Yo sí te creo

JAURÍA

Voy a comenzar con dos fechas. La primera: 21 de abril. Es cuando terminan las funciones de Jauría en el Pavón Teatro Kamikaze. Si aún no tienen entrada, corran a comprarla. Es un espectáculo imprescindible, uno de los mejores que van a poder ver este año en Madrid. La segunda: 7 de julio, pero de hace tres años. Aquella madrugada de 2016 cinco jóvenes sevillanos que se llamaban a sí mismos La Manada metieron en un portal de Pamplona a una chica de 18 años. El resto lo conocemos por la prensa, por lo que supuso para la sociedad española y por una mediática sentencia. Material altamente inflamable para un escenario.

Llevar a escena la historia de la agresión sexual de La Manada (abuso, si nos atenemos a la sentencia) se podía hacer de mil formas mal. Pero cuando el espectador ve Jauría, no le queda ninguna duda de que Miguel del Arco es un director capaz de sorprender en cada espectáculo. En esta ocasión lo hace aliado con el dramaturgo Jordi Casanovas, que ha cortado, editado y seleccionado (en ningún caso añadido) fragmentos de los interrogatorios a la joven y a sus agresores.

 

Cuando el espectador ve Jauría, no le queda ninguna duda de que Miguel del Arco es un director capaz de sorprender en cada espectáculo

Casanovas firma también el texto de la primera parte del ‘programa doble’ del que forma parte Jauría junto a Port Arthur, otra propuesta de teatro documental aunque con diferentes director y actores e inspirada en otro suceso. Viendo la diferencia entre una y otra queda claro que la mano de Del Arco ha sido clave en hacer de Jauría el deslumbrante ejercicio de magnetismo y precisión que es, un espectáculo perfecto que extrae oro de lo que podría parecer un erial dramatúrgico (un interrogatorio judicial, que ya sabemos que los de estos lares no se parecen en nada a los de las películas americanas). Extraído ese oro, el director no se contenta con venderlo en pepitas, sino que lo entrega transformado en una joya engarzada y revalorizada. Lo ha convertido en teatro con mayúsculas.

Jauría atrapa y retiene por momentos el aliento, resumiendo en su conjunto lo que el buen teatro documento debe ser: no un plano fijo, no una grabación, no la lectura de un sumario, sino la recreación dramática y, por tanto imaginativa en lo escénico (que no en los hechos) del tema que se quiere abordar.

 

‘Jauría’ atrapa y retiene por momentos el aliento, resumiendo en su conjunto lo que el buen teatro documento debe ser: no un plano fijo, no una grabación, sino una recreación dramática

Existe la tentación de estar horas describiendo del papelón que hace María Hervás (otra enorme recreación después de su Ifi), dolida y rota, perdida ante las absurdas preguntas de los letrados, o de escribir párrafos y párrafos sobre la inteligencia del director cuando convierte a los mismos actores que hacen de los integrantes de La Manada en los abogados de la defensa y, al revés, a Hervás en la implacable fiscal. Es tentador describir cada pequeño hallazgo de Del Arco, con sus coreografías corporales, su visión del portal de los hechos, que la poderosa escenografía de Alessio Meloni sitúa con frialdad de paredes de morgue o de sanatorio en un cubículo elevado, el mismo desde el que luego decidirá el juez. Es tentador, en fin, insistir en que una de las grandezas de este montaje es su violencia, que es verbal y actoral, pero medida y estudiada, con los cinco actores rodeando como fieras a la actriz. Solo eso ya es un argumento, cuando uno se imagina la escena real.

 

El trabajo de los cinco intérpretes es un todo, un conjunto hipnótico que por momentos da miedo. La Manada, la teatral, intimida.Y esa es la cuestión. O, al menos, lo fue en el juicio: la intimidación

Se podrían escribir muchas cosas, digo, pero me quedaré para cerrar estas líneas con el asombroso trabajo de los cinco protagonistas masculinos -añadido, insisto, al de Hervás-, transmutados en esos hinchas futbolísiticos de gimnasio, craneo repeinado y polo ajustado (Meloni firma también el vestuario, otro acierto). Machos alfa cuando se sienten en grupo, también en el terreno de lo virtual, seguros de sí mismos, intocables. Los estereotipos son peligrosos, pero en este caso necesarios para el adecuado retrato de la realidad.

Trabajando el acento y el lenguaje corporal, dejamos de ver a Raúl Prieto, a Fran Cantos, a Álex García, a Martiño Rivas, a Ignacio Mateos. Durante hora y media tendremos delante a unos hombres jóvenes sin valores ni dignidad, tipos que han perdido acaso la noción de su propia mezquindad, convencidos todo el rato de que aquello era normal, de que la chica quería y disfrutaba, por más que los vídeos que ellos mismos grabaron, pruebas claves al final, demuestren lo contrario. El trabajo de los cinco intérpretes es un todo, un conjunto hipnótico que por momentos da miedo. La Manada, la teatral, intimida. Y esa es la cuestión. O, al menos, lo fue en el juicio: la intimidación. Que esta obra acierte a transmitir esa sensación, más allá de que convenza con detalles y pruebas, es en el fondo lo que la hace inolvidable. La justicia ya habló. Pero, cuando se ve Jauría, el lema de aquellos días vuelve a la mente: «Yo sí te creo».


Autor: Jordi Casanovas. Director: Miguel del Arco. Intérpretes: Fran Cantos, Álex García, María Hervás, Ignacio Mateos, Martiño Rivas y Raúl Prieto. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340. Escenografía y vestuario: Alessio Meloni. El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid.

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