Concerto grosso

"El concierto de San Ovidio", de Buero Vallejo, dirigido por Mario Gas (CDN)
Lander Iglesias, rodeado de otros protagonistas de la obra / Foto: marcosGpunto
EL CONCIERTO DE SAN OVIDIO

Dos siglos antes que Francis Veber, otro avispado francés, el feriante Valindin, ya inventó la cena de los idiotas. O de los ciegos. Se trataba de reírse de alguien. Aquel episodio real de crueldad fue recogido por Antonio Buero Vallejo en El concierto de San Ovidio, uno de sus grandes dramas históricos. Visto hoy, el texto sigue enorme, majestuoso en su construcción y su ritmo. Impecable. Solo quedaba acertar a traerlo a nuestros días. ¿Pero cómo? La respuesta que Mario Gas, un maestro de nuestras tablas, ha encontrado no gustará a muchos, pero es sublime: no haciéndolo.

El concierto de San Ovidio que acaba de estrenar Gas en el CDN es teatro de toda la vida, una de esas producciones que podría haber firmado el mejor Narros hace treinta años. Con algún que otro guiño a la modernidad: una impresionante escenografía corredera que firma Jean-Guy Lecat, unas proyecciones sobre los muros y una película inserta a pleno telón a mitad de función, todo a cargo del afortunadamente ubicuo Álvaro Luna… Pero al final, el sabor de la producción es el de un teatro que, sin darle la espalda a su tiempo, sí se niega al menos a darle la mano. Y, a la vez, el de un gran montaje de teatro redondo, impecable, rotundo. Con figurines, escenografía e iluminación hermosos y al servicio de lo narrado, y ritmo y dirección en su lugar. Una de esas producciones a las que solo se les puede oponer el no ser innovadoras, pero de las que muchas jóvenes compañías y aspirantes a revolucionarios de la escena deberían tomar nota.

“El concierto de San Ovidio es teatro de toda la vida, una de esas producciones que podría haber firmado el mejor Narros hace treinta años, con algún que otro guiño a la modernidad”

Conviene comprender que con Buero Vallejo las adaptaciones no son sencillas. Gas no ha tocado apenas una coma del texto, pero es vox populi que esto no se trata tanto de una elección como de una imposición. Se nos presenta así este Buero de madurez en todo su esplendor textual. Estrenado en 1962 por José Osuna, con José María Rodero como el ciego David, uno de los dos protagonistas y antagonistas, frente al empresario sinvergüenza Valindin, el texto conoció otra versión en 1985, dirigida por Miguel Narros… y hasta hoy.

El concierto de San Ovidio es un drama mayúsculo en su profundidad. Buero va construyendo con su escritura exacta y amarga el destino que se cierne sobre los protagonistas sin que lo vean venir, salvo David, el hombre que, pese a sus limitaciones físicas, es capaz de entender la vida como nadie. Estamos en un hospicio para invidentes en la Francia de 1771. Un vivo, Valindin, propone a los responsables del lugar -la priora en la obra, funcionarios civiles en la historia real- crear una orquestina con varios ciegos para que toquen sus instrumentos y canten en la feria de San Ovidio y reportar así ingresos a la institución. Lo que en realidad hizo fue convertirlos en un freak show, un número cómico para el disfrute sádico de París.

“David, como el John Proctor de Las brujas de Salem, el Thomas Stockmann de El enemigo del pueblo o el Howard Roark de El manantial, es uno de esos personajes de una pieza”

Todo aquello ocurrió y Buero lo convirtió en carne de escenario con un poderoso protagonista, un hombre imbuido de dignidad que ama la música y la libertad y detesta el abuso y el desprecio. David, como el John Proctor de Las brujas de Salem, el Thomas Stockmann de El enemigo del pueblo o el Howard Roark de El manantial, es uno de esos personajes de una pieza, un tipo que valora su integridad por encima del resto y que está dispuesto a perderlo todo por ella. No es casual que a Buero le fascinara Ibsen, e imagino que le interesaría Miller. Quizá no tanto Ayn Rand: aunque las fortalezas de David y de Roark sean gemelas, esta pieza de Buero también lanza un aviso contra la explotación y los abusos del capitalismo sin alma. Los ciegos del Hospicio de los Quince Veintes bien pudieran ser hoy los olvidados que tejen en condiciones infrahumanas para grandes marcas textiles en países asiáticos.

