Lamento y triunfo de Feuerbach

Pedro Casablanc, como Feuerbach en la obra
YO, FEUERBACH

Feuerbach, actor antaño célebre y ahora de regreso -o acaso desconocido y buscando su lugar, sólo él y el autor conocen la verdad- dice haber hecho los grandes papeles: el Enrique IV, el Otelo y el Falstaff. Y, sobre todo, su querido Torcuato Tasso. Feuerbach, después de siete años fuera de circulación, se presenta en la sala de ensayos a pedir un papel. Qué digo pedir: Feuerbach no pide. Los artistas muestran lo que llevan dentro.

Pero enfrente de Feuerbach, en esa sala de ensayos, están el siglo XXI y el signo de los tiempos, encarnados en un joven ayudante de director que ha nacido ayer con un hermano siamés en su mano con forma de Samsung y unas redes sociales que no entienden de Falstaffs, Tassos ni Enriques. Un Godot que no llega -el director- sembrará el terreno para que el aspirante y el ayudante nos regalen hora y media de viaje al final de la noche de un actor. Una mirada, la del dramaturgo alemán Tankred Dorst, que se asoma a la dignidad, al saber hacer, a una estirpe que empieza a desaparecer, a una profesión que ama con sus contradicciones y abusos, a las mecánicas del poder, a la sumisión. Y también al abismo de la locura y la melancolía. No es casual que Feuerbach adore al monarca falsario de Pirandello y a Tasso, poeta renacentista genial y esquizoide que inspiró el drama de Goethe, pero también a Byron, a Baudelaire y a Listz como encarnación de la locura más egregia.

“No es casual que Feuerbach adore al monarca falsario de Pirandello y a Tasso, poeta renacentista genial y esquizoide que inspiró el drama de Goethe”

Antonio Simón dirige con elegancia y sobriedad Yo, Feuerbach, un monólogo disfrazado de diálogo apenas disimulado. El director juega sobre todo con luces, un acierto, y deja el peso del montaje en manos de su protagonista. Sabe que es uno de esos vehículos que hacen brillar a un actor cuando tiene tablas y talento. Y a Pedro Casablanc, un gigante aquí, le sobran ambas por los cuatro costados.

Sin desmerecer a Samuel Viyuela, muy digno en su aportación como el ayudante de director -tiene sus momentos para crecerse y los aprovecha bien-, la función pertenece por entero a Casablanc, que arrastra de la pechera al espectador por la furia, la pasión, las contradicciones, los secretos y la extravagancia de su actor, sumido en una matriuska de crisis sucesivas, una dentro de otra.

“La función pertenece por entero a Casablanc, que arrastra de la pechera al espectador por la furia, la pasión, las contradicciones, los secretos y la extravagancia de su actor”

Feuerbach es un hombre que pregunta al comienzo a las sombras de la sala “¿hay alguien ahí?”, sospechando acaso que ésa es su tragedia, no saber si en el nuevo siglo hay público para el arte o sitio para tipos como él. Al contrario que el Simon Axler de Philip Roth, convertido en la sombra de sí mismo, Feuerbach sigue creyendo en el teatro y en su propio poder como actor. Es lo que hay más allá -y más acá, entre bambalinas- de la cuarta pared lo que le preocupa. Lo dijo La Zaranda en Los que ríen los últimos, otro retrato de actores desubicados: “¿Se acordarán de nosotros?”. A Feuerbach, hundido y acabado, como cantaba Lennon, ya nadie lo quiere, por más que esté tocado por la gracia y tenga el alma impregnada de luces y sublimes parlamentos de pájaros. En un rayo de esperanza para su generación, el joven ayudante al final acierta a atisbar y entender ese rasgo iluminado, casi divino.

La cuestión es si esa iluminación no llegará ya tarde para todos.


Autor: Tankred Dorst. Versión y adaptación: Jordi Casanovas. Dirección: Antonio Simón. Reparto: Pedro Casablanc, samuel Viyuela González.  Escenografía: Eduardo Moreno.  Iluminación: Pau Fullana. Vestuario: Sandra Espinosa. Sonido: Nacho Bilbao. Teatro de La Abadía. Madrid.

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