Con cuernos y a lo loco

EL DIABLO COJUELO

Un demonio ha poseído el Teatro de la Comedia, y es bien posible que sea menester un exorcismo: el diablo del clown. Los síntomas: caras blanquecinas, cuerpos retorcidos -de risa, los del patio de butacas-, extrañas lenguas, cuernos y algunos gramos de locura. Vienen de Cataluña estos espíritus burlones llamados Rhum & Cia, y aliados con Juan Mayorga acometen un encargo de la CNTC: llevar a las tablas la novela áurea El diablo cojuelo, de Vélez de Guevara. Y hacen, unos y otro, lo que les viene en gana. De la novela, queda algo, pero sin abusar, a Dios gracias. Y el teatro sale ganando con un montaje vivo, ingenioso, rabiosamente payaso y a la vez muy teatral, una hora y media de alegre e inteligente reivindicación del noble arte del clown. 

Porque Rhum & Cia y Mayorga juegan a eso del teatro dentro del teatro. Ellos, la compañía, se presentan, se dirigen al respetable, se sitúan: han recibido el encargo de Lluís Homar, director de la CNTC. Y no acaban de creérselo. Han elegido El diablo cojuelo porque tenían que hacer un clásico y en la librería no les quedaba otro. Empezamos bien: desmistificación frente a sacralización, banalización frente a trascendencia, humildad frente a ego. Ellos son lo que son, lo que llevan siendo décadas. Han venido al Clásico, sí, y aunque nos dicen sus personajes que quieren ser serios, dejar un legado del que sus nietas, si las hubiera,  estuvieran orgullosas, por sus obras descubrimos que han venido a Madrid a pasarlo bien, a armar la marimorena y no respetar a nada ni a nadie, que es lo que el bufón ha hecho siempre. Por eso, a la gran pregunta, “¿Qué es un clásico?”, salen por los cerros de Úbeda. No busquen respuesta. O acaso todo el montaje, sea la respuesta: ¿y tú me lo preguntas?, que decía el poeta. Un clásico es esto. También.

Bufones no cortesanos, la compañía no carga las tintas, ni alberga maldad. Solo salpimentan algún guiño de actualidad y mucha parodia y autocrítica, que funciona a la contra, dando forma a lo largo del montaje a un ejercicio de reivindicación, una forma de resistencia y dignidad frente a la sociedad y frente una profesión, la teatral, la suya, que a menudo mira al clown desde la atalaya del arte con mayúsculas.

Un sexteto sensacional, encabezado por Joan Arqué, que encarna a Cleofás, y Jordi Martínez, torpón, personajazo en sí, clown puro, que se abre camino en el metateatro para “robarle” el papel de Cojuelo a Roger Julia

Entre medias, está Vélez de Guevara y su fantástica novela, que los payasos y Mayorga nos van contando a su manera: el estudiante Cleofás, suerte de Fausto de los mentideros del Madrid de Quevedo y Tirso, da con un diablo embotellado al que liberará. De la mano del súcubo, vivirán una noche de visiones y paseos por Madrid, sin ser vistos en unos casos, participando en farras y saraos en otros. Vélez se sirve del artificio sobrenatural para tejer un fresco costumbrista cargado de ironía en el que taberneras, viejas, damas, alguaciles, caballeros y burlados habitan el paisaje de la noche, mientras la autoridad terrenal persigue al estudiante y la infernal al diablo.

Rhum & Cia son, al menos en este montaje, un sexteto sensacional, encabezado por Joan Arqué, que encarna a Cleofás, y Jordi Martínez, torpón, personajazo en sí, clown puro, que se abre camino en el metateatro para “robarle” el papel de Cojuelo a Roger Julia, payaso antológico de gestos hiperbólicos que se queda compuesto y sin protagónico. Y con ellos, los barbarismos ininteligibles de Piero Steiner, menudo, barbudo y muy divertido; un sinfín de damiselas en la improbable presencia de Roger Julia, mago de la flauta improvisada con lo que caiga -de cualquier objeto alargado arranca notas-; y el clown “serio” de Mauro Paganini, complemento perfecto al combo, que brilla en su rap áureo. Actores y hombres-orquesta, no ya por lo musical -que también- sino porque hacen de todo, Rhum & Cia logran que el público olvide por un rato que al Clásico se va a ver y oír clásicos. Sí, se va a eso, pero también -lectura entre líneas- a pasarlo bien con algo escrito hace 400 años pero puesto al día para que el público de hoy se enganche a la butaca.

Lo metateatral brilla en todo el montaje, irrumpiendo, partiendo y construyendo dos niveles de atención que no funcionarían el uno sin el otro.

Me pregunto cuánto de improvisación, de morcilla y de payasada pura, habrá en el resultado final, y cuánto está en la adaptación de Juan Mayorga. Quiero pensar que la mirada inteligente del dramaturgo ha sabido ser lúdica esta vez y ponerse al servicio de la compañía. Lo metateatral brilla en todo el montaje, irrumpiendo, partiendo y construyendo dos niveles de atención que no funcionarían el uno sin el otro. Era un más difícil todavía y el trapecista de las letras españolas lo clava sin red.

Las referencias circenses -más allá del mundo del clown- tienen que ver también con una puesta en escena que la directora, Ester Nadal, construye alrededor del universo de los Rhum: una escenografía en madera circular y telones que remite a las gradas de una carpa. Es un hermoso montaje, teatral y de sabor añejo, en el que la iluminación y el vestuario reman juntos y la sorpresa entierra al aburrimiento.  


Dramaturgia: Juan Mayorga. Dirección: Ester Nadal. Dirección y composición musical: Rhum & Cia. Intérpretes: Joan Arqué, Roger Julia, Xavi Lozano, Jordi Martínez, Mauro Paganini, Piero Steiner. Escenografía: La Closca. Vestuario: Nidia Tusal. Iluminación: Syvia Kuchinow. Sonido: Marc Santa.  Teatro de la Comedia. Madrid.

Foto: David Ruano

Estrellas Volodia

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