Sentido y sensibilidad

CAÍDOS DEL CIELO

Hay gente que habla y gente que actúa. Paloma Pedrero pertenece a la segunda categoría: la dramaturga entiende que la conciencia social no es una pegatina de moda en una solapa ni una declaración en una rueda de prensa. Por eso hace años se embarcó en una nave que quizá no llegue nunca a un puerto concreto, pero en cuya travesía ocurren muchas cosas: la de ayudar a la gente de la calle. Decidió hacerlo a través de un grupo de teatro formado por actores sin hogar. El resultado es este estupendo estreno absoluto dentro del Festival de Otoño, Caídos del cielo.

Llámenles como quieran, sin techo, mendigos, indigentes. Aunque cuidado: las palabras cortan. No todos los actores de este proyecto son sin techo -y no sólo porque entre ellos se hayan colado, a modo de apoyo, algunos actores profesionales-, hay gente con otros problemas, el paro, la soledad, gente que ha vivido en la calle pero ha salido, otros que esperan salir, incluso alguno que está bien donde está. Es una realidad compleja y desconocida, aunque la tengamos a la vuelta de la esquina; Pedrero nos enfrenta a ella con inteligencia y humor, con sentido y sensibilidad, marcas de su dramaturgia a la que gusta empapar de cierta poesía, un lirismo que está también en la escenografía onírica (un gran libro abierto) y en la iluminación de este montaje.

Es una realidad compleja y desconocida, aunque la tengamos a la vuelta de la esquina; Pedrero nos enfrenta a ella con inteligencia y humor, con sentido y sensibilidad, marcas de su dramaturgia

Pedrero va de la tierra al cielo jugando en niveles escenográficos, una verticalidad que le permite claridad en su laberíntica propuesta textual. Y es que este Caídos del cielo, que conviene no juzgar desde la benevolencia con que se mira al actor “amateur”, es una ventana construida para asomarnos desde otro ángulo a la vida de estas personas, un ovillo teatral en el que hay realidad y ficción, desolación y esperanza, las mismas que se pueden encontrar en la obra de Pedrero cuando se asoma a la muerte (En el túnel, un pájaro), a la soledad y la incomprensión (La llamada de Lauren) o a la violencia (Cachorros de negro mirar).

En un juego de teatro dentro del teatro, Pedrero reconstruye la vida y muerte de Rosario Endrinal, la mujer que fue salvajemente asesinada -golpeada y después quemada viva- por unos niñatos en un cajero automático. Pero lo hace a través de la obra de teatro que ensayan, con su particular idiosincrasia de desorden e ilusiones ajenas a la rutina de una compañía profesional, un grupo de teatro formado por indigentes y encabezado por una autora-directora que sólo salvará su crisis frente a la página en blanco gracias a la intervención del espíritu de Rosario.

En un juego de teatro dentro del teatro, Pedrero reconstruye la vida y muerte de Rosario Endrinal, la mujer que fue salvajemente asesinada por unos niñatos en un cajero automático

Escritora y actores ficticios se parecen sospechosamente a la propia dramaturga y a algunas de las historias de sus actores reales, que lo dan todo y sorprenden, en más de un caso, con interpretaciones a la altura de profesionales. Es tan injusto para los actores destacar a alguno, como para ese alguno que la crítica se quede en labor de conjunto como cuando se habla de un esfuerzo infantil. Por eso hay que mencionar a Rocío Calvo y Manuel Martínez, que parecen llevar verdad en sus muy terrenales fantasmas de Charito (alter ego de Rosario Endrinal) y Abelino (basado en otro caso real: el de un hombre que murió aplastado al quedarse dormido en un contenedor), o el Jato, drogadicto sin esperanza de Manuel Mata.


Autora: Paloma Pedrero. Dirección: Paloma Pedrero. Intérpretes: Rocío Calvo, Ana Chávarri, Paloma Domínguez, Blanca Rivera, Manuel Fernández, Manuel Mata. Escenografía: Llorenç Corbella. Iluminación: Juan Gómez-Jurado. Teatro Fernán Gómez. Madrid. Festival de Otoño. Noviembre 2008.

Crítica publicada originalmente en La Razón, recogida en Notas desde la fila siete (Noviembre 2008).

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