De eso habla El concierto de San Ovidio, de dignidad y libertad, también de respeto claro, y de igualdad. Los valores de la Francia revolucionaria se dibujan sin ser mencionados como telón de fondo: libertad, igualdad, fraternidad. Las tres brillan por su ausencia en esta historia dickensiana y sin embargo algo brechtiana que fue un éxito arrollador en su primer estreno.

En esta nueva producción del CDN, el reparto está imponente. Rodero es un santo laico del Parnaso teatral español. Su interpretación de David -que he revisado estos días en un Estudio 1 que está disponible, aunque incompleto, en YouTube para quien quiera-, era una fiesta de matices. Pero precisamente, porque la cosa va de libertad, voy a permitirme tocar al intocable: me gusta más Alberto Iglesias. Su personaje emana una fuerza poderosa, una suspicacia constante y un orgullo autosuficiente.

No voy a demorarme en lo bien que interpretan los seis actores la ceguera de sus personajes, porque lo hacen y no se espera menos: se nota que han trabajado ese aspecto, bastón y gestos mediante. Pero, además, hay una personalidad definida en cada uno: el descreído Nazario (un gran Javivi Gil Valle), el joven y atribulado Donato (Aleix Peña), el disminuido Gilberto, casi un niño (Lander Iglesias), el conformista y miedoso Elías (Agus Ruiz) o el veterano Lucas, que no sabe ya dónde dejó su amor por el violín (Ricardo Moya).

“Rodero es un santo laico del Parnaso teatral español. Pero precisamente, porque la cosa va de libertad, voy a permitirme tocar al intocable: me gusta más Alberto Iglesias”

Disfruté con cada escena del sexteto, como lo hice con el estupendo trabajo de José Luis Alcobendas, un Valindin moderadamente maléfico, engañoso, como me imagino a una sanguijuela así, un diablo de doble cara. O con el de la traviata Adriana, una mujer que estuvo donde los ciegos, en la calle, que supo lo que es el hambre, y que protagoniza la evolución más interesante de la función. La encarna una fabulosa Lucía Barrado, brava y pícara, pecadora y santa, que la convierte en parte de un triángulo esencial.

Se habla mucho del hambre en la función. Quizá por ahí, por la vinculación de la clase empobrecida de la Europa de los recortes y los desahucios con los miserables de la Francia de 1771 -que eran, en cierta forma, los de la España de la posguerra que hábilmente camufló Buero para pasar la censura- sea donde mejor encuentre su agarre empático con el espectador de hoy este título.

No creo que el tema de la ceguera como discriminación responda hoy a una preocupación social real, al menos en países como España. Para Buero, fue mucho más que una excusa narrativa: a lo largo de su obra aparece como un tema de interés. Pero hoy en día los ciegos gozan del respeto de la sociedad, ayudas públicas incluidas (entre entonces y hoy ocurrió por fortuna algo llamado estado del bienestar). En dos momentos de la obra aparece la figura de Valentín Haüy, el hombre que empezó a prestar su voz a quienes no tenían ni voz ni vista. Hoy se ha avanzado mucho, gracias a personas como él.

Más bien al contrario: hoy tenemos que cuidar el lenguaje, porque a poco que uno se descuide le cuelgan unas orejas de burro por decir ciego en vez de invidente, por asegurar que se ha disfrutado como un enano (por ejemplo, de esta obra) o que está uno negro con algún tema (como la corrección política).

Con perdón.


Autor: Antonio Buero Vallejo. Dirección: Mario Gas. Reparto: José Luis Alcobendas, Lucía Barrado, Alberto Iglesias, Javivi Gil Valle, Aleix Peña, Ricardo Moya, Lander Iglesias, Agus Ruiz, Jesús Berenguer, Mariana Cordero, Pablo Duque, Nuria García Ruiz, José Hervás, Germán Torres. Escenografía: Jean-Guy Lecat. Iluminación: Felipe Ramos. Vestuario y caracterización: Antonio Belart. Videoescena: Álvaro Luna (AAI). Música original y audioescena: Orestes Gas. Teatro María Guerrero. Madrid.

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