Picaresca con luces y sombras

Escena de El Rufián viudo llamado Trampagos

DOS NUEVOS ENTREMESES, “NUNCA REPRESENTADOS”

La picaresca es tan nuestra como el esperpento. O como el vino y el queso. Qué se le va a hacer, no somos suecos y nos cabreamos con la corrupción pero celebramos a los rufianes cuando nos hacen reír (no, los que hora menudean en hemiciclos no hacen reír, hablo de los otros). Hoy, como ayer, funciona el género ‘aperitivo’, y da gusto comprobar que el espectador de smartphone se identifica con la germanía –el lenguaje del hampa del Siglo de Oro- y los trasiegos de sus sinvergüenzas.

El verso de Don Miguel -de Cervantes, quién si no- tiene mucho que decir en lo anterior. Y que el Teatro de La Abadía siga apostando por la recuperación de estos títulos breves y un director como Ernesto Arias se ponga manos a la obra con ellos es buena noticia. Y lo es mejor si se hacen bien. El éxito y aplauso general a los Entremeses que dirigió José Luis Gómez, recientemente reestrenados, ha invitado sin duda a esta nueva producción. Pero en los callejones de rondallas de estas dos piezas hay luces y sombras. Literalmente.

“Hoy, como ayer, funciona el género ‘aperitivo’ y el espectador de smartphone se identifica con la germanía –el lenguaje del hampa del Siglo de Oro- y los trasiegos de sus sinvergüenzas”

Arias exhibe callo: son ya más de dos décadas como actor, entre otras plazas en La Abadía y Compañía Nacional de Teatro Clásico, además de sus magníficas direcciones para la Fundación Siglo de Oro (antes compañía Rakatá). Su revisión se ajusta a un código poco novedoso ahora, pero rompedor hace quince años: la ambientación musical y la inmersión. Entremeses representados con músicas y danzas de inspiración barroca –hermosa, como es habitual, la aportación de Eduardo Aguirre de Cárcer– y un trabajo de aúpa en los actores, jóvenes rostros que se meten a todos –quienes allí estaban y quien esto firma- en los bolsillos de su vestuario, un ropero extraña pero adecuadamente anacrónico. Invita a pensar por segundos en bolcheviques desposeídos, con sus gorros y faldones raídos, pero es sólo una sugestión lejana que permite imaginar también la Sevilla, el Madrid o el Toledo del XVII.

Ese viaje es el que realiza este montaje de escenografía arrabalera y realista: el Siglo de Oro se nos presenta como un recodo urbano de grandes paredes con balconadas, ese imaginario de embozados y criadas situado en cualquier esquinazo entre palacetes y casas de señores. Y en el centro de la plazuela, un pozo alrededor del cual se reúne la chusma. Pero llega la obsesión por la ambientación: primero, las nieblas. Un poco de humo, sirva, pero ahumar al espectador hace que en vez de sentirnos en la Villa y Corte nos imaginemos en los pagos de Pedro Botero. Y luego la oscuridad: la iluminación del montaje abusa de las medias luces. Ya se entiende que todo sucede en una noche, pero muchas veces hemos visto Luces de Bohemia con más luces (y no de bohemia) que este oscuro callejón de gatos en el que cuesta mirarle a los ojos al asunto.

“Un poco de humo, sirva, pero ahumar al espectador hace que en vez de sentirnos en la Villa y Corte nos imaginemos en los pagos de Pedro Botero”

Junto a la oscuridad, o quizá marcado por ella, al montaje le cuesta saludar, perezoso o demorado en su nocturno arranque: vemos dormir y más dormir a los pícaros y nos tememos un experimento a lo Andy Warhol o un envenenamiento masivo del reparto. Algún espectador cansado acaso les acompañara. Cuando, por fin, despierta la fauna hampona, los rufianes –proxenetas- y mujeres del camino, los sastres y vendedores, los soldados dados en nada y las rondas de hambrientos, ya no para la función.

Y así, dichas las sombras, vamos a las luces, que son unas cuantas, algunas ya mencionadas.

Qué calidad de cómicos, qué seriedad, ya me entienden. Ha trabajado la compañía los caminos del bufón y el verso, de la danza y la música, y la jácara permanente que resulta es una celebración hermosa de nuestro teatro popular menos popular (estos dos entremeses aguardaban en las estanterías, salvo aventuras amateurs). Mucho me gustaron en la primera pieza, La guardia cuidadosa, el soldado celoso que hace Ion Iraizoz y el sacristán de Juan Paños, la cara y la cruz de esta sátira de las comedias de capa y espada: aquí el primero es un soldado curtido –o eso cuenta él- en batallas que le han dejado por todo patrimonio un mondadientes. Prendado de una fregoncilla, no deja acercarse a nadie a la puerta del hogar donde sirve su amor, que está tan harta de él como nosotros del procès.

“El chulo no tiene tiempo para dignidades, la difunta no era para tanto –es hilarante la relación de sus virtudes, que poco a poco se tornan defectos- y la mercancía aguarda”

En el segundo entremés, El rufián viudo llamado Trampagos, el duelo por la fallecida meretriz Pericona y un sorteo para celebrar nueva boda se suceden sin solución de continuidad. El chulo no tiene tiempo para dignidades, la difunta no era para tanto –es hilarante la relación de sus virtudes, que poco a poco se tornan defectos- y la mercancía aguarda. Redondo el Trampagos de Marcos Toro, el trío de prostitutas aspirantes a ocupar el puesto de la finada, la Repulida, la Pizpita y la Mostrenca, construidas con desparpajo enorme por Carmen Valverde, Luna Paredes y Carmen Bécares, y los Vademécum y Chiquiznaque, alegres criados y compadres, que dibujan los protagonistas del entremés anterior. Muy bien de igual manera el resto de la comparsa.

Entre la broza de la ciudad, de repente, una aparición fantasmal: Escarramán. Pocas figuras han surgido tan poderosas en el folclore como este mítico criminal, preso y prófugo, de quien se contaron múltiples ficciones, de Quevedo a Lope de Rueda, pasando por Cervantes. Se le mencionaba hace unos años en otros entremeses, los de la CNTC. Galeote cargado de cadenas, pronto se sumará a la fiesta de las nupcias, rompiendo las promesas que sea menester.

Y todos tan contentos. Más entremeses, señor Arias, siempre que quiera. Pero que se haga la luz en ellos.


Autor: Miguel de Cervantes. Dramaturgia: Brenda Escobedo. Director: Ernesto Arias. Reparto: Ion Iraizoz, Juan Paños, Marcos Toro, José Juan Sevilla, Carmen Valverde, Pablo Rodríguez, Luna Paredes, Carmen Bécares, Nicolás Sanz, Aida Villar. Ambientación: Silvia de Marta. Iluminación: Carlos Díaz. Música: Eduardo Aguirre de Cárcer. Coreografía: Javier García. Teatro de La Abadía. Madrid.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *