Wilson, como un pez fuera del agua

"La dama del mar", de Robert Wilson

LA DAMA DEL MAR

A priori, el teatro de Ibsen, impregnado de los silencios y el fatalismo nórdico, casi gélido por momentos, atroz en otros, y la concepción escénica de Robert Wilson, una explosión milimetrada de color y sonido, parecen antagónicas. Sin embargo, en la tragedia de la ninfa Ellida, el director texano, alejado de su elemento, habitualmente menos intimista, encuentra un solar insospechado en el que edificar otro de sus hermosos collages expresionistas.

Más árido que Las tentaciones de San Antonio o I La Galigo, menos brutal que su Woyzeck, menos policromático que su impactante fresco apocalíptico The days before, llega Wilson a Ibsen con su dama del mar, la joven que se casa con un viudo mayor por aferrarse a algo y se encuentra atrapada en una mortaja de arena en la que el agua que anhela simboliza su infelicidad marital.

No se le puede negar a Wilson una gran fuerza estética a sus montajes. En algunos, las músicas y sonidos, el juego de luces, las interpretaciones, rozan el milagro de la sinestesia

Poco sorprende a estas alturas cualquier propuesta de Wilson. No se le puede negar, en cualquier caso, una gran fuerza estética a sus montajes. En algunos, las músicas y sonidos, el juego de luces, la interpretación geométrica de sus intérpretes, rozan el milagro de la sinestesia. Pero Wilson es en esta Dama del mar más sobrio -todo es hermoso, pero triste, desde la música de Michael Galasso hasta el vestuario de Giorgio Armani-.

La pieza obliga: buena parte del montaje transcurre con Ellida y su marido solos en escena. Es difícil encontrar esos momentos mágicos de otras piezas del director. Aquí, por una vez, el gran triunfador es el texto, de Susan Sontag (este estreno español, una coproducción con el Teatro Lope de Vega de Sevilla, donde se presentó antes, es una revisión del montaje de Wilson de 1998 en Italia), que resume con tensión y delicadeza al de Ibsen: su reflexión final sobre el libre albedrío hiela la sangre.

También brillan los actores. Así, Manuel de Blas es el viudo Hartwig -¡cómo evoluciona el personaje!- con un aire a lo Nosferatu de Murnau, y Ángela Molina, vampiresa también en lo estético, juega a ser niña y hembra, mujer de luz o de dolor asumido.

Si Robert Wilson no odiara a los actores -para él son sólo una herramienta, si no, no se entiende que haga de ellos clones en los que cuesta ver el talento oculto- las de Molina y de Blas serían construcciones memorables. Pero así es la rosa: ¿habría sido Wilson grande sin esas obsesiones?


Autor: Henrik Ibsen. Versión: Susan Sontag. Director: Robert Wilson. Intérpretes: Ángela Molina, Manuel de Blas, Lara Grube, Carlota Gaviño, Agustín Sasián, Damià Plensa. Diseño de escenografía y concepto de iluminación: Robert Wilson. Matadero Madrid-Naves del Español. Madrid.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Marzo 2008).

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