Lo que pasa en Las Vegas…

"Mammon", de Nao Albert y Marcel Borrás
Los protagonistas de Mammón, en una imagen promocional
MAMMÓN

Una cosa me atrevería a asegurar: Nao Albet y Marcel Borràs se lo han pasado como enanos creando Mammón. Y con ellos, probablemente han arrastrado en ese subidón de entusiasmo necesario, infantil, juerguista y gamberro a Irene Escolar, a Ricardo Gómez y a Manel Sans. Hacer teatro también es darse el gustazo de vez en cuando de perder la rigidez, de apostarlo todo al negro -una producción “ligera”- sabiendo que es una jugada de locos, pero que así se puede hacer saltar la banca. Si quieren disfrutar como ellos -y como quien firma- no se pierdan esta comedia arrolladora que tiene a la vez mucho teatro y nuevos lenguajes camuflados tras su engañosa intrascendencia. Eso sí, no puedo darles todos los detalles que querría, porque ya saben que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas.

Mammón es un juguete redondo, una sesión de cinefilia y una muñeca rusa de géneros que sorprende y descoloca desde el comienzo mismo, cuando Irene Escolar y Ricardo Gómez salen a escena anunciar al público que lo sienten, pero que la obra prevista, Mammón, no va a poder ser representada. Pero sí lo será claro. No el Mammón de la intrahistoria, el ambicioso montaje que, nos contarán durante el primer tramo, dos jóvenes creadores catalanes quisieron hacer: una producción histórica de ambición y codicia nacida de viejas deidades arameas y de mitos mesorientales, y que uno de ellos había concebido durante un viaje a Alepo en plena guerra siria. Pero sí el otro Mammón, el real, el espectáculo total y lisérgico con el que Borràs y Albet repasan todos los géneros imaginables: metateatro, teatro documental, performance, proyección en vivo, farsa, videoclip musical, comedia gestual…

“Mammón es un juguete redondo, una sesión de cinefilia y una muñeca rusa de géneros que sorprende y descoloca desde el comienzo mismo”

A partir del viaje a Siria, Borràs y Albet, desde la pantalla, venden primero la historia de un proyecto teatral imposible, una superproducción de tintes morales con nombres de primera de la escena europea y presupuesto desmedido. Escolar y Gómez, en la piel de documentalistas, aportan las explicaciones a imágenes proyectadas sacadas de un diario de viaje. Todo apunta a un proyecto maduro, una pieza de teatro documental en la línea de las mejores compañías inglesas y de la escuela fundacional de Piscator: objetivo, compromiso, imágenes… Pero algo empieza a decirnos poco a poco que la cosa no va de eso (o acaso que no va sólo de eso). La comicidad se empieza a adivinar.

Y entonces, de golpe, el dúo catalán irrumpe en el escenario, y con ellos Manel Sans, un ciclón y un secreto bien guardado de la cartelera catalana -venga más a Madrid, señor Sans-, y su Dylan Bravo, jugador profesional, actor decadente, gemelo probable de Danny Trejo, alma de la ciudad de los casinos. Uno de esos personajes difíciles de olvidar.

Mammón es un fake docudrama escénico tornado en fake documedia sobre dos españoles perdidos en Las Vegas, ese microcosmos alienígena nunca lo suficientemente tópico de predicadores con patillas que casan de forma exprés, neones mareantes, salas de juego concebidas para que el incauto pierda la noción del tiempo y la camisa, strippers, prostitutas, drogas, alcohol, limusinas y orgías en las suites. Allí, como cantaba Springsteen sobre Atlantic City, sólo hay ganadores y perdedores, y mejor no quedar atrapado en el lado malo de la línea. O más bien, como nos aclara Dylan Bravo, sólo hay ganadores y gente que cree que son ganadores.

El retrato tragicómico de Las Vegas de Albet y Borràs resulta más convincente -y desde luego mucho más entretenido- que el que Lepage trajo a Madrid hace unos años en un sonado patinazo creativo, Juego de cartas 1: Picas.

“Mammón es un fake docudrama escénico tornado en fake documedia sobre dos españoles perdidos en Las Vegas, ese microcosmos alienígena nunca lo suficientemente tópico”

El dúo de teatreros perdidos en la ciudad del juego y su cicerón con toda clase de adicciones irán dando tumbos por las mesas, los desiertos y las barras americanas de la ciudad: el numerito de pole dancing de Irene Escolar, transformada en Crystal, no sólo quita el hipo, sino que está trabajadísimo, como todo el personaje de una actriz cada vez más sorprendente. Ricardo Gómez suma a la ecuación otra criatura estupenda: Bernardo, el chicano chungo y espadón.

Pero son Borràs y Albet, con sus trasuntos escénicos homónimos, los que le dan a esta brillante intoxicación escénica -peyote y cocaína mediante- el color más desquiciado, la comicidad y el ridículo. Porque es así, como un belga por soleares devorado por el Kraken, como cabe imaginarse a dos españolitos que se asoman a las fauces de la ruleta, el black jack y el Texas hold’em.

“El numerito de pole dancing de Irene Escolar, transformada en Crystal, no sólo quita el hipo, sino que está trabajadísimo, como todo el personaje de una actriz cada vez más sorprendente”

Hijo díscolo de todo el cine testosterónico de los 90, en Mammón están Tarantino, Scorsese, los Coen y las historias de jugadores, de John Dahl a Brian de Palma. Está el espíritu de Four Rooms y de Breaking Bad. Pero también la teatralidad gamberra y desinhibida de los mejores Sexpeare (cómo no acordarse de H, el pequeño niño obeso quiere ser cineasta) y el amor por la ambientación americana que cultivó en su primera etapa Àlex Rigola.

Es imposible tomarse Mammón en serio. Pero sería un error no tomarse en serio su resultado: una comedia con formato de road movie redonda, un espectáculo impecable en lo técnico y en su estructura y un artefacto teatral de muchos quilates. Oro puro al que venerar, aunque sepamos que no deja de ser un falso ídolo en el Sinaí de los dioses teatrales.


Creación y dirección: Nao Albet y Marcel Borrás. Escenografía y vestuario: José Novoa. Iluminación: Adrià Pinar. Intérpretes: Nao Albet, Marcel Borrás, Irene Escolar, Manel Sans, Ricardo Gómez. Sonido: Igor Pinto.  Realización del documental: Guillermo A. Chaia.  Teatros del Canal. Madrid.

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