Génesis, capitalismo… y un pimiento

Da Passano y Martínez Bel, en el montaje / Foto: Fernando Lendoiro
TERRENAL. PEQUEÑO MISTERIO ÁCRATA

Viajemos al comienzo del mundo. Un comienzo criollo, digamos, tal y como lo imagina Terrenal. Pequeño misterio ácrata, el espectáculo argentino que ha inaugurado el XXXV Festival de Otoño a Primavera. Caín y Abel conviven solos en su pequeño terreno. Abel, dedicado al dolce far niente, viviendo al día con lo que saca de extraer de la tierra larvas de orugas para cebo de pescadores. Caín, convertido en agricultor obsesivo de pimientos morrones, convencido de que un día el negocio crecerá, ideador primero de pesos y medidas. Hace años que Tatita, el abuelo, les dejó allí, abandonados de la mano de Dios, y le esperan y desesperan, como Vladimir y Estragón a Godot.

El abuelo, claro, es Dios. Aunque, a diferencia de Godot, acabará apareciendo, y de qué manera.

Pero mejor volvamos a llamarle Tatita, porque nunca antes Dios había sido tan gaucho, vividor y terrenal. Sí, todo, Dios, Caín y Abel, es terrenalmente memorable en esta inmersión en el mejor y más heterodoxo y original teatro de autor, teatro de texto, teatro de gesto, teatro de clown, teatro de lo que ustedes quieran poner. Buen teatro. Bienvenidos al universo de Mauricio Kartun, uno de los nombres más celebrados desde hace décadas de la escena independiente argentina, que vuelve a visitar Madrid -ya en 1995 iba y venía con sus espectáculos de Equipo Llanura, aunque le hemos visto menos de lo deseable por aquí-, esta vez con un espectáculo que se estrenó en el Teatro del Pueblo de Buenos Aires en 2014 y que los espectadores del Festival Temporada Alta pudieron ver en 2016.

“Todo, Dios, Caín y Abel, es terrenalmente memorable en esta inmersión en el mejor y más heterodoxo y original teatro de autor, teatro de texto, teatro de gesto, teatro de clown”

Cuando se dice clown, puede esperarse una forma de entender la escena que deja a un lado el texto. No ocurre así en este trabajo de orfebrería mecánica en el que la palabra importa tanto como el músculo facial. Terrenal es un raudal bonaerense, una pared de cristal para el español que de repente asiste a otra jerga, otro idioma casi. Pero tranquilos: todo se acaba entendiendo, y al poco de haber comenzado la función, el conflicto está claro y el detalle ha cobrado claridad: no hace falta acudir a internet para intuir qué son los isocas que cultiva Abel y los toritos que le destrozan los morrones a Caín. El Tigris donde pescan quienes le compran las larvas a Abel acude al relato bíblico, como tantos rincones del texto, pero también al Tigre, al Norte de Buenos Aires. La primera lectura es obvia y permite seguir. La segunda, para argentinos o curiosos con tiempo de leer este análisis, inspirado, como siempre, en otros de gente que sabe más.

Y  además, la carcajada limpia e incontrolable no les dejará darle demasiadas vueltas a la materia gris sobre la cuestión lingüística. La función avanza como un torrente y hay otras cosas, muchas, en las que reflexionar.

“Al poco de haber comenzado la función, el conflicto está claro: no hace falta acudir a internet para intuir qué son los isocas que cultiva Abel y los toritos que le destrozan los morrones a Caín”

Porque Terrenal es comedia profunda e intencionada, política, ácida, cargada de simbolismo, significados y dobles y triples lecturas. Desde el título: el terreno como representación del capitalismo, mal de males en los primeros pasos del hombre fuera del paraíso. El ansia de posesión envenena a Caín. El recurso a la violencia aparece desde temprano y sabemos cómo acaba la historia. Caín es la hormiga, Abel la cigarra. La envidia primera surge: el hermano de ceño fruncido cree que Tatita prefiere a Abel. Pero Dios sólo quiere marcarse un baile. Y asistimos, claro, a la más desesperada explicación del libre albedrío, mucho más clara que en cualquier libro de teología.

Nada en este pequeño misterio ácrata se entiende sin el trabajo de su trío de actores. O casi podríamos decir, parafraseando a Churchill, que ellos lo son casi todo en la obra, si exceptuamos todo lo demás. Hay coreografías de natación sincronizada y cascadas de fichas de dominó a los que les falta la exactitud y perfección de este reloj de levita facturado por un artesano que no retrasa ni una milésima de segundo. Podríamos cruzar un océano sin perdernos midiendo los minutos con las réplicas y acciones de cada personaje, que son muchos en realidad, porque la labor de Claudio Da Passano (Abel), Claudio Martínez Bel (Caín) y Rafael Bruza (Tatita) es descomunal y multiplicativa en su composición de voz y acentos, en su entonación y su ritmo. Caín es a ratos un politucucho mediocre y a ratos se asoma a un niño malcriado y envidioso. Abel, un holgazán, señorito de alguna quinta, pero también un tipo cristalino y limpio, o un violento provocador. Tatita, Dios salvaje e inesperado, un sinvergüenza muy divertido y un abuelo que es casi padre sumido en la habitual decepción cuando un hijo sale rana.

“Terrenal es comedia profunda e intencionada, política, ácida, cargada de simbolismo, significados y dobles y triples lecturas. Desde el título: el terreno como representación del capitalismo”

El mundo -esto es, el pequeño terreno de Caín y Abel, el resto aún apenas existía- es para Kartun un juego de cortinajes teatrales verdes, bellos y algo ajados, porque no hace falta mucho más, y si los hermanos son urbanitas de sombrero boater y pajarita, muy años 20, Tatita es gaucho, bombachos, camisa blanca y naturaleza indómita.

Y cuando creemos que ya lo sabemos todo, que no hay mucho más que contar, queda el epílogo: la estirpe de Caín, la maldición. Y entendemos entonces que estamos condenados para siempre a repetir nuestros errores.

Pero, por fortuna, quizá también estemos “condenados” -quién sabe- a que Mauricio Kartun nos visite más a menudo.


TERRENAL. PEQUEÑO MISTERIO ÁCRATA. Autor y director: Mauricio Kartun. Intérpretes: Claudio Da Passano, Claudio Martínez Bel, Rafael Bruza. Escenografía y vestuario: Gabriela Aurora Fernández. Iluminación: Leandra  Rodríguez. Diseño sonoro: Eliana Luini. Teatro de La Abadía. Madrid.

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