Una historia terrorífica

PRIVACIDAD

A menudo, por más que los creadores teatrales digan resistirse a las etiquetas y consideren a sus criaturas especialísimas, estas no lo son tanto. Pero hay casos en que realmente uno no sabe muy bien dónde situar lo que ha visto. Esto, al margen de otras consideraciones, resulta de entrada reconfortante, pues implica necesariamente una cierta originalidad. El espectador que acuda a ver Privacidad, una nueva obra, montaje, pieza o espectáculo, llámenlo como quieran, en el Teatro Marquina, quizá salga diciendo que ha visto una comedia atípica, una obra de ficción divulgativa, un ensayo documental o un show audiovisual de investigación. Y sí, es un poco todo eso. Yo añadiré que Privacidad es además una historia de terror. Probablemente la más terrorífica que puedan escuchar hoy en día. Riánse de las pelis de zombis y de fantasmas japoneses.

Conviene aclarar lo anterior, porque Privacidad, claro, no es una obra de terror sensu stricto, sino una comedia con algo de teatro-ensayo y algo de documental sobre el mundo actual y tecnológico en el que vivimos. Son sus conclusiones y lo que nos cuenta lo que produce pavor, por más que podamos estar al tanto de casi todo, desde la tiranía de las cookies y los algoritmos a la implantación de programas y sistemas de reconocimiento facial en grandes ciudades; desde el seguimiento de nuestra localización que alegremente concedemos a las compañías telefónicas al peligroso regalo que hacemos al subir miles de nuestras fotos familiares a la nube… por no hablar de la constante y voluntaria exposición de nuestra intimidad que realizamos en las redes sociales.

Privacidad’ es una comedia con algo de teatro-ensayo y algo de documental sobre el mundo actual y tecnológico en el que vivimos. Sus conclusiones y lo que nos cuenta producen pavor

Los autores de este montaje que llega desde Nueva York, James Graham y Josie Rourke, y el director de su puesta en escena en España, el veterano en toda suerte de batallas Esteve Ferrer, nos lo recuerdan de forma amena y detallada, con una trama teatral que es una excusa, un vehículo para recorrer y repasar todo aquello que a menudo ignoramos o preferimos no escuchar sobre las nuevas tecnologías, sobre Google, los iPhone, los metadatos, las cookies, Amazon, Facebook y el resto de gigantes a cuyos brazos nos echamos a diario, casi conscientemente, porque abrir los ojos es casi peor. Como cuando firmamos un contrato con uno de estos monstruos multinacionales sin molestarnos en leerlo hasta el final -¿qué pereza, no?-, aunque en el fondo sospechemos que le estamos entregando nuestra alma al diablo.

 La propuesta de Ferrer es técnicamente impecable y está a la altura de los tiempos que retrata, con un órdago audiovisual espectacular que no desvelaré demasiado, ya que en cierta medida el montaje juega a la sorpresa y piden explícitamente a los espectadores no contar demsiado. Solo apuntaré que autores y director se sirven con acierto en algunos momentos del teatro participativo, rompen la cuarta pared constantemente y se apoyan en una profusa documentación, dando voz aquí y allá a expertos y protagonistas reales del mundillo tecnológico y a los estudios sociales que lo ponen en solfa.

La propuesta de Ferrer es técnicamente impecable y está a la altura de los tiempos que retrata, con un órdago audiovisual espectacular que no desvelaré demasiado

Y hay, claro está, teatro. Al menos una historia bien hilada que, sin aspirar a ser un gran texto dramático, cumple sobradamente con lo que se propone. Todo arranca con la visita del protagonista, Adrián Lastra -sí, también hay algo de metaficción o autoficción, como quieran llamarlo- a un psiquiatra. Y de ahí, la obra nos llevará dando saltos narrativos de un lado a otro, siempre móvil en mano. Importante: aquí no les pedirán que lo apaguen. No les destriparé mucho más. Lastra está muy divertido y lleva con ingenio, tablas y muy buen hacer el peso del montaje, acompañado por un quinteto de sólidos intérpretes, Chema del Barco, Canco Rodríguez, Juan Antonio Lumbreras, Rocío Calvo y Candela Serrat, que suman mucha carretera y que aquí se balancean de la comedia absurda al humor corporal pasando por diferentes territorios y tonos interpretativos.

Si bien no estamos ante una pieza que vaya a conmovernos o tocarnos en el fondo de nuestras entrañas, como suele aspirar a hacer el gran el teatro, sería una lástima que esta original invitación a la reflexión, esta advertencia inteligente sobre el gran pozo de Sarlacc al que nos aventuramos de cabeza, sea despachada sin más como “otra obra de teatro comercial”, esa marca despectiva y simplificadora tan habitual entre los círculos culturales más elitistas. Quien lo haga, que no se lamente luego cuando se pregunte cómo diablos ha sabido el Gobierno cuasi-dictatorial de turno (ninguna sociedad, por estable que parezca, está libre de riesgo) a quién ha votado, con quién se ha reunido o qué compañía prefiere para calentarle la cama. 


Autores: James Graham y Josie Rourke. Director: Esteve Ferrer. Escenografía: Jorge Ballina, adaptada en España por Felype de Lima. Iluminación: Hilmar Santana. Diseño de vídeo: Jorge Orozco, adaptado en España por Daniel García Rodriguez (Voilá Producciones). Sonido: Poti Martín. Vestuario: Remedios Gómez de la Insúa. Música original: Rodrigo Dávila. Intérpretes: Adrián Lastra, Chema del Barco, Canco Rodríguez, Juan Antonio Lumbreras, Rocío Calvo y Candela Serrat. Investigación: Álex Rojo (jefe del equipo de investigación España) y Harry Davies (asesoría del equipo de investigación). Teatro Marquina. Madrid.

Estrellas Volodia

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