Enredados y liados

"F.O.M.O. (Fear of Missing Out)", de Colectivo Fango
Castro, Minaya, Boix y Gómez, en la obra / Foto: Raúl Bartolomé
F.O.M.O. (FEAR OF MISSING OUT)

Un tiempo nuevo trae consigo nuevas circunstancias y, debería también, nuevo teatro. O, al menos un teatro que le mire a la cara. Las nuevas tecnologías (¿nuevas?, ¿aún?), internet y las redes sociales conforman nuestro paisaje vital y de eso habla, durante su primera parte, F.O.M.O., una propuesta postdramática, performática y varias “máticas” más, del Colectivo Fango, un grupo de jóvenes “creadores”, actores y actrices, dirigidos por Camilo Vásquez y coordinados en lo dramatúrgico por Sergio Martínez Vila.

F.O.M.O. mira a la cara a toda una generación a través de la pantalla de su móvil, de su portátil o de su tablet, para desnudar las adicciones y las obsesiones del homo digitalis. Y en ese camino de redes sociales, enredados de la mejor manera, ofrecen momentos divertidos e invitaciones a pensar y a pensarnos en nuestra relación con las máquinas, con los algoritmos y con esos objetos incómodos que empezamos a olvidar, las personas.

“F.O.M.O. mira a la cara a toda una generación a través de la pantalla de su móvil, de su portátil o su tablet, para desnudar las adicciones y las obsesiones del homo digitalis

Pero los Fango se lían a mitad de espectáculo y convierten una idea fresca y diferente, con un tema claro, en una lección moral, desde el pedestal del artista, a los burgueses europeos. Una llamada a la culpabilidad por los refugiados sirios, los inmigrantes ahogados y la pornografía gastronómica, la de la Europa que vive  bien y disfruta del Master Chef.

El giro de timón es brusco, inesperado, parte en dos al montaje. La relación entre un tema y otro, más allá de que todo, con unas buenas pinzas, pueda sujetarse, es teatralmente frágil. Así, de repente, nos encontramos confrontados a las políticas de la UE, al niño Aylan ahogado en una playa, a los miles de muertos en Siria… y todo es culpa de Europa (¿les dirá algo la palabra geopolítica? Rusia, para qué mencionarla, ¿no?).

“Los Fango se lían a mitad de espectáculo y convierten una idea fresca y diferente, con un tema claro, en una lección moral a los burgueses europeos sobre refugiados sirios”

La sombra de Angélica Liddell es alargada: son las ideas que la dramaturga arrojaba a la cara del público en dos de sus textos más discutibles, Y los peces salieron a combatir contra los hombres (sobre los inmigrantes ahogados) y Mi relación con la comida (sobre los excesos alimenticios del primer mundo). La búsqueda de la culpabilidad del burgués, del ciudadano europeo, es un viejo recurso: es fácil tirarle piedras  a una sociedad democrática que las recibe sin rechistar. Pero al menos Liddell emprendía ese camino con su poderosa poesía como guía. No hay en ese sentido nada realmente nuevo en las acciones y “provoca-acciones” de la segunda parte: me temo que ese nuevo teatro que esperábamos ha nacido ya viejo y arrugado.

Los espectadores son invitados a tragar este ceviche de ideas: literalmente, un canapé de merluza servido por la compañía, pero con sorpresa culpabilizadora. Es posible que a más de un espectador le sepa a bacalao. O a limanda. A trágala teatral, para entendernos.

Todo lo anterior es una disrupción de un trabajo notable -surgido en una residencia artística en El Umbral de Primavera y programado en 2017 en la muestra Surge Madrid– cuyo título tiene que ver precisamente con su primera idea: ese miedo a desaparecer, esa obsesión por la hiperconectividad, la exhibición, la transparencia. En la era de Twitter e Instagram, no estar es no ser.

Así, en F.O.M.O. asistimos a una serie de poderosas y tragicómicas escenas que conectan con el público sin dificultad, con una pantalla como escenografía en la que somos voyeurs de chats, exploraciones anatómicas con la cámara del móvil -un terreno transitado desde hace tiempo por Rodrigo García y Romeo Castellucci, entre otros- y paradojas digitales, como una historia de ruptura de una pareja porque él no la aceptaba a ella como amiga en Facebook.

En la era de Facebook e Instagram, no estar es no ser. Así, en F.O.M.O. asistimos a una serie de poderosas y tragicómicas escenas que conectan con el público sin dificultad

Si Ángela Boix lo da todo física y emocionalmente en una especie de violación grupal para hablarnos de los abusos y la pérdida de control que el entorno digital propicia, la artista performática brasileña Rafuska Marks convierte una simbólica enumeración con acción física energética e hipersexual en el equivalente escénico a aquel episodio de Black Mirror en el que la sociedad se había vuelto obsesionada con los followers y los likes. En otra escena, Trigo Gómez desnuda sus cicatrices ante una pantalla: el sexting y el cyberdating convertidos en exhibicionismo morboso.

Manuel Minaya ofrece la escena más empática y divertida cuando, móvil en mano, nos hace reconocernos en el cabreo de cualquiera de nosotros ante la visión de las publicaciones y reacciones de cualquiera de nuestras redes sociales: la envidia, la negación, la aprobación o el reconocimiento de la hipocresía surgen ante esas personas de nuestro entorno cuyas vidas son públicas y notorias, eso sí, con un oportuno antifaz de felicidad impostada. Efectivamente, ¿cómo diablos lo hacen? ¿cómo les da tiempo a ser tan perfectos, a viajar a tantos sitios y a leer, ver y disfrutar tanto? La negatividad no tiene lugar en ese universo. La rebelión contra los mundos de Yupi de Instagram es necesaria, porque vamos camno de una sociedad de plástico, una mueca congelada en el tiempo en la que el dolor y el fracaso estarán prohibidos por decreto ley del Ministerio del Pulgar Arriba.

“Los intérpretes realizan un trabajo sobresaliente, con una entrega y unas herramientas actorales fuera de toda cuestión, apoyados por una inteligente propuesta técnica y escénica”

Es imposible olvidar el casting virtual al que se somete Fabia Castro en un impresionante tour de force: si un proceso de selección puede llegar a ser un acto indigno y humillante para una actriz o un actor -ahí va un torpedo del joven colectivo a los abusos y sinsentidos de su profesión-, la distancia que marca el Skype, la frontera total de la pantalla, lo convierte en algo casi inhumano.

En todas y cada una de estas escenas -y también en las posteriores, las del Fango moralista y el ceviche tramposo- los cinco intérpretes realizan un trabajo sobresaliente, con una entrega y unas herramientas actorales fuera de toda cuestión, apoyados además por una inteligente propuesta técnica y escénica. Al margen de otras consideraciones, merece la pena ver a Castro en el casting, a Minaya en su relación con las redes o a Gómez en su striptease de cicatrices, por citar algunos momentos de la primera parte, además del baño de sangre de Boix, o el de avena de Rafuska Marks, ambos intensos y arriesgados.


Creación: Colectivo Fango. Dirección: Camilo Vásquez. Reparto: Ángela Boix, Fabia Castro, Trigo Gómez, Rafuska Marks, Manuel Minaya. Coordinación dramatúrgica: Sergio Martínez Vila. Escenografía: Silvia de Marta, ÁLvaro Millán. Vestuario: Elisa Vidal Riezu. Iluminación y creación técnica: Juan Miguel Alcarria. Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa). Madrid.

Estrellas Volodia
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