas gotas de humor. Sam y Molly son una pareja enamoradísima. Él, banquero, ella, artista. Acaban de mudarse juntos y planean su boda cuando un atracador mata de forma accidental a Sam. El fantasma del protagonista vagará desconcertado por la ciudad sin que nadie pueda verlo ni oirlo, salvo otros espectros, tratando de proteger a su amada de un peligro que se cierne sobre ella (resulta que su asesinato no fue tan accidental), hasta que conoce a Oda Mae, una medium de medio pelo con más poderes de los que ella misma cree tener. Chico (fantasma) rescata a chica (viva), final (más o menos) feliz, amor eterno jurado, ascenso celestial. Y fin.

Cristina Llorente es una Demi Moore rediviva gracias al excelente trabajo de vestuario, peluquería y caracterización. Tiene magia en la mirada y una voz que ya quisiera para sí la norteamericana

Una de las mejores bazas de esta producción es su casting, sumada a su caracterización: Cristina Llorente y Roger Berruezo hacen creíbles ambos papeles, en parte por sus características físicas, en parte por su buen hacer teatral y en cierta medida por un fabuloso trabajo de la producción, que busca (y encuentra) replicar al máximo la imagen que el espectador retiene en su memoria del filme. La química entre ambos funciona, como lo hacía en la película, y hace creíble la historia de amor.

Llorente es una Demi Moore rediviva gracias al excelente trabajo de peluquería y caracterización de Olaya Brandón y al vestuario de Felype de Lima, que, si bien no son especialmente creativos, sin duda son fieles al original. La actriz tiene magia en la mirada y una voz que ya quisiera para sí la norteamericana. Lleva una sólida carrera en musicales y no decepciona en sus aportaciones. Algo más justo en este terreno anda Berruezo, que puede presumir de presencia y defiende su papel en lo actoral, pero queda opacado en las canciones. No es el único: al Carl de Christian Sánchez -el mejor amigo del protagonista- le ocurre otro tanto, para bien y para mal.

El musical salva con más ingenio que medios las partes que requieren efectos especiales: fantasmas que toman posesión de cuerpos vivos, que abandonan cadáveres o que traviesan puertas

Capítulo aparte para Ela Ruiz. Para ser justos, le toca bailar con la más fea. No de forma literal, claro está: encarnar a la espiritista Oda Mae es enfrentarse a una comparación inevitable, ya que Whoopi Goldberg se robó la película con sus minutos en pantalla. Aquella medium le valió un Oscar y millones de carcajadas en todo el planeta. Era callejera, timadora, deslenguada y testaruda, y todo eso tuvo el toque mágico de la actriz negra, un torbellino verbal y gestual. Ela Ruiz no es Whoopi Goldberg. No abundaré más. Pero la actriz, de origen cubano, tiene la fuerza y la energía, una vis cómica que sigue los pasos de la norteamericana, con un trabajo gestual y corporal desinhibido, y una estupenda voz en el número musical que protagoniza. Logra volcar al teatro a su favor.

El musical salva con más ingenio que medios las partes que requieren efectos especiales: fantasmas que toman posesión de cuerpos vivos, que abandonan cadáveres o que traviesan puertas, o demonios que irrumpen para arrastrar al infierno a los condenados. El conjunto es una producción que logra su objetivo: revivir en el espectador que en su día vio la película las sensaciones de aquella y conquistar al público joven con una historia de amor que quizá les sea ajena. Sin embargo, está lejos de ser el gran musical de la temporada madrileña.


Libreto y letras: Bruce Joel Rubin. Música y letras: Dave Stewart y Glenn Ballard. Director artístico: Federico Bellone. Adaptación de guion y letras: Silvia Montesinos. Directora residente: Silvia Montesinos. Dirección musical: Julio Awad. Coreografía: Chiara Vecchi. Vestuario: Felype de Lima. Iluminación: Valerio Tiberi. Sonido: Javier Isequilla. Escenografía: Federico Bellone. Peluquería, maquillaje y caracterización: Olaya Brandón. Intérpretes: Cristina Llorente, Roger Berruezo, Christian Sánchez, Ela Ruiz, Esteban Oliver, Óscar Albert, Joan Mas…. Teatro EDP Gran Vía. Madrid.

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