Pasqual, de par en par

LA CASA DE BERNARDA ALBA

«Hasta que salga de esta casa con los pies por delante, mandaré en lo mío y en lo vuestro». Sentencia. La matriarca ha hablado. Lorca encerró a España entre cuatro paredes en La casa de Bernarda Alba. Cuatro muros encalados de un pueblo profundo, tradicional y cruel. Un pueblo de lutos por lustros y mujeres sin hombres. Mil versiones se han hecho de la gran tragedia, que aún emociona con su bella prosa de tradición y tierra.

Mil y una ahora, con un director, Lluís Pasqual, en estado de gracia. Amo de todas las llaves, abre las puertas de la casa al público con un recurso que no ha inventado: situar a espectadores a ambos lados del escenario del Matadero, espacio que se presta al juego. Pero hay que saber, lograr que en todo momento cada persona sienta que está dentro, que las actrices no se olviden de ningún sector. Y que la pared siga ahí, aunque invisible. Hay que orquestar, en definitiva. Él lo hace.

Amo de todas las llaves, Pasqual abre las puertas de la casa al público con un recurso que no ha inventado: situar a espectadores a ambos lados del escenario del Matadero

Los patios de esta casa son blancos, de claridad, si cabe, más dolorosa que las amortajadas paredes habituales en tantas versiones. Pasqual y el escenógrafo, Paco Azorín, parecen decirnos que la muerte no se oculta tras ropajes oscuros. Felina, como si se ríera de la desgracia, Nuria Espert otea, manda callar, organiza… Hasta que explota para decirnos que la de Lorca es una tragedia griega en la que el destino se cuela por entre las verjas de la obcecación de Bernarda. Pasqual logra a la mejor Espert de los últimos años: un regreso feliz tras ciertos extravíos. La Poncia, el otro gran papel, para la Sardá, enorme actriz que atrapa con facilidad la sabiduría socarrona de la vieja ama en una lección de registros. En el duelo entre ambas ganamos todos.

Teresa Lozano tiene su merecido momento de gloria como la abuela senil y Tilda Espulga aprehende las esencias de las castas más pobres como la criada. En cuanto a las hijas, todo aplauso para la Angustias de Rosa Vila, la Martirio de Rebeca Valls y la Adela de Almudena Lomba. Magdalena y Amelia son papeles menos agradecidos: no cargan con los celos y las hormonas, pero también eso hay que entenderlo, y Marta Marco y Nora Navas lo hacen. El conjunto es un torbellino.

En esta misa escénica la oración se entona con grillos, lejanos ladridos de perros, truenos premonitorios, cantos de segadores ausentes, letanías y plañideras. Es también una brillante ceremonia visual de un costumbrismo sin estridencias: una casa resuelta en enaguas, palanganas y mecedoras. Una liturgia teatral en la que Pasqual se la juega, y gana, durante largos minutos con un telón traslúcido que dota de fantasmagórica presencia al escenario… Un soberbio montaje que merece ser recordado.


Autor: Federico García Lorca. Dirección: Lluís Pasqual. Escenografía: Paco Azorín. Vestuario: Isidre Punés. Intérpretes: Nuria Espert, Rosa Maria Sardá, Teresa Lozano, Rosa Vila, Marta Marco, Nora Navas, Rebeca Valls, Almudena Lomba, Tilda Espuga…... Matadero Madrid- Naves del Español. Madrid.

Esta crítica fue publicada originalmente en el periódico La Razón (Recogida en el blog Notas desde la Fila siete, septiembre 2009)

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