El tormento y el éxtasis

LOS REMEDIOS

Qué extraño espectáculo, Los Remedios. La verdad es que en la propuesta de Fernando Delgado-Hierro hay más teatro convencional y dramaturgia textual inteligible de la que exige el canon de la modernidad. Siendo el montaje, aclarémoslo, rabiosamente carne de modernidad en mucho de su propuesta y lenguajes. Pero hay algo indudable: se resiste a la etiqueta. Esto, que puede parecer un tópico (muchos creadores dicen huir de las etiquetas y luego, por más que les pese, son fácilmente catalogables) no lo es en el caso de este ejercicio de “autoficción autodestructiva”, según lo definen.

La autoficción es un subgénero de moda que deja todo abierto. ¿Lo que nos cuenta el autor, también protagonista, es su historia personal o hay mucho de invención? ¿Es también la historia de Pablo Chaves, su compañero en escena y co-creador? ¿Es la historia real de esas gente del barrio sevillano que da título a la obra, de sus familias, de sus problemas? Podría parecerlo. Al final, da casi igual: Los Remedios es una conmovedora y divertida sesión de catarsis personal, de existencialismo, de reflexión y de nostalgia todo en uno. Un viaje a Andalucía queriendo huir de Andalucía mientras sus creadores se asoman al tormento y al éxtasis del sexo, la religión y las elecciones vitales.

Al final, da casi igual: ‘Los Remedios’ es una conmovedora y divertida sesión de catarsis personal, de existencialismo, de reflexión y de nostalgia todo en uno. Un viaje a Andalucía queriendo huir de Andalucía

En escena, Delgado-Hierro y Chaves, que nos cuentan cómo su amistad viene de lejos. Chavales de los 90, criados ambos en Los Remedios, primero nos asoman a un repaso documental, proyección mediante, del arranque del barrio, en pleno franquismo, su urbanismo, su desarrollo. Luego nos hablan de aquellos dos chicos que fueron, las comuniones, las familias, el instituto. Nada fuera de lo normal. No es Los Remedios una obra que aspire a descubrirnos grandes dramas sociales,  conspiraciones, secretos o misterios socioeconómicos. Tampoco es reivindicativa en lo social.

Poco a poco, comienza a vislumbrarse su objetivo: darnos a conocer a dos personas que se buscan a sí mismas delante del público con una honestidad brutal. Suponiendo siempre, claro está, que haya más de ‘auto’ que de ‘ficción’ en lo que cuentan.

Uno, Delgado Hierro, lidia con la indefinición, el desarraigo, la angustia. No es que no quiera ser andaluz. Es que, confiesa, no sabe si quiere ser. Hay un grito, una máscara de vacío en su tragedia íntima, una condición que arrastra con la habitual timidez e introspección de este tipo de perfiles. El perfil de amores platónicos inconfesados y tendencias suicidas (parafrasea el actor el célebre “Ser o no ser” en clave cotidiana). Otro, Chaves, se enfrenta al estigma de la homosexualidad: una extrañeza en la infancia, una realidad compleja en la adolescencia. Entre un universo y otro se generan momentos desquiciados, confesiones a corazón abierto y episodios oníricos, como el del paso de Semana Santa, con virgen, saeta y nazareno. Tormento y éxtasis. También para el espectador, que asiste a escenas íntimas y poderosas.

Poco a poco, comienza a vislumbrarse su objetivo: darnos a conocer a dos personas que se buscan a sí mismas delante del público con una honestidad brutal. Suponiendo que haya más de ‘auto’ que de ‘ficción’

Algunos de los mejores momentos, textuales y escénicos, los genera el viaje al pasado familiar: las abuelas, las madres y padres, la típica casa de familia numerosa con el caos de los hermanos preparándose para ir a algún sitio juntos… La comicidad fabulosa de Chaves se desata en esos momentos, aunque ambos actores, cada uno en su estilo, hacen suya la escena en momentos e intensidades diferentes, y también Delago-Hierro construye criaturas divertidas, como ese maestro prototípico que nadie querría tener.

Juan Ceacero, director del montaje, extrae muchas notas de esta saeta profana, con un juego constante y mucho teatro en diferentes registros y formatos. El gestual, el bufo, la comedia exagerada y la introspección… En conjunto, un pequeño gran montaje que se asoma con humor a diferentes abismos.

El desarraigo es lícito, ellos vienen de allí. Al final es imposible no sentir una cierta empatía hacia aquella tierra y sus gentes. El montaje funciona así como un poderoso -e impensable- alegato de lo andaluz

Podría pensarse que le sobra a Los Remedios algo de anti andalucismo de manual, en estos días en que tan de moda está, en algunas regiones, cargar contra el Sur a lomos de tópicos. Pero en la historia y en la ausencia de intención, de maldad, está la explicación. ¿Qué le van a hacer, si no les sale el acento? El desarraigo es lícito y, al fin y al cabo, ellos vienen de allí. Como ocurre con toda historia anti-heroica, al final es imposible no sentir una cierta empatía hacia aquella tierra y sus gentes. El montaje funciona así como un poderoso -e impensable- alegato de lo andaluz.

Posdata: si no les gustan las procesiones, ellos -y ustedes, lectores- se lo pierden. Pocas experiencias hay más emocionantes e impregnadas de emoción ritual, algo que cualquier teatrero debería entender, sea o no creyente.


Autor: Fernando Delgado-Hierro. Dirección: Juan Ceacero. Intérpretes: Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro. Escenografía y vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Juan Ripoll. Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa). Madrid.

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