No hay dolor

Carme Pla, Àgata Roca y Rosa Gámiz, en la obra / Foto: David Ruano
E.V.A.

Palabras que empiezan por “t”: travesía, terapia, tradición, transmisión, tiempo… Teatro, por supuesto. T de Teatro. Así se llama, en su traducción al catalán, la ya veterana compañía que ha visitado una vez más Madrid para celebrar un cuarto de siglo en esto de contar historias. Le gusta la narración a T de Teatre, en un sentido de hoguera y tribu, de puzle construido como esos que practica Robert Lepage -salvando las distancias, las tecnológicas y alguna otra-, y este cuento tiene un planteamiento, un nudo y un desenlace.

Es lo único clásico en la compañía, porque T de Teatre lleva 25 años instalada en la contemporaneidad, bien entendida: es hija de su tiempo y eso incluye hablar, como hace en E.V.A., de la ciencia y la medicina, del dolor -el del alma y el del cuerpo-, del bullying, de la venganza, del perdón y de la redención.

Palabras que empiezan por T, como tiempo. Esta historia es, como muchas narraciones, un viaje por los años. Marc Artigay, Cristina Genebat y Julio Manrique, autores al alimón del texto, saben que a menudo en el pasado se encuentran las respuestas del presente. E.V.A. es una construcción, un relato de relatos, un pequeño jardín con sólo una salida al final.

“T de Teatre lleva 25 años instalada en la contemporaneidad, bien entendida: es hija de su tiempo y eso incluye hablar, como hace en E.V.A., de la ciencia y la medicina, del dolor y del bullying”

Conviene tener paciencia… La primera parte es remolona. El montaje se saborea como quien lee una novela entretenida, pero, puestos a ser críticos -y en eso andamos en Volodia-, le sobran aquí y allá minutos, excesos explicativos y repeticiones. T de tempo también: su administración sabia mejoraría esta deliciosa y melancólica aventura, acaso el montaje más dramático y profundo de los que les he visto a las intérpretes de aquella otra Aventura!.

El director Julio Manrique sabe extaer lo mejor de la compañía. Pese a lo moroso de alguno de sus tramos, una vez que se va adivinando el drama, la historia crece y atrapa. El hábil uso de la tecnología complementa una propuesta que es ante todo actoral: una gran caja escenográfica, firmada por Alejandro Andújar, crea un espacio interior en el que sucede parte de la acción, y deja por encima una gran pared sobre la que se proyectan audiovisuales y títulos de crédito.

Temas: otra palabra con “t”. Los hay, muy interesantes y variados. A poco que se va desembarazando de su velo, de su apariencia de crónica familiar ligera, E.V.A. comienza a enlazar asuntos de cierta profundidad. La historia de una actriz catalana -el homónimo escénico de la propia Àgata Roca-, nerviosa ante un estreno en Madrid y que debe acudir al geriátrico del que se ha fugado su madre, acaba convertida en un salto temporal a la adolescencia, una reflexión sobre el dolor y la medicina, y en concreto sobre el dolor causado en las vidas, a veces de forma inconsciente, ése que ninguna epidural puede curar. Los traumas de infancia, el bullying, los silencios sociales aflorarán como fantasmas de las Navidades pasadas salidos de un viejo anuario escolar.

Por el camino hemos acompañado a las protagonistas por varias travesías.  Sus senderos atraviesan Estocolmo, Sitges, un armario mágico y Barcelona, y conducen todos a una sala de operaciones. El bisturí de Manrique abre en canal las historias de Lola, la agente inmobiliaria incapaz de asumir la perfección de la joven canguro de sus hijos; de Paloma, la eminencia médica especializada en el dolor pero anestesiada ella misma contra la vida y el placer; de Clara, la rebelde del instituto que limpia el armario de su conciencia acompañada de un curioso personaje; de Àgata, la actriz con miedo a cantar…

Palabras que empiezan por T. Por ejemplo, tradición. T de Teatre, que son cuatro actrices -seis con la incorporación de Carolina Morro aquí, y con Mamen Duch en vídeo-, no hacen alharacas ni buscan el método. Lo suyo es más sencillo: inventan personajes, los ajustan a sus historias. Y los hacen, siempre, divertidos. El humor no falta, sutil y a la deriva entre una escena y otra. Tratan de no forzar -dentro de eso, Rosa Gàmiz tiene el registro más excesivo; Àgata Roca y Marta Pérez los más contenidos-. La vida, tal y como la cuentan, es un pequeño chiste, de esos que no tienen gracia pero que nos arrancan una sonrisa.

“T de Teatre no hacen alharacas ni buscan el método. Lo suyo es más sencillo: inventan personajes, los ajustan a sus historias. Y los hacen, siempre, divertidos”

Aunque vengo utilizando el femenino, T de Teatre son también Albert Ribalta y Jordi Rico, colaboradores habituales que se reparten un puñado de papeles sabrosos: enfermeros que deberían dedicarse a la psicología, asesores en busca de amores de juventud, amigos en busca de amores de madurez… Y Yoshiro, pero a ése mejor descúbranlo. En conjunto, la compañía despliega unas tablas contrastadas y un talento narrativo en el que no hay lugar para las exhibiciones. Todo funciona.

Por supuesto, hay otras muchas palabras que no definen a E.V.A. ni a T de Teatre: tópico, trampa, tedio, tensión, tendencias, transgresión…

Tampoco tristeza. En general de sus espectáculos se sale con un sonrisa. Y aunque E.V.A. tiene un punto amargo, no es la excepción. Pese a los temas que destapa, la vitalidad de la historia y de la compañía anestesian bien al respetable, que no siente dolor.


Autoría: Marc Artigay, Cristina Genebat y Julio Manrique. Dirección: Julio Manrique. Reparto: Rosa Gàmiz, Carolina Morro, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Àgata Roca. Escenografía: Alejandro Andújar. Iluminación: Jaume Ventura. Música original: Marco Mezquida. Sonido: Damien Bazin. Vestuario: María Armengol. Vídeo: Francesc Isern. El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid.

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