Pasolini se pierde en Alcàsser

"La capilla de los niños", de Javier Sahuquillo
Juan de Vera, en la obra / Foto: Escaparate Visual
LA CAPILLA DE LOS NIÑOS

Javier Sahuquillo es un dramaturgo y director valenciano. Después de ver La capilla de los niños, queda claro además que siente devoción por Pier Paolo Pasolini, que podría ser un novelista notable, que ha vivido -si no de forma física, sí sin duda en su mente- el Gran Tour italianizante en versión siglo XXI, y que en su afán por dar en el clavo y lograr la obra total ha confundido novela con teatro y se ha metido en un lodazal de géneros, temas e historias, con cadáveres reales, ficción político-policiaca, devoción literaria y relato personal del que es difícil salir sin daños.

Veamos: Laura Sanchis, actriz, se presenta y cuenta al público que ella interpetará a Javier Sahuquillo, quien le ha pedido por carta que monte un texto que ha escrito expresamente para ella. Metateatro desde el comienzo. La actriz empieza a narrar: Sahuquillo/Sanchis, se había embarcado en un viaje a Palermo, donde había sido invitado a un taller de dramaturgia. En la ciudad siciliana conoció a Natale, un sensual joven con el que tardó poco en comenzar una relación, y a la vez empezó a buscar un hecho real sobre el que escribir. De esta manera, la urbe decadente y el sexo, callejero, espontáneo, pobre, van dando forma al primer tramo de la obra.

Natale no es un chapero, pero la relación tiene todos los tintes estéticos que se ajustarían a esa descripción. Con él, Sahuquillo cocina, folla, ama, pasea, lee, ensaya… Juntos recorren bares y callejones, monumentos y extrarradio. El título procede de las famosas catacumbas del monasterio de los monjes capuchinos, en las que se conservan cadáveres momificados, incluidos los de algunos niños, celosamente guardados en una capilla.

“En la ciudad siciliana, Sahuquillo conoce a Natale, un sensual joven con el que tarda poco en comenzar una relación, y a la vez empieza a buscar un hecho real sobre el que escribir”

Luego, de golpe, Sahuquillo encuentra lo que buscaba: el crimen de Alcàsser. A algún lector joven esto acaso no les diga nada, pero aún hoy aquellos hechos terribles están muy presentes: cuando se googlea el nombre del pueblo, el primer resultado es el vinculado a ellos. Fue en 1992: un hecho atroz en la localidad valenciana sacudió a España y dejó huella en nuestra generación. La prensa lo cubrió a fondo entonces. Y lo hace de nuevo Sahuquillo, que genera una subtrama, siempre narrativa, que se va apoderando de la primera historia.

Cada vez menos pasoliniana en lo carnal, pero más en lo político, la estancia del dramaturgo en Palermo empieza a cobrar tintes de investigación privada con la sombra del poder ocultando una verdad incómoda. La atrocidad de los crímenes se presenta junto a los cabos sueltos que estos dejaron. Casi tres décadas después, mucha gente cree que existe una versión alternativa de lo que sucedió y quedan decenas de preguntas sin respuesta.

La muerte une en escena dos realidades: la de unos niños momificados hace uno o dos siglos y la de tres jóvenes brutalmente asesinadas hace 26 años. La muerte como espectáculo, su cara más obscena, parece rondar entre los temas del autor, aunque ni siquiera se queda ahí y aborda la denuncia de las cloacas del poder.

“Cada vez menos carnal, la estancia del dramaturgo en Palermo empieza a cobrar tintes de investigación privada con la sombra del poder ocultando algo”

¿Es La capilla de los niños teatro documental? ¿Es ficción teatralizada? Sahuquillo juega al taller literario y se convierte en Passolini y en Borges, con sus  realidades inventadas y sus heterónimos, aquí escénicos. O al menos eso deduzco de las fotografías que decoran la escenografía, un espacio caótico de viejas máquinas de escribir, sillas, libros y veneración literaria. Ahí están Pasolini y Borges, también Valle-Inclán (no entiendo la simbología, ¿acaso el esperpento nacional?) y Walt Whitman.

El esfuerzo de los actores del montaje es notable. Laura Sanchis lleva el peso de la función -una producción de la compañía valenciana Perros Daneses-, convertida en un estereotipo de novelista o dramaturgo: la gabardina, la ropa masculina, la voz impostada… Tiene un talento y un trabajo dignos de aplauso, pero el texto no la ayuda: cuanto más debe adornar, adjetivar, describir, más da la sensación de estar habitando una novela por entregas. La acompaña Juan de Vera, que puede moverse con mayor comodidad: él da vida, una vida más más teatral y radical, a Natale. Buena parte de la obra la pasa acompañando, en silencio, pero da con el tono exacto, la idea rotunda de lo que podría ser un joven callejero, de familia humilde, sin ataduras ni planes en la vida, viviendo una pasión temporal con un hombre maduro. Sus gestos, ariscos y distantes, su desdén por la sociedad y sus normas, están muy bien reflejadas por el actor.

“No deja de ser la novelización de una obra de teatro. Hasta lo advierten al principio. Hay que tener paciencia. Pero al público no hay que pedirle paciencia: hay que darle teatro”

Pese a todo, no deja de ser la novelización de una obra de teatro. Hasta lo advierten al principio: lo narrativo se impone a lo dramático. Pero al público no hay que pedirle paciencia: hay que darle teatro. Me da que el propio autor sabe que le ha salido una criatura literaria, más que escénica, un texto para ser disfrutado desde un sofá más que desde una butaca. La obra gana en los momentos en que lo teatral se impone a lo descriptivo, que son unos cuantos y dirigidos por el propio Sahuquillo con conocimiento de ritmos y espacios.

Por otro lado, el cóctel de ideas es tan heterodoxo que me resultó difícil empatizar con él, por más que la pluma del autor sea ágil y el texto respire oficio de escritor y pasión de lector. Ni siquiera cuando se empieza a sospechar que esconde un humor subterráneo, que cabe la posibilidad de que estemos en un taller de dramaturgia y que Sahuquillo se esté riendo de sí mismo y del universo literario, del proceso de investigación teatral, de las pretensiones de documentalismo… Hasta de la tragedia. O no, quizá es un intento serio de combinar géneros y estilos. En ambos casos, desafía a la paciencia. Más cuando el final deja la puerta abierta a una asimilación algo presuntuosa -que cabe leer también como homenaje-: Sahuquillo se convierte en trasunto del propio Pasolini.

Su fascinación por Italia se completa así. Pero no ha logrado habitar en La gran belleza (si es que lo pretendía). Al contrario: hemos asistido al horror de lo inhumano, servido via oral en una receta de pasta siciliana aderezada con polvos de libro.


Autor: Javier Sahuquillo. Dirección: Javier Sahuquillo. Intérpretes: Laura Sanchis y Juan de Vera. Espacio escénico e iluminación: Ximo Rojo. Vestuario: Germán Carmona. Espacio sonoro: Ángel Galán. Fotografía, vídeo y teaser: Escaparate visual. Teatro del Barrio. Madrid.

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