Secretos del olivar

"La geometría del trigo", de Alberto Conejero
Trujillo, en primer término, en la obra / Foto: marcosGpunto
LA GEOMETRÍA DEL TRIGO

Podríamos cambiar geometría por geografía emocional, y trigo por olivar, y sería una buena primera aproximación al drama que late en el nuevo texto de Alberto Conejero, un asunto de familias, en plural, ambientado en algún pueblo del Jaén olivarero (Conejero cita Vilches en el progarama de mano) y minero (Linares en la mirada), que es la tierra del autor. El dramaturgo enfrenta a sus protagonistas al dilema del amor oscuro, ese tan lorquiano, aunque nada de lorquiano tenga este texto en el que, al final se imponen el deseo y la realidad a lo que la sociedad espera.

Sí que hay en esta Geometría del trigo silencios y tabúes, los que acompañan a cualquier historia de amores prohibidos, pero también una decisión de aferrarse a la libertad, a la vida, aunque, como veremos, aún hoy eso cuesta y deja cadáveres -metafóricos, no literales, hablamos de un drama intimista- en los caminos de los personajes.

Conejero escribió impulsado por una anécdota que su madre le contó años atrás. Desconozco cuánto de realidad y cuánto de ficción hay en la historia de Antonio y Beatriz, que es a la vez la historia de Antonio y Samuel. La que el hijo ya adulto de los primeros desgranará años después cuando acuda al funeral de un padre al que no ha llegado a conocer. Pero todo es, si no real, sí verosímil. La España rural ha generado muchas historias similares a las de esta Geometría del trigo y todavía hoy hay muchos silencios de olivar, que podrían ser de viñedo o de cereal, porque es circunstancial que el paisaje de Jaén sirva de fondo a un conflicto que es en realidad de todas partes.

Todo es, si no real, sí verosímil. La España rural ha generado muchas historias similares a las de esta Geometría del trigo

Conejero tiene una prosa pausada, no estridente, alejada del efectismo, pero armada con buen pulso. La historia se va construyendo sin grandes sorpresas pero con interés creciente y escenas vivas. Su escritura es su punto fuerte. El Conejero director acierta también en gran medida en pulsos, estética y ritmos, aunque hay momentos en los que parece no saber qué hacer con sus actores sobre el escenario, convertidos casi en bustos parlantes.

Con todo, hay excelentes trabajos de Juan Vinuesa (Antonio), Zaira Montes (Beatriz) y José Troncoso (Samuel), un trío intenso y lleno de matices, desde la necesidad de regresar, a la tierra y al amor, de Samuel, a la fuerza racial y orgánica de la mujer luchadora, o el desconcierto y desubicación del minero Antonio, un hombre nadando entre dos aguas.

Con ellos, bien la veterana Consuelo Trujillo, que encarna a la España que ve y calla, y José Bustos (Joan) y Eva Rufo (Laia), el hijo que se reencuentra con los fantasmas de su familia, y su pareja, sumidos en su propia crisis, en gran medida causada por los ecos del pasado.


Autor: Alberto Conejero. Dirección: Alberto Conejero. Intérpretes: José Bustos, Zaira Montes, Eva Rufo, José Troncoso, Consuelo Trujillo y Juan Vinuesa. Escenografía: Alessio Meloni. Iluminación: David Picazo. Diseño de vestuario: Miguel Ángel Milán. Espacio sonoro y música original: Mariano Marín. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

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