Lección de corrección

LA GOLONDRINA

Llegué a La golondrina con ciertas expectativas. Fue uno de los textos de autores contemporáneos seleccionados hace un año para un ciclo de teatro español en Londres, es una obra que había tenido éxito fuera de España y había oído comentarios elogiosos sobre este texto de Guillem Clua, de quien había visto con agrado La piel en llamas (2006). Tenía además a Carmen Maura en el escenario. Y, aunque reconozco que no me había informado y por tanto no sabía bien de qué trataba el montaje, una vez visto se puede decir que el texto tiene lo que, a priori, podrían considerarse temas de gran interés, entre ellos el terrorismo y la identidad sexual.

Me topé sin embargo con un ave de vuelo más bajo de lo que esperaba. No está mal, en lo formal, la propuesta textual de Clua. Pero tampoco deslumbra: estamos ante un ejercicio de corrección política escrita para amoldarse al devenir de los tiempos que corren.

No está mal, en lo formal, la propuesta textual de Clua. Pero tampoco deslumbra: estamos ante un ejercicio de corrección política

No puedo explicar esto sin -atención, quedan advertidos-, caer en el spoiler. Alla vamos: un hombre joven se presenta en casa de una conocida profesora de canto empeñado en que le dé clases, pese a que ella no ve aptitudes en el aspirante y al principio se empeña en rechazarle. El hombre insiste, mucho, y ella acaba cediendo. Comienza la lección, pero pronto veremos que, claro, él no ha ido allí a aprender a cantar, sino a encontrarse con fantasmas de su pasado y, sobre todo, a hacer  que la profesora se dé con ellos de bruces en vez de mirar a otro lado.

Ojo, prosigue el destripe argumental: Ella es la madre de un chico que murió en un atentado. Él fue su pareja, su novio, su prometido incluso. Llevaban años juntos sin que el hijo de la profesora se atreviera nunca a salir del armario. A eso ha ido allí: a buscar respuestas y a obtener resarcimiento de una mujer que forzó una mentira.

El problema de lo planteado en La golondrina es dramatúrgico: no hay tensión ni equilibrio. La madre es un ser oscuro, intransigente, un saco de entrenamiento para el discurso de lo correcto

Todo esto es verosímil. Aún hoy en día abundan, incluso en países como España, multitud de personas cuyo entorno no acepta su orientación sexual, sus elecciones, su camino vital. Y lo es la parte trágica: Clua escribió este texto tras quedar impactado por el atentado de 2015 en la discoteca gay Pulse, en Orlando. El problema de lo planteado en La golondrina es dramatúrgico: no hay tensión ni equilibrio. El personaje del falso alumno y novio que busca saldar cuentas con la incomprensión de su nunca-suegra es poderoso y está cargado de razones. La madre es un ser oscuro, intransigente, un saco de entrenamiento para el discurso de lo correcto.

Reconozco que la ausencia de un verdadero conflicto entre personajes -el conflicto existe, pero es social, externo a la escena- me dejó frío. La adecuada pero convencional puesta en escena planteada por Josep Maria Mestres, con más oficio que ganas de complicarse la vida, tampoco ayuda. Y, finalmente, la esperada lección de «diva» de «la Maura», actriz a la que, aunque ya la había visto anteriormente sobre las tablas, muchos en mi generación tenemos -o eso creo- asociada al cine, y en concreto al fenómeno Almodóvar. Esa lección nunca llega: Maura despacha con solvencia pero sin brillo su personaje, quizá porque tampoco este le permite mucho más. Sí aparece en cambio, a su lado, poderoso y con más matices, Félix Gómez, un actor que sorprende con los sentimientos y la rabia contenida de su personaje, mucho más jugoso. Un vencedor en esta partida inclinada desde el comienzo.


Autor: Guillem Clua. Director: Josep Maria Mestres. Intérpretes: Carmen Maura, Félix Gómez. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Escenografía: Alessio Meloni. Vestuario: Tatiana Hernández. Teatro Infanta Isabel. Madrid.

